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pasar a la inclemencia dia y noche, sin un trapo con que cubrir sus carnes, y preservarse del frio y de la escarcha. La pérdida de sus cuatro compañeros y de los veinte y tres caballos les era tambien muy sensible, y mas como que veian de cuanta utilidad les fueran, caso de haber de abandonar forzosamente el pais; de suerte que estos y otros males llegaron á relajar la parte moral de los colonos, ya atacada desde la terrible escena de los cinco ajusticiados. Tal aspecto ofrecia la colonia cuando en consecuencia de una comunicacion de Monroy, volvió Valdivia á Santiago, donde, aparentando calma y serenidad, trató de realzar el espíritu de sus compatriotas, y de inspirarles confianza, ahogando en su pecho el vivo dolor que le causaban tantas calamidades.

Importantes, numerosas fueron las medidas que tomó el gobernador, procurando, desde luego, el posible alivio á los males de los colonos, empeñándolos á que olvidaran sus pasados trabajos, y á reedificar sus casas, aunque de un modo harto lijero', con las maderas que se cortaron en los alrededores, y el auxilio tan precioso de los Indios que del Perú se trajeron para el servicio jeneral.

Ni podian recibir estas obras mejoras de mayor conveniencia , porque la jente tenia que atender á otras de las cuales pendia el sosten de la colonia, y contaba ya cuatro meses obligada á alimentarse de cebolletas que á mano armada le era preciso buscar en el campo, con exposicion de la vida, y en continua ajitacion y sobresalto.

Semejante conflicto llevó el abatimiento de los Españoles al último extremo, y hasta sobrecojió la ingénita entereza de Valdivia. Discutíase entre los principales colonos cual medio pareceria mejor para salir de situacion tan aflictiva , y no veian otro sino el de enviar por socorros al Perú, pero ¿como hacerlo? El bajel que á este efecto podia haber servido los Indios le habian reducido á cenizas; faltaban elementos para construir otro ; por tierra era imposible el tránsito, porque á mas de la inmensa distancia que mediaba entre Lima y Santiago, todo el pais estaba ya en completa insurreccion. Contra todos estos obstáculos que tenian la opinion incierta y confusa , quiso la fortuna que saliera el capitan Monroy ofreciéndose jeneroso á ejecutar un viaje que, si con dicha llegaba a su término, tan beneficioso habia de ser para sus aflijidos compatriotas. Indecible fue el júbilo de todos, y no menos grande el de Valdivia , al reconocer ese pratiotismo, ese sentimiento filantrópico, esa noble abnegacion de Monroy, que así exponia su vida en obsequio de la de sus compañeros. Súbditos y jefes todos comprendieron la importancia de tan singular servicio, y cada cual de ellos vislumbraba tambien las venturosas consecuencias que eran de esperar, Valdivia recojió la jenerosa oferta de su lugarteniente con la expresion de un vivo reconocimiento en nombre del rey, y en ánimo de que marchara mas seguro al fin de su atrevida, cuanto peligrosa empresa, ordenó le acompañarian cinco de sus mejores soldados, todos bien montados, tras lo cual pasó á disponer lo conveniente al camino, con manifiesta alegría de cuantos en la colonia demoraban.

La expedicion que el difunto Almagro habia cumplido en Chile, y su retorno tan fatal, cuanto fueron patentes las muestras de la miseria y de la indijencia con que en el Perú entrara, llevaron a los ánimos una muy desfavorable idea de aquel pais. Por tanto, si de él se hablaba era con profundo desden , deduciendo consecuencias sobradamente funestas, y harto capaces para oponerse á toda suerte de progreso que en su favor se meditara. Muy presente tenia Valdivia con cuanta dificultad llegara él á reunir los ciento y cincuenta hombres con que vino á Chile, y no dudaba que Monroy diera con los mismos inconvenientes en llegando al Perú, a no llevar consigo alguna prueba de la riqueza del suelo. Ministróle con este motivo una cantidad de oro equivalente á siete mil duros, que los soldados y los Anaconas, ó Yanaconas (eran Indios amigos de los Españoles) habian recojido en las preciosas minas de Aconcagua, mientras duró la construccion del bergantin, y que voluntariamente habian entregado á su jefe. Parte de esta materia se consumió en seis pares de estribos, en las guarniciones de los sables de los seis viajeros, y en dos hermosos jarrones, todo, por supuesto, hecho en ánimo de despertar la codicia de los Peruanos. Los estribos de hierro se convirtieron en herraduras, dando á cada soldado cuatro de repuesto, por si en tan dilatado viaje fuere preciso calzar a los caballos, y tras todas estas prevenciones el gobernador, habiendo recordado á Monroy con sentida eficacia la lamentoša situacion en que dejaba á sus hermanos, y cuanto importaba la presteza en volver á socorrerlos, dióle, así como á los otros cinco compañeros, su paternal bendicion, y ellos se pusieron en camino el 18 de enero de 1542.

Arriesgada, difícil era esta empresa, pero sin embargo desde su principio comenzó a ser de provecho para los colonos, porque les inspiró nuevas esperanzas, entibiando un tanto sus justas inquietudes. Tambien Valdivia confiaba como los demas en un mejor porvenir, solo que media perspicaz la gran distancia que hay desde el deseo hasta el logro de lo deseado, y por consiguiente en nada rebajaba lo apurado de la extremosa posicion , que tenia a todos los colonos condenados á sustentarse de cebolletas, cuyo alimento se buscaba siempre con riesgo de la vida.

Ya por fin, dispuso el gobernador se comenzase la cultura de la tierra para confiarle las dos almuerzas de trigo que se habian salvado del incendio, y con este motivo fue preciso que una parte de los colonos quedara destinada á labrar y recojer los frutos, mientras que los otros, bien armados, habian de defender á los trabajadores de los ataques de los Indios, teniendo ademas que custodiar los campos por la noche, para que aquellos no los talasen cual lo pretendian. Esta tenaz y esmerada vijilancia, á mas de desesperar á los salvajes, los llenaba de asombro, y llegaron á creer que para sustentarla era preciso ser Cupais, esto es diablos, mote que desde entonces dieron a los Españoles.

Mucho ánimo, maravilloso arrojo probaban los colonos en esta augustiosa crisis, pero el gobernador veia que este incesante trabajar habia de concluir gastando la salud de todos, hasta el sensible extremo de tener que abandonar un pais cuyo asiento llevaba ya consumidos tantos y tan esforzados sacrificios. Era de su deber parar, por cuantos medios fueran en sus manos, un tan funesto resultado, labrando poco a poco el remedio de salvacion comun, contra cualquier calamidad que el destino quisiera descargar de nuevo. Habia que combatir noche y dia contra cuadrillas de Indios cuya osadía se arrojaba hasta las chozas mismas de la colonia , matando cuanto encontraban, Anaconas, ó hijos de los Españoles que estaban en el cultivo de los campos; y tal estado de cosas reclamaba con urjencia que Valdivia emprendiese medidas conservadoras. Con este motivo juntó Anaconas y Españoles y se puso inmediatamente á construir un fortin al pie del cerro de Santa-Lucia, cuya obra marchó con asombroso aceleramiento, sin dejar de ser bastantemente sólida, y dentro de la cual se entraban, á la primera señal de ataque, no solamente los víveres que habia á mano, y otros enseres, si tambien mujeres, niños, y cuantos se hallasen en caso de no poder tomar las armas. La infantería tenia el cargo de defender este recinto, y la caballería, distribuida en guerrillas, salia contra el enemigo á campo raso, del que siempre solia desalojarle (1).

Tras tantas penalidades en medio de todo jénero de privaciones, de temer era que en la colonia naciera el descontento, con él la licencia, y por fin la fatal discordia, arrastrando los ánimos á toda suerte de excesos; que tan terribles fueron siempre los resultados de una situacion sobre violenta, sin viso de mejora. Bien procuraba Valdivia inspirar confianza, y consolar al aflijido con palabras de ternura, de interés, y de fe en un dichoso porvenir; pero esto no bastaba; era preciso un remedio mas eficaz, un consuelo positivo, el cambio instantaneo

(1) Dicele Valdivia á Carlos V acerca de estas refriegas : « Matándonos cada » dia á las puertas de nuestras casas nuestros Anaconas, que eran nuestra vida, i » á los hijos de los cristianos; determiné hacer un cercado de estado i medio de » alto, de mil i seiscientos pies en cuadro, que llevó doscientos mil adores de á » vara de largo i un palmo de alto, que á ellos i à él hicieron á fuerza de bra» zos los vasallos de V. M. i yo con ellos, i con nuestras armas á cúcstas trabaja» mos desde que lo comenzamos hasta que se acabó sin descansar hora, i en » habiendo grita de Indios se acojian á él la jente menuda i bagaje, i alli estaba » la comida poca que teniamos guardada, i los peones quedaban a la defensa, » i los de á caballo saliamos á correr el camino i pelcar con los Indios, i defen» der nuestras sementeras; esto nos duró desde que la tierra se obró, sin qui» tarnos una hora las armas de á cuestas hasta que el capilan Monroy volvió a » ella con el socorro que pasó espacio de casi tres años, »

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