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y desde que la invadieron no fermentaban en los pechos de los naturales sino ideas de odio y de venganza. Acostumbrados á mandar y nunca á obedecer, en su dominacion no hacian sino meditar silenciosos, y con estudiado misterio, sobre el medio de reducir al polvo esas cadenas entre las cuales se encendia su orgullo, pues les parecian ignominiosas á par que insoportables, y era preciso no sosegar hasta el total exterminio de aquellos arrojados aventureros que á labrarles afrenta, inquietudes y disgustos vinieran.

Mandábalos todavia Lincoyan, cuyo carácter no respondia á la sublime mision que el amor de la patria inspiraba, pues ó por sobrado circunspecto, ó por falta de tino y de luces, en todas sus empresas habia sido desgraciado; con lo cual difundia temor, desaliento entre los suyos, casi desesperanzados del porvenir. En semejante estado de abatimiento bien habia menester de remover los animos de aquellos salvajes, para sacarlos del letargo en que infinitos reveses, y prodijiosos acontecimientos los tenian hundidos; por su cuenta tomó esta patriótica encomienda un anciano y virtuoso cacique de mucho nombre en el pais.

Este noble caudillo, llamado Colocolo, ansioso de recobrar la independencia nacional, sacando a su pais de tantas desgracias como le aquejaban, comenzó á rehacer el espíritu de sus compatriotas, invitándolos a una liga jeneral. Sus canas, la mucha experiencia que del mundo tenia , y mas que todo, como con su acendrado patriotismo se habia granjeado la estima y la confianza del pais, en donde gozaba de una prestijiosa influencia, de todas esas circunstancias hubo de echar mano á fin de convertirlas en provecho de su suelo natal. Se puso, pues, á recorrer las principales tribus despertando su amor propio con recuerdos de su antiguo poder, y brillantes hechos; y como lograra traerlas á una asamblea, hízoles admitir la posibilidad de rescatar su perdida libertad, si aprovecharse querian de la dispersion y del aislamiento en que se habia puesto el ejército enemigo. Su decir, que por lo simple rayara en lo profético, pareció tan convincente que unánimes los Indios juraron dar sus vidas por la salud de la patria, trayendo por testimonio de este voto tres Españoles prisioneros que fueron sacrificados al Pruloncon (1).

Despedazados en muy menudas porciones los cuerpos de aquellos tres desgraciados, fueron mandados á todas las tribus en señal de un apellidamiento militar, y estas aceptaron el presente dando así á entender que adherian á la resolucion.

Los caciques y los gulmenes entraron contentos en las miras del venerable Colocolo, porque tambien les pesaba el atribulado y oprobioso existir á que los Españoles los tenian reducidos, resueltos, como estaban, á sacudirle, cualesquiera que fuesen los sacrificios al caso necesarios; así es que abrazando el proyecto del anciano cacique, en muy pocos dias lograron verse todos reunidos en lo mas retirado de un frondoso bosque. Indecible el entusiasmo que acompañó á esta reunion nacional. Llenos todos los caciques de un cruel enojo contra los extranjeros, todos aspiraban al mando en jefe de esta santa liga, sobresaliendo entre tantos el famoso Elicura tan esforzado como valiente ; el atrevido Tucapel, acérrimo enemigo de los cristianos; el denodado Angol, y

(1) Nombre de la ceremonia que se hace en toda asamblea de Indios cuando como en este caso, se trata de inmolar á los enemigos de la patria.

el no menos bizarro Millarapue; el salvaje Cayócupil, jefe de los rústicos serranos; eran, en una palabra, infinitos los que codiciaban parte en la gloria y en los peligros de aquella conjuracion (1). A pique estuvo de quedar comprometida la causa araucana en las acaloradas discusiones que el exceso en las bebidas hubo de provocar aquel dia (2); pero a través de esta perturbacion de los espíritus, todavía hay que ver, no la ambicion, sino el patriotismo disputandose la honra de dirijir la proyectada empresa , hasta que llegada á colmo la ajitacion , salió Colocolo llamando al órden; y ponderando cuanto importaba una union estrecha y franca entre todos los jefes, hízose juez arbitro de opiniones y de partidos, y señaló para él mando de la expedicion al intrépido Caupolican. Grande fue el júbilo de toda la asamblea al reparar en una tan acertada eleccion (3) porque

(1) En la Araucana de Ercilla se pueden ver los nombres de otros muchos caciques que asistieron a esta junta, y el número de Indios de que cada uno se hizo acompañar, ó podia disponer.

(2) Tal es el sentir de los historiadores. Es constante que entre los Indios no puede celebrarse asamblea ninguna sin que los licores anden en abundancia; pero los principales miembros de estas juntas no beben hasta ver resueltos los puntos sobre que versa la cuestion, que así lo hemos visto practicar varias veces en la misma Araucania. Lo que hay es que concluida o disuelta la junta esos mismos sujetos se apresuran á satisfacer su pasion hasta el extremo de una muy completa ebriedad.

(3) Dice Ercilla, y lo dicen con él otros muchos historiadores, que esta eleccion, aunque debida en parte al amaño, todavía fue hija de una prueba de fuerza material. Esta prueba consistia en cargar cada pretendiente con una enorme y pesadísima viga , y llevaba la palma aquel que mas tiempo la resistia en hombros. Allá cuando la sociedad andaba en mantillas siendo las facultades intelectuales, y las combinaciones injeniosas, sino nulas, de insignificante precio, no hay duda que quedara el premio para la fuerza muscular y la dureza del cuerpo, puesto de propósito á este jénero de experiencias; pero hoy con el conocimiento que de los usos y costuinbres de los actuales Araucanos tenemos adquirido, siendo en ellas, y en su patriótico temple, muy tales como sus mayores, déjesenos dudar del aserto de aquel poeta, poco exacto, al cabo, á mirarle como historiador, ya quien el estro arrebata con sobrada frecuencia ; ; cuidado

era, en efecto, un cacique de muy distinguido mérito, esforzado cual ninguno, de tan imponente cuanto majestuosa presencia , aunque ciego de un ojo; y en su reputacion traia justificadas prendas de valor, de prudencia y de liberalidad. Hablaba Colocolo de este jefe con tal admiracion y entusiasmo tanto; era tal el respeto que le rendian las tribus vecinas de Pilmayquen, donde él tenia su cacicazgo, que fue preciso reconocer en este Indio la persona mas idónea para salir airosos del empeño que iban á acometer.

En tanto que los demas caciques se disputaban ardorosos la gloria de mandar, el juicioso y modesto Caupolican se mantuvo aparte de la discusion , y sin presenciar lo que deliberaba la asamblea, hasta que Colocolo salió en busca suya para verse aclamado toqui principal con unanime asentimiento, y armado del hacha , divisa de este cargo, y de la cual se desnudó Lincoyan con franca y leal resignacion. Bien conocia el nuevo jeneral los deberes del empleo á que se le acababa de llamar , y se propuso, desde luego , llenarlos con el celo, con el talento que le distinguia, comenzando á rodearse de cuantos jefes habian de ayudarle en la empresa, y aun sucederle en el mando, siempre que las circunstancias lo hi ieran necesario. Mariantu , pariente suyo, fue nombrado vice toqui; Tucapel tuvo un grado superior, yotro semejante le cupo á Lincoyan, sin que le pareciera desmengua el haber de combatir bajo el mando del nuevo jefe, porque en jeneral todos los caciques, no obstante el violento empeño con que solicitaran el primer puesto en la milicia , todos se sometieron con gusto y despren

con hombres que sustentaban á cuestas, durante vente y cuatro, y otros cincuenta horas, una viga de peso tal que nadie podia mover ni aun rodándola !...

dimiento a la voluntad de Caupolican, ofreciéndosele a parte en la expedicion , mas que hubieran de ir en clase inferior a su carácter.

¡Vamos desde aquí mismo contra los enemigos de nuestra patria !... exclamaba con temeraria uniformidad aquella muchedumbre beblada , y sacudida todavía del ardoroso fuego en que se mantuvieran al principio los debates de la asamblea ; mas no entendia su cauto jefe obrar con lijereza tanta , ni fiar tampoco al acaso el éxito de un empeño en que la sana razon no habia tomado parte alguna, antes aplazó las operaciones para cuando tuviese combinado un plan de campaña capaz de rendir frutos mas o menos considerables.

Entre los salvajes el ardid es la verdadera táctica militar; así es que Caupolican debió dar en esta ocasion pruebas inequívocas de sagacidad, imaginando el medio de tomar por interpresa la fortaleza de Arauco. En una como reseña que de todas sus tropas hizo, sacó aparte ochenta individuos de los mas audaces y resueltos, y los puso á las órdenes de Cayeguano y de Alcatipay. Estos cabos habian de entenderse con los Indios que servian à la guarnicion de Arauco, y penetrar despues en la plaza , con sus armas ocultas ya en haces de leña, ya en gavillas de yerba , cosas que diariamente entraban para las necesidades de los moradores, y alimento de sus ganados. Conseguido así, atacarian todos reunidos a la guarnicion, cuidando de apoderarse de la puerta de la plaza para dejar libre el paso á la jente con que habia de acudir Caupolican. Difícil, arriesgada era la empresa, pero los Indios la ejecutaron como se les tenia prevenido, ya que el éxito no respondiera á las esperanzas, porque el comandante del fuerte don Francisco Reinoso, hom

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