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propasaren, ya continuando el bárbaro é inhumano trato de que hasta entonces se habia hecho alarde, como si los inocentes Indios fueran indignos de compasion y de miramiento , ya escaseando los alimentos, porque en cantidad como en calidad habian de responder en adelante á lo que la conservacion de la salud individual prescribe, y á lo que necesita el reparo de las fuerzas gastadas en el trabajo cotidiano.

Tambien salieron tras estas otras reformas que dieron á la administracion de justicia mayor regularidad , y al desvalido medios con que hacer frente á las tropelías que comunmente cometen los poderosos; de suerte. que como en los primeros pasos de su gobierno entrara el joven don G. H. de Mendoza con disposiciones amoldadas todas ellas en la mas perfecta equidad, se acarreó las voluntades, despertó un indecible entusiasmo, y de todas partes salian hombres brindándole con servicios de toda especie, y hasta con el sacrificio de sus vidas, á tal de concederles el apetecido honor de alistarse en sus banderas.

En tan buena disposicion de los ánimos, ya comenzó el gobernador á dictar medidas con que llegar al necesario conocimiento del estado de las colonias españolas, como del aprieto en que el enemigo pudiera tener algunas de ellas, particularmente las de la parte del sur, que tanto hostilizaban los indómitos Araucanos. Mandó con este objeto á la Imperial una lancha, y órden al gobernador militar de aquella plaza, previniéndole que, si las circunstancias lo permitian, habia de hallarse en el valle de Penco con cincuenta caballos á los principios del próximo agosto (1), y para Valparaiso despachó

(1) Se decia esto e» mayo, cuyo mes todavia le pasó el gobernador en la

tambien tres de los bajeles de su propia armada, todos ellos encargados de conducir municiones de boca y guerra, con destino á las fuerzas llamadas á aquel referido valle.

En seguida, don G. Hurtado con toda su jente, y muchos de los hacendados de la Serena que voluntarios quisieron seguirle , se embarcaron en las naves restantes, y dieron vela para el señalado destino; pero como anduviera el invierno en su mayor reciura , pues ocurria la empresa en principios de junio, como se mirara la armada á los 35o de altura poco mas o menos, una tremenda tempestad vino á sacudirla con empuje tan violento que a pique de perderse estuvieron las embarcaciones, sobre todo la capitana (1) que hubo menester de alijar en mas de una mitad su cargamento, y que con otras dos naves logró , como por milagro, arribo al puerto apetecido, dispersas las restantes y forzadas del temporal hasta la bahía de Valparaiso, desde cuyo punto, volvieron sin riesgo á unirse con el gobernador.

Este habia desembarcado en la isla Quiriquina (2),

Serena, aunque Olivares, Figueroa y Molina asientan que ya en el de abril habia desembarcado en la Concepcion. El mismo don Garcia Hurtado de Mendoza dice desde la Serena á su padre : - «Pienso rehacer y reforzar la » caballería que irá á juntarse conmigo en Penco a la punta de la primavera, » (1) Ercilla iba en ella, y dice á este propósito en su Araucana, canto xv:

De mi nave podré solo dar cuenta
Que era la capitana de la armada,
Que arrojada de la áspera tormenta

Andaba sin gobierno derramada. (2) Segun Ercilla, los naturales de esta isla se arrimaron al puerto, y con inaudita resolucion pretendieron oponerse al desembarque de los Españoles, pero estos poniendo en juego la artillería, lograron inmediatamente ahuyentarlos. Ya hemos dicho que Ercilla iba con el gobernador; presenció los sucesos; no tenemos motivos para contradecirle en el que al intento relata , solo que considerándole de muy poca importancia, con indicarle aquí creemos haber satisfecho al deber de imparciales historiadores.

resuelto á esperar en ella en tanto que se cumplieran los rigores de la estacion , aunque dado enteramente á negociaciones de paz con los Indios enemigos, por medio de los naturales de la isla ocupada, que llevaron mensaje á Caupolican.

De antemano sabia el toquí araucano, y lo sabian todos los jefes indios, que un nuevo gobernador habia llegado á Chile , y con él un muy respetable cuerpo de soldados, porque mantenian espias diestros y vijilantes en todos los puntos del reino, y ni les faltaban tampoco servidores leales entre aquellos mismos Indios del repartimiento que con los Españoles vivian. Por tanto, nada de nuevo fueron anunciando los mensajeros del caudillo español, como por tal no se cuente la propuesta de una paz que, con solo envolver la mas remota idea de sumision , se hacia inadmisible en un pueblo que parece no apetecer la vida , en tal de no gozarla con la mas absoluta independencia. Asi es que en sentir del toquí, y del mismo parecer asomaron todos los demas jefes araucanos, en parlamento jeneral convocado en Ongolmo, á virtud de la comunicacion de don G. H. de Mendoza, los Indios comisionados no volvieran al real castellano con mas respuesta que un solemne desprecio, ó quizás un reto revestido de valentonadas en forma de insultos, que en esta parte grande acopio pudieran recojer en aquel dia los mensajeros de la boca del destemplado y terrible Tucapel: Hallábase allí el cuerdo Colocolo, quien así como reparara que la juventud ardorosa se habia desahogado lo bastanle, para permitir que la experiencia y las canas que la acreditan expusieran con templanza el consejo, sobre condenar las atolondradas máximas de los jefes reunidos, hizo empeño para que se admitiese la pro

puesta del enemigo, y asentó de un modo claro , entendido, y concluyente, cuanto importaba el entrar en ajustes de paz, ya porque convenia conocer si las condiciones rendirian ó no ventajas al pais, ya porque en el curso del ajuste se lograba la ocasion de reparar cuales eran las fuerzas enemigas, cuales sus elementos de accion, cuales, en fin, sus intenciones.

Venció este dictámen, porque en verdad, si el venerable anciano no ejercia el mando supremo en la milicia, por no ser compatible con su avanzada edad, tenia en aquella, y en todo el pueblo una tal influencia que sin su beneplacito, ni el mismo toquí lograra disponer de la fuerza armada para cumplir operaciones de ninguna especie. Por consecuencia fue comisionado para responder á la propuesta del gobernador el sagaz cacique Millarauco, con facultades amplias para concluir paces mentidas, porque el verdadero objeto de esta mision no era otro sino el de observar con cuidadoso estudio tantos cuantos elementos de ofensa consigo traia el nuevo jefe de las armas castellanas.

Millarauco se embarcó, pues, en una piragua , y se dirijió al campo enemigo, en el cual fue recibido con tal aparato que los Españoles, no solo hubieron de creer en poco el juego del tronitoso cañon , el son concertado de atabales, tambores, y otros cien instrumentos de la marcial música , sino que hasta parecieron todos en órden de batalla por cuyo frente hubo de pasar el embajador indio para llegar a la tienda del gobernador, sin dar la menor muestra de sorpresa, sin siquiera pintar en su semblante un leve indicio de esos comunes afectos que la novedad remueve sin esfuerzo.

Don García Hurtado de Mendoza recibió al jefe araucano con distinguida amabilidad, y como recargara, en desahogo de sus sinceros deseos, sobre la adelantada invitacion , diciendo que en su pecho no habia encono ni malquerer contra los Indios ; que era hombre nuevo en el teatro de la guerra, y por tanto exento de cualquier resentimiento que la venganza pudiera despertar; que así estaba dispuesto á castigar á los Españoles si en algo hubieren agraviado á los naturales como con estos lo haria si á desmandarse llegaran ; el taimado Millarauco no tuvo mas que hacer que reproducir esas mismas expresiones de descubierta reconciliacion , asegurando con estudiada naturalidad, que Caupolican, como él mismo, como todos los moradores de la Araucania , nada apetecian tanto como el fin de una guerra desastrosa , la consolidacion de una paz valedera y durable, sin que les pareciera afrenta el reconocer por soberano suyo al rey católico, dado que ni tenidos por sus esclavos fueran, ni como tales tratados. « Y tened entendido, añadió en » tono significativo, que todo esto lo hacemos por puro » efecto de humanidad, no porque de ningun modo nos » asuste vuestro poder. »

Prendado hubo de quedar de las palabras del Indio el gobernador español; acaso llegó á convertirlas en un cierto é inesperado triunfo , cuyos dichosos resultados á sí propio le parecian debidos, y por lo mismo no solamente anduvo familiar, y en extremo cortés, para despedir al cacique, sino que le colmó de presentes, é hizo que todos sus oficiales concurrieran para mostrarle cuanto en el campamento tenia hacinado el cuerdo sentir de que podria ser la guerra indispensable. Esto era precisamente lo que mas anhelaba Millarauco; esto lo que logró cumplida y detalladamente, sin ha

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