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... sérió, y elevado como el presente, en el que pueden compro

meterse los intereses mas vitales y sagrados de dos naciones
llamadas a vivir en perpétua confraternidad y armonía, es
dulcificar, por decirlo así, los medios materiales de la discusion,
las primeras palabras de mi nota de 7 de abril se encamina-
ron a dar a W. S. un esplícito testimonio del respeto que me
merecian las opiniones de V. S., sus luces, sus prolongados
estudios y su intelijencia. Despues de esa declaracion añadia en
mi citada nota: “no se estrañará que confiese la desconfianza
que me asiste al emprender una tarea para la cual solo cuento
con el deseo vehemente de buscar la verdad donde quiera que
ella se encuentre.” -
Estas palabras de benévola deferencia hácia la persona con
quien se discute, no han merecido de V. S. sino amargos repro-
ches. “Mi gobierno, dice V. S. en el comienzo de su nota, está
convencido de que este grave negocio no ha sido encaminado por
el de V. E. con la detenida reflexion que él demanda; y lo deplora
tanto mas cuanto que solo un estudio mui incompleto puede haberle
movido a formular protestas y pretensiones que ántes de ahora
jamás habian emanado de la cancillería chilena.”
Bien pudiera yo, señor Ministro, aprovechar la oportunidad
que en ésta como en otras repetidas ocasiones me presenta W. S.
para entregarme a reflexiones mas o ménos análogas que se des-
prenden sin esfuerzo de las comunicaciones de V. S.
Prefiero, con todo, guardar silencio ántes que faltar a los prin-
cipios elementales que reglan esta clase de discusiones, principios
que encuentro reconocidos y sancionados por el mas hábil escri-
tor americano que haya tratado esta materia, y del cual me permi-
to trascribir los siguientes pasajes:
El señor Bello, en su tratado de Derecho Internacional,
hablando de los deberes de un ministro diplomático, dice: “Cir-
cunspeccion, reserva, decoro en sus comunicaciones verbales o
escritas, son cualidades absolutamente necesarias para el buen
suceso de su encargo. Aun en los casos de positiva desavenen-
cia y declarado rompimiento, debe el Ministro ser medido en su

lenguaje, y mucho mas en sus acciones, guardando puntualmente las reglas de cortesía que exije la independencia de la Nacion en cuyo seno reside.”—“Las razones y argumentos,” añade despues, “en que han de consistir las negociaciones, se deducen de los principios del Derecho de Jentes, apoyado en la historia de las naciones modernas, y en el conocimiento profundo de sus intereses y miras recíprocas. El estilo debe ser, como el de las demas composiciones epistolares y didácticas, sencillo, claro y correcto, sin escluir la fuerza y vigor cuando el asunto lo exija. Nada afearia mas los escritos de este jénero que un tono jactancioso y sarcástico. Las hipérboles, los apóstrofes y en jeneral las figuras del estilo elevado de los oradores y poetas, deben desterrarse del lenguaje de los Gobiernos y de sus Ministros, y reservarse únicamente a las proclamas dirijidas al pueblo, que permiten y aun requieren todo el calor de la elocuencia.” Estas sabias prescripciones del eminente jurisconsulto citado me servirán desde luego de suficiente escusa para no contestar todas aquellas apreciaciones de V. S. que contienen duros conceptos y enojosas recriminaciones. No puedo, empero, dejar pasar desapercibida una de esas recriminaciones que no se dirije ya especialmente a la persona del infrascrito sino al pais entero en que V. S. ha encontrado franca y jemerosa hospitalidad. En el testo de la Memoria de Relaciones Esteriores de este año tuve la honra de decir al Congreso Nacional, a propósito de la cuestion de límites con la República Arjentina: “Me es forzoso confesar que ella (la cuestion) está envuelta en sérias dificultades que provienen no tanto de la cuestion misma cuanto de los antecedentes de las dos Repúblicas que nacieron unidas a la vida de la libertad, mediante comunes esfuerzos y sacrificios.” “Chile nunca puede olvidar,” añadia, “que en gran parte su emancipacion política es debida a la gloriosa cooperacion que las armas arjentinas prestaron a nuestros padres en la grande empresa que trajo por resultado nuestra separacion del poder de España. Este vínculo de gratitud debe ser imperecedero, y es natural subordinar a él consideraciones de un oríjen ménos elevado.” Y estas fraternales palabras, y esta escitacion al Congreso y al pais para deponer todo otro sentimiento ménos elevado ante el de la gratitud nacional, han merecido de V. S. la siguiente contestacion: “Y puesto que V.E. ha querido hacer mencion en la misma Memoria de los servicios que en hora feliz pudo mi pais prestar a Chile, me permitirá V. E. decirle, recordando aquellos actos y otros que omito, que la moneda con que ellos se nos pagan hoi, no parece marcada con el Sello de la gratitud.” Y los actos, señor Ministro, en que V. S. cree encontrar la prueba de la ingratitud de Chile para con la República Arjentina, consisten, segun lo afirma V. S. en las líneas que preceden al pasaje trascrito, en las esploraciones realizadas en la laguna del Diamante y en Rio Gallegos. Dice W. S. que omite enumerar otros, y creo por lo tanto que los enunciados son los mas graves que V. S. ha podido encontrar para apoyar una de las mas sérias inculpaciones que puedan dirijirse a un gobierno. Supongo que al hablar de la esploracion a la Laguna Diamante, alude V. S. al paseo que ahora meses realizó el Intendente de Santiago en el centro de la cordillera, con el fin de hacer algunos estudios sobre las lagunas del Encañado y Negra, que dan oríjen y nacimiento a los rios Mapocho y Maipo que riegan esa provincia, con cuyo motivo dos personas de la comitiva de aquel funcionario fueron a reconocer la laguna Diamante, sin que en tal esploracion se pretendiera otra cosa que observar la posibilidad de aumentar el caudal de agua de los indicados rios. La mera enunciacion de ese hecho basta para dejar destruido el fundamento de la aseveracion de V. S., la cual, me atrevo a creerlo, ha sido formulada, no tanto para probar un acto de ingratitud chilena, porque realmente esto seria insostenible, cuanto para dejar constancia de la implícita protesta que la misma aseveracion envuelve. En órden ala esploracion del Rio Gallegos, existe la abundante correspondencia diplomática a que dió oríjen, y a ella me refiero; afirmando sí desde luego, que el incidente quedó terminado a satisfaccion de V. S. Creo, por lo tanto, que me asiste sobrada razon para rechazar el mas inmerecido de los cargos que se han dirijido a mi pais y a mi Gobierno, precisamente cuando uno de sus órganos autorizados, olvidando derechos que, con justo título, pudo hacer valer para exijir reciprocidad de parte de los representantes de la vecina República, recordaba solo la deuda de gratitud de Chile y no esos mismos derechos. Ni jamas los invocará mi Gobierno, porque ello quitaria en gran parte su valor a uno de los sentimientos mas nobles y elevados que desea conservar en toda su pureza. Es, con todo, una fortuna para mi pais el que se le haya presentado tan favorable ocasion para acallar con la evidencia de los hechos una acusacion que podria dañarle profundamente en sus relaciones con los demas estados. No me es posible tampoco prescindir de hacer algunas observaciones a la esposicion hecha al Congreso Nacional arjentino por el señor Ministro de Relaciones Esteriores de aquella República, en el apéndice a su Memoria del año próximo pasado. En esa esposicion el señor Ministro insinúa el concepto de que, al presentar por mi parte al Congreso de Chile, en la Memoria del mismo año, todas las piezas referentes a la cuestion de límites que existian a la fecha de la presentacion de aquel documento se habia faltado por el Gabinete de Santiago a la circunspeccion que aconsejaba la reserva en un asunto, en que aun no se habia dicho la última palabra, y en que era posible modificar mas fácilmente las pretensiones respectivas sin esa publicacion, y llegar así a un arreglo pacífico. Este concepto, señor Ministro, es tan destituido de fundamento como los anteriores enunciados por V. S. Ante todo, me permito negar formalmente que la presente cuestion exija reserva de ninguna especie. No tratamos aquí cuestiones de Gabinete que requieran sijilosas precauciones. Está en debate una gran cuestion, una cuestion verdaderamente internacional, que interesa vivamente a los pueblos de las dos Repúblicas. No es el misterio sino la franqueza la que debe presidir el debate; no son las tinieblas sino la luz, la luz de la razon y de la lei, la que debe guiar los pasos de los que la sostienen. Los pueblos interesados deben tomar parte en la discusion por medio de los órganos de publicidad de que disponen, a fin de que la conciencia pública se ilustre, se unifique, se armonice, para evitar las perniciosas consecuencias de soluciones acaso irreflexivas. Hé ahí las prescripciones que deben reglar el procedimiento y no las circunspectas reservas de que habla el señor Ministro. Sostenido por esta profunda conviccion, en mi Memoria de ese año decia a las Cámaras lo siguiente: “Me permito llamar mui especialmente la atencion del Congreso y del pais hácia esta discusion, porque estando comprometidos en ella y en su solucion intereses de trascendental importancia, el Gobierno necesita las luces de todas las personas competentes, el concurso de todas las intelijencias y la cooperacion franca y leal del comun de los ciudadanos para optar por el camino que le señalen la conciencia pública y la opinion ilustrada de los hombres amantes del progreso y de la honra de la nacion.” Y V. S. mismo reconocia la ventaja de este procedimiento cuando en su nota de 12 de diciembre hacia una apelacion a los sentimientos cristianos del pais en que reside, al cual suponia llevar la conviccion de su falta de derecho con la sola lectura de esa nota. Pero creo ademas, señor Ministro, que con reservas o sin ellas, es por lo ménos mui difícil que las pretensiones del Gobierno arjentino se modifiquen; y esta triste y penosa conviccion, se desprende de la nota del señor Ministro de Relaciones Esteriores de la República Arjentina, fechada el 2 de abril último que aparece en la pájina 102 del Apéndice, en que se dan a V. S. las mas estrechas instrucciones y aun se le aconseja procurar contra Chile el acuerdo de las vecinas Repúblicas para hacerle desistir de sus derechos; esa conviccion se desprende en fin,

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