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de los Reyes á las Cámaras, Corles, Parlamentos ó Senados, la Iglesia se halla en el caso de entenderse con una clase muy diferente de

gobiernos, y de acomodar sus cánones á estas mudanzas importantes. En Francia, por ejemplo, el espíritu de sus leyes exigia tan necesa riamente la circunstancia de católico en sus monarcas, que Enrique IV, despues de sus yictorias memorables, se vió precisado á abjurar la heregia para empuñar el cetro, en vez de que ahora se glorian los franceses de haber sido los primeros que han admitido los judíos en sus cámaras, No es regular que alcancen tan alta categoría muchos israelitas, pero con pocos como Roschild bastarian en ciertas épocas para influir poderosamente conira los derechos mas sagrados de la Religion. Como quiera, pudiendo hacer parte ya del poder legislativo los apóstalas, deistas y hereges de todas las comuniones, la Iglesia católica necesita resolver la cuestion de la intervencion de los soberanos en punlos religiosos con mas reserva que antes, á fin de no trasmitir sus privilegios a todas las potestades civiles indistintamente,

6. Con este objeto, y para desembarazarnos con menos dificultad de la confusion introducida por los escritores políticos ya citados, consideraremos á los gobiernos en sus relaciones con la Iglesia esclusivamente católica , y bajo dos conceptos distintos, á

distintos, á saber, dentro ó fuera de su gremio, pues

de otra, suerte no acertariamos á establecer ninguna regla fija, ni á

do, pues,

entendernos tampoco en la esplicacion. Cuan

los gobiernos, arrastrados de sus preocupaciones, no pertenecen á nuestra comunion, como por otra parte ejercen la supremacía de la potestad civil

segun

el orden de la Providen. sia, nada les impide conducirse con la santa Iglesia cediendo a su propia inclinacion, y al mayor

ó

menor poder de que se hallan revestidos

por sus respectivas constiluciones. En lal parte, adictos los principes á la idolatría y supersticion, se complacerán en derramar la sangre de los mártires, y renovar los horrores de los primeros siglos, cual efectivamenle se repi. ten ahora en las misiones de - la Cochinchina. En tal otra, mas reconciliados con la humani. dad, se contentarán con menospreciar la Iglesia católica, y vender á sus sacerdotes el privilegio de profesarla erf público, como sucede en los santos lugares y varios otros puntos del imperio otomano. En algunos reinos se les prirará del derecho de ciudadanía, del estudio público de la Religion, de su enseñanza, y se les continuará trescientos años el abominable

yugo que sufren en Irlanda, ó se les tolerará con menos descrédito, á semejanza de Prusia y varios paises de Alemania. En todos estos paises los gobiernos, en términos políticos, se hallan hábiles para dictar providencias y ejecutarlas sin contradiccion, pues la Iglesia católica reconoce por un principio dogmálico tolerar todas las tribulaciones, con que Dios la esclarece y purifica, oponiendo la paciencia á la crueldad,

pre, sostenida

la mansedumbre al furor, y caminando siem

por la fe, a la gran obra de la conversion del mundo. No digo por esto que los católicos no pueden ser simultáneamente ciudadanos , y constituir gobiernos á los que impongan la precisa condicion de pertenecer al seno de la Iglesia, y deponerlos si faltan á esta obligacion; pero aunque esta verdad no admite duda, siempre mostrará que en tal caso los fieles combatirian á sus gobiernos en calidad de ciudadanos, mas de ningun modo como católicos. Asi que, hallándome examinando esclusivamente los derechos de la Iglesia , todo nos confirma en el principio de que cuando, víctima de las vicisitudes, se vca dominada por un gobierno enemigo, necesita resignarse con sus tribulaciones, ofreciéndoselas ·á Dios sumisamente, hasta

que su diestra omnipotente se digne ponerlas término.

7.o Con todo, tampoco se ha de inferir de esta esplicacion puramente espirtual, que los gobiernos adversarios á la Iglesia quedan auto. rizados para vejarla, escarnecerla ú oprimirla arbitrariamente; conclusion .que se deduciria desde luego si admitiésemos los principios de algunos escritores ateistas, que fundan el crite. rio de la conciencia sobre la voluntad humana pronunciada en la representacion nacional. La soberanía, pues, sea el que quiera el sentido de esta palabra adoplada entre los escritores políticos, siempre ha de considerarse subordinada al Omnipotente; y por lo mismo á la san

ta Iglesia, obra de Dios, jamás podrá insultarJa con justicia ninguna potestad del mundo. Cuando reconocemos en los gobiernos enemigos de la Religion la fuerza fisica de que disponen para mortificar á sus adoradores, no le salvamos la responsabilidad delante de Dios, ni menos les atribuimos tal derecho, sino que examinando las situaciones prósperas ó adversas de la santa Iglesia, presentamos el caso de la persecucion como uno de los muchos que suelen ocurrir en el curso de los siglos. En una palabra, quiere decir que el Señor, por sus inescrutables juicios, permite muchas veces á los adversarios de la Iglesia combatirla, despojarla y empobrecerla, asi como permite robar á Jos ladrones, á los incendiarios pegar fuego, asaltar á los bandidos, y á los facinerosos que asesinen; mas tan absurdo como nos representaríamos suponer en esta cadena de malvados derecho para perpetrar sus crímenes,' reputaremos igualmente conccelérsele á los gobiernos de mala fe para perturbar el culto de la santa Iglesia. En general, si deseamos interpretar filosóficamente las obligaciones de un gobierno fuera de la Iglesia, y escusarnos de mas esplicacion, se ha de llevar siempre en cuenta la regla indispensable del fin para que fue criado el hombre. Un gobierno puede abusar de sus atribuciones como un particular de su albedrío; pero esto solo probará que el orden moral del universo está pendiente de los premios y castigos de la vida futura, y que sin este principio

eterno de nuestra divina Religion la moral scría varra, y los tiranos triunfarian impunemente de la virtud y la inocencia,

Por dicha de la España estas nociones no necesitan aplicacion á su gobierno, esencialmente çalólico en cumplimiento de nuestras

novísimas y antiguas leyes; pero no me ha pa• recido ocioso sentarlas con claridad de un modo

esplicito , teniendo presente que si se permitiera á un gobierno profano en calidad de supremo imponer leges á todas las religiones, y arreglar su culto de propia autoridad, nos comprometcríamos, por una consecuencia natural, á conceder la misma prerogativa á los gobiernos adictos á la Religion católica. No obstante, veamos ahora si en estos últimos, en calidad de taJes, residen atribuciones sobre las materias eclc. siásticas, y en qué términos les competen. • 8.° En esta parte los voluminosos tomos que se han acumulado en varias épocas con tanta multitud de citas y argumentos, dando margen á infinitas controversias, podian haberse escusado sin lesion de ambas potestades; porque constándonos de la Escritura en los testos mencionados

que

la Iglesia nació exenta del Estado y éste de su autoridad espiritual, la cuestion no admite duda ventilada en términos absolutos; por

lo

que solo podrá presentarse embarazosa en ciertos casos relativos, en los que se hubicren incorporado usando de su derecho, pues tambien nos consta que bien comprendida su naturaleza, aunque asi la Iglesia como el Esta

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