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á

probacion ninguna comparable á la tradicion universal que de siglo en siglo nos trasmitió entre ayes y lamentos sus costumbres estragadas, y menos a la infame entrada de los moros, cuyos horrendos vestigios por desgracia aún subsisten deshonrando nuestro suelo. Segun tan mezquino método de raciocinar, adoptado por los aduladores del predominio de los Reyes, mal disfrazados con la máscara de crítica, bien ha podido argüir contra la existencia de nuestro divino Maestro el fanático autor del Origen de los cullos,

cuya estravagante insania no impuso tampoco respeto el continuo y permanente testimonio de cuatro millones de judíos, ni la destruccion de Jerusalén con un cuento у

medio de habitantes: catástrofe la mas estrepitosa del mundo, y la mas bellamente referida por un testigo ocular en los anales de la historia : las defensas fundadas en. absurdos no mejoran una mala causa. Nadie en verdad estaria mas interesado

que un Obispo en desvanecer, si posible fuera, la mala nota que desconceptúa á cierta parte del clero español durante los reinados de Witiza y D. Rodrigo; pero conviene no olvidarse que la historia nos refiere los ejemplos y los estravíos de nuestros mayores para aprender en unos y otros el santo temor de Dios, imitando á los primeros y preservándonos de los segundos. ¿A qué disimular los lunares patentes en el rostro, quiero decir, las faltas de que nos acusan nuestros mas célebres autores? ¿Quién no echa de menos en

vez de

Ja falsa paz,

los Obispos españoles de tan ignominiosa época aquella fortaleza, aquel celo evangélico que se espone á los arrebalos y á la cólera de los reyes por no contemplar con sus escándalos?

Dónde están primero sus ruegos, luego suš lamentos, despues las quejas, y últimamente sus pastorales, sus escritos, que nos acrediten la vigilancia y justa indignacion de los centinelas de Israel? La persecucion de reyes tan inicuos como Witiza no deshonraria á los Obispos si la hubieran padecido, antes por el contrario formaria su mayor elogio, y nos diera margen a hora á una sólida y bien fundada apologia; en que

las delicias y comodidades que disfrutaron, y la continuacion del favor de una corte tan disoluta como la

que entonces gobernaba , nos pone un velo en los ojos y nos quita la pluma de las manos. Las bendiciones de la paz y la felicidad de los cristianos son el voto de la Iglesia en sus oraciones cotidianas; pero en la triste necesidad de haber de leer las páginas escandalosas del reinado de Witiza y. D. Rodrigo, menos ingrato nos sería ir repasando en los anales de aquel tiempo unos Obispos mártires, otros presos, prófugos ó desterrados, sacrificados todos en defensa de la fe, como: sucedió en la persecucion goda de Espafia hacia el año 425, tan encarecida por S. Agustin que la proponia de modelo á los Obispos africanos, que el consultar las bibliotecas y revolver todos los archivos, y no encontrarnos con un testimonio de esta clase. Menos sentimiento

nos causaria tambien enternecernos con lamentos semejantes a los que nos arrancan aquellos cinco niños españoles, Arcadio, Probo, &c., martirizados en Africa y celebrados

por

Honorato Antonino, ó edificarnos con padecimientos iguales á los que sufrieron los Prudencios, Laureanos, Eugenios, Montanos, y tanta multitud de Obispos como se ilustraron durante ciento veinte años de la persecucion arriana, que no empeñarnos en la defensa del clero coetáneo de Witiza, viniendo á parar, despues de apurar todos los discursos del ingenio, al silencio de aquella época inmediata. ¿Qué prueba el silencio? Pluguiera á Dios que en vez de un silencio tan vergonzoso oyéramos una 'voz de trueno como la" de San Ambrosio, fulminando el anatema contra el rey Witiza.

Nadie duda que los Obispos de aquellos desgraciados dias fueron católicos y amantes de la religion (sobre cuyo punto tampoco ocurre escrúpulo á ningun sabio, puesto que, dóciles á la voz de Dios que les despertara del letargo, y arrostrando despues mil géneros de peligros, consiguieron conservar la fe en toda España durante la dominacion de los sarracenos), pero tampoco se nos oculta que, amedrentados en cierto tiempo con el genio violento del monarca, dejaron equívoca su fama por no haber tenido firmeza para representar siquiera como Osio al Emperador Constante. De todos modos salla á los ojos, que si se hubiera imitado en aquella época el celo de San Leandro, se sal

el tra

vara acaso la patria y religion; ó por lo menos, dado que el Señor

el Señor por sus altos juicios tuviese decretado ya el castigo, les quedaria el consuelo á los Obispos de que no le habria acelerado la falta del cumplimiento de su obligacion: y véase la causa que me empeña irresistiblemente en el presente escrito, y la que no me permite respirar hasta llevarle á cabo.

En efecto, algunas veces, meditando conmigo mismo sobre el espantoso poder de los revolucionarios, la

gran
distancia

que me separa del centro de la monarquía, la nulidad de mi persona y medianía de mis talentos, no deja de representarseme como superior á mis fuerzas, y al mismo tiempo infructuoso, bajo que me tomo en probar la independencia constante de la Iglesia de España para atraer á la razon á sus enemigos; y aunque, gracias á la Providencia , jamás, me ha asaltado en el curso de mi vida aquel temor degradado que hace desertar las banderas de la verdad al pusilánime, no desconozco el peligro de que entre las vicisitudes continuas políticas de la nacion nos alcance alguna deplorable, que transfiera las riendas del gobierno de los actuales Ministros á otras personas violentas que, calificando de un crimen horrendo la defensa de la potestad eclesiástica , calumnien de insidiosos mis principios, esponiéndome á la venganza de su partido: pero a pesar del respeto que por nem cesidad impone siempre este cuidado á un Obispo, menos por la pérdida de su tranquilidad

y la de los bienes temporales que por las desagradables consecuencias que produce en las relaciones de la sociedad civil, cuando se me representa por otra parte el espantoso castigo que arrastraron Witiza

у D. Rodrigo, no vacilo un momento en elevarme al trono

у

ofrecerme en sacrificio

por mi patria. Porque, contrayéndome rigorosamente al caso, ¿de qué sirviera á la nacion el deplorable silencio, por no llamarle connivencia, de los Obispos de aquella edad, sino de precipitar la ruina y perdicion de España? El atropello de las leyes eclesiásticas cometido, en su reinado, fue como la señal dadai á la relajacion, al desorden-y á un desenfreno que, cundiendo de los grandes á los Obispos y de los magistrados á los clérigos, se propagó como un incendio por todas las clases del Estado, disolvió el vínculo de amor y proteccion entre los reyes y los pueblos, entre los sacerdotes y los fieles, estinguió los de obediencia

y

subor. dinacion entre los soldados y sus gefes, contaminó las costumbres , pervirtió los corazones, corrompió á las mugeres, afeminó á los home bres, y atrajo por último la maldicion sobre el ejército español de Guadalete, derrotado , acuchillado

por el alfange sarraceno, y espantado sin honor hasta abandonar á merced de la morisma á aquella nacion belicosa, llamada por tonomasia en otro tiempo terror del imperio, ¡No quiera Dios que conjure yo con una afren tosa indiferencia otra calástrofe semejante, y antes bien-caigan sobre mí todos los trabajos y

an

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