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TO El 15 de mayna batalla de laieron los vencei Bas

ma, el padre Luis de Valdivia, habia regresado a la corte.

Las hostilidades por una i otra parte se rompieron con el mismo encarnizamiento, con la misma furia de los peores tiempos de la guerra.

El espectáculo del cruel tratamiento que los españoles daban a los indios del norte estimulaba a los araucanos para defender su independencia, i acrecentaba su irritacion contra los conquistado· res.

Lo que ellos mismos tenian que soportar miéntras no estaban alzados los animaba a no omitir sacrificios de ningun jénero para sostener su heroica resistencia.

El 15 de mayo de 1629, los araucanos ganaron a los españoles la batalla de las Cangrejeras.

Entre los prisioneros que hicieron los vencedores, se contó a don Francisco Núñez de Pineda i Bascuñan, el cual cayó en manos de un cacique llamamado Maulican. · Bascuñan, que fué tratado perfectamente, como amigo mas bien que como cautivo, tuvo la buena suerte de ser, a los pocos meses, devuelto a la libertad mediante un rescate.

En los últimos años de su vida, redactó con el título de Cautiverio Feliz una larga relacion de todo lo que habia visto i oído durante su permanencia entre los araucanos.

Estracto de esa obra el siguiente diálogo entre el prisionero Bascuñan, i el anciano cacique Quilalebo, que puede proporcionar una idea de los efectos producidos por el cruel tratamiento dado por los españoles a los indíjenas sometidos.

"Bascuñan.—El otro dia nos disteis a entender que desde que vuestra tierra quedó sin españoles i alterada, no habiais comunicado a ningun español captivo, ni aun podido levantar los ojos a mirarle halagüeño; con que he juzgado que siendo vos cacique de tan buen discurso, llegado a la razon en vuestro natural uso de vivir, es forzoso que tengais mui grandes fundamentos para haber conservado tantos años vuestro rencor i enojo contra los españoles.

"Quilalebo.--Ahora pues, capitan amigo, pues me sacais a barrera, os contaré la causa de nuestros alborotos, i de haber quedado yo con tan mala querencia a vuestros antepasados.

Bascuñan.-Mucho gusto tendré en escuchar vuestras razones, porque verdaderamente hai varias opiniones que se encaminan, unas a culpar a los españoles; otras, a la inconstancia de vuestros naturales.

Quilalebo.—Pues escuchadme un rato por vuestra vida, i juzgareis despues lo que os pareciere.

"Me basta enumeraros la codicia grande de los españoles; el inhumano trato para con nosotros, que parece que solo cuidaban de menoscabar iconsumir nuestra nacion, no dándonos de comer, teniéndonos en un ordinario trabajo de las minas, dejándonos morir en ellas, sin asistencia de nuestras mujeres, sin el consuelo de nuestros hijos i sin el regalo de nuestras casas; los continuos i lamentables robos de nuestras reducciones, llevándonos los hijos i las hijas con violencia, vendiéndolas por esclavas de secreto; la crueldad tan feroz de las mujeres, que a sus criadas las quemaban vivas, i dentro de sus aposentos las enterraban, despues de haber hecho en ellas mil anatomías; la libertad con que se servian de nuestras hijas i mujeres, hasta forzarlas los hombres a vista de sus padres i de sus madres, i aun de sus maridos; i otras cosas mas graves que pudiera referiros.

"Bascuñan. Mui atento me teneis, amigo Quilalebo; i estimaré no os canseis de proseguir con vuestra principiada narracion.

"Quilalebo.—Si nos causaban estas atrasadas acciones tanto horror i espanto, mucho mas las maldades e insolencias de los pateros (que quiere decir sacerdotes).

Bascuñan. Proseguid vuestro discurso, que me teneis absorto con lo que me habeis dicho.

Quilalebo.-Estos pateros, en quienes teníamos puestas nuestras esperanzas de que hallaríamos en ellos segura proteccion i amparo cierto, eran peores que los propios seglares nuestros amos, que como nuestras poblaciones i rancherías estaban de ordinario sin la asistencia de los indios tributarios por estar trabajando en sus tareas, los contenidos padres doctrineros, con pretesto de enseñar a rezar a los muchachos i chinas, se entraban en las casas con descoco, i hacian de las mujeres lo que querian por engaños i dádivas; i cuando se resistian constantes, las mandaban ir a la iglesia para que aprendiesen a confesarse, i en las sacristías, a donde los pateros se revestian para decir misa, las entraban atemorizadas, i les decian que en aquel lugar en que estaban, si no consentian con lo que el patero o el sacerdote las decia, que el Pillan Algue (que quiere decir el demonio las habia de castigar severamente, i que si hablaban palabra, o revelaban lo que al oído les decian, i lo que hacian, las habian de quemar vivas, porque lo que en aquel acto se trataba era caso de inquisicion si se divulgaba; i de esta suerte, dentro de las iglesias violentaban muchas doncellas, forzaban casadas i reducian a su gusto las solteras; i esto lo tenian por costumbre i como por lei establecida.

“Algunas mujeres casadas con todo secreto co

municaron a sus maridos el caso i lo que les pasaba con el padre doctrinero, encargándoles encarecidamente el silencio i que no lo publicasen, porque el patero les habia dicho que la que se atreviese a hablar palabra de lo que en la confesion hacian la habian de quemar luego.

"Resolvióse uno de los lastimados a llegar a solas a su amo (que le mostraba voluntad) a decirle que por vida de sus hijos i mujer, se sirviese de escucharle dos razones, con cargo de que habian de ser solo para entre los dos; que le jurase el guardarle el secreto, que le importaba mucho.

"El amo le aseguró todo silencio, deseoso de saber alguna novedad, juzgando fuese el aviso de algun alboroto o rebelion entre ellos.

"Díjole el indio: habeis de saber, capitan i señor, que vengo a deciros una cosa que despues que la supe, me ha tenido el corazon entre dos piedras, i tan dolorido i lastimado, que me ha sido forzoso significaros mi pesar; i refiriéndole lo que arriba queda dicho, le preguntó sí lo que hacian aquellos padres con sus mujeres era antigua costumbre entre los españoles, i sí con sus mujeres hacian lo propio.

"El amo le respondió suspenso i admirado, haciéndose cruces en el rostro, con demostraciones grandes de sentimiento, i le dijo: no puedo creer que eso sea así de ninguna suerte, i mirad que es caso grave el que me habeis dicho, que si se averiguase por algun camino que algun sacerdote hubiese cometido delito semejante, lo quemarian vivo; i por lo consiguiente si alguna persona levantase testimonio al sacerdote, o revelase lo que no era por hacer daño, tendria el mesmo castigo; i así callad la boca, i averiguarémos el caso de secreto; i si tuviere fundamento lo que me habeis dicho, con todo secreto i silencio, sin que lo sienta la tierra, vereis cómo es castigado con toda severidad i rigor. Por vuestra vida que no publiqueis lo comunicado, que a todos importa. Traed esta noche a vuestra mujer a mi casa, que quiero examinarla con cuidado.

“Hizolo así el indio; i el amo se informó de ella, i citó a otras que en aquella ocasion las habian llevado al intento, con cuyas declaraciones quedó manifiesta la del indio; con que encargó á todos el silencio, dándoles a entender que con todo recato i disimulo, se habia de castigar a aquel sacerdote, i llevarlo a parte a donde purgaše su pecado, i no pareciese mas entre las jentes.

“I el castigo que le dieron fué enviarlo a Santiago, adonde supimos que se estaba paseando, i esta fué la pena que tuvo maldad tan grande..

"¿Cómo decis los españoles que las iglesias no son mas que para rezar i decir misa en ellas? I sois unos embusteros (aunque perdoneis, capitan), porque no servian los templos de otra cosa, que de ser capa de semejantes maldades. Con achaque de Hevar las mujeres a enseñarles a rezar, a oír misa ià confesarlas, hacian lo que os he dicho, i mu-' cho' mas. I si como decis vosotros, Dios asiste en las iglesias, i no permite tales maldades i pecados tan descubiertos, ¿cómo no castigaba a estos malos sacerdotes, que tan desenfrenadamente vivian, i en medio de sus templos atropellaban sus leyes?

"Esta fué la enseñanza que tuvimos, la primer leche que mamamos i la doctrina que aprendimos de vuestros antepasados” (1).

(1) Núñez de Pineda i Bascuñan, Cautiverio Feliz, discurso 4, capítulo 1.

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