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acongojador convencimiento de que era indispensable alijarlas para que pudiesen continuar.

Tomó entonces la cruel resolucion de echar a la ribera a las mujeres i los niños, entregándolos al furor de los indios.

Cualquiera puede imajinarse la terrible escena que entónces tuvo lugar.

Los soldados de Salazar recibieron el castigo de ver desde sus embarcaciones a los bárbaros apoderarse de todos aquellos desdichados, i de escuchar sus llantos i clamores.

“Oímos este caso a uno de estos infelices venturoso, a quien espulsaron con su madre", dice el cronista Córdoba i Figueroa.

Lo peor fué que aquel inhumano sacrificio resulto inútil.

De tropiezo en tropi zo, siguieron las embarcaciones hasta Santa Juana, donde encallaron definitivamente.

Viéndolas inmóviles, los indios las abordaron a caballo por la derecha i por la izquierda.

Trabóse entonces una lucha desesperada cuerpo a cuerpo; pero se aumentó la confusion con una botija de pólvora que se pegó fuego; i encontrándose los españoles abrumados por el número, perecieron todos, sin escapar uno solo de los doscientos cuarenta que iban.

Don José de Salazar, mal herido, buscando la salvacion, se arrojó con el capellan al rio, donde los dos se ahogaron.

I para que se conozcan todas las acusaciones que se le hicieron, hai todavía que leer las siguientes palabras que a manera de necrolojia le dedica el cronista poco antes citado:

-"Díjose que don José de Salazar distribuyó porcion de dinero entre varios soldados para que

lo trajesen, i que esto estorbó la ofensa i defensa por estar gravados de su peso” (1).

El maestre de campo don Juan de Salazar fué mas feliz que su hermano en cuanto salvó la vida; pero como él, perdió la honra.

Habiendo sabido en su marcha contra los cuncos el alzamiento jeneral, en vez de apercibirse para combatir, solo pensó en huir.

Don Francisco Núñez de Pineda i Bascuñan i otros oficiales eran de opinion que el ejército debia volverse a Concepcion por tierra para ir socorriendo los fuertes, i particularmente el de Boroa.

No se conformaban con no intentar siquiera medirse con los soberbios araucanos.

Pero el maestre de campo no quiso oír reflexiones, i se dirijió apresuradamente a Valdivia para regresar desde allí por mar a Concepcion.

Semejante resolucion era indudablemente la mas segura, pero no la mas honrosa. · Para llevarla a cabo, Salazar tuvo, no que acuchillar indios, sino solo que hacer degollar seis mil hermosos caballos, que llevaba para el servicio de su ejército, i que temió cayesen en manos del enemigo.

La suerte del presidente Acuña i Cabrera fué igualmente desastrosa.

Habiéndose visto cercado i acosado en la plaza de Buena Esperanza por los sublevados, lo abandonó todo para ir a buscar refujio en Concepcion.

Se retiraron con él los soldados que habian salvado la vida i los moradores del fuerte.

Lo que tenian en el cuerpo era todo lo que habian podido sacar consigo.

(1) Córdoba i Figueroa, Historia de Chile, libro 5, capítulo 19.

Los jesuitas llevaban el santísimo sacramento en una custodia.

El viaje fué de los mas fatigosos i llenos de zozobras que pueden imajinarse.

Todos los vecinos de Concepcion salieron en procesion a recibir el santísimo sacramento que traian los jesuitas.

Acuña i Cabrera habia entrado antes que sus compañeros de infortunio, porque el miedo no le habia dejado ir con ellos, habiéndose adelantado tan luego como pudo, impaciente por poner su persona en seguridad.

"En la Concepcion deseaban que llegara el gobernador con bastante jente, refiere el cronista Quiroga; pero su vista no les dió gusto por reconocerle caudillo de una tropa de tristes miserables, que esforzándolos los sacerdotes, venian a pié i descalzos, huyendo de cada ruido, que creian ser el enemigo que les pisaba la retaguardia” (1).

I mientras tanto, la necesidad de un ausilio bien eficaz era sumamente imperiosa.

Los indios llevaban la osadía hasta penetrar por las calles de las acongojadas ciudades de Concepcion i de Chillan; i lo que todavía era harto mas grave, lo hacian así impunemente.

En la ciudad de Concepcion, sacaron prisioneros de sus propias casas a mas de una persona; i en la de Chillan, clavaron flechas en una imájen de la Vírjen, a quien en aquellas calamitosas circunstancias se habia levantado un altar en la plaza para que concediese amparo a los aflijidos habitantes.

Jamas el reino entero se habia visto espuesto a una ruina mas completa.

(1) Quiroga, Compendio Histórico.

VII.

Las tristes noticias de los funestísimos acontecimientos que iban realizándose en el Sur comenzaron a llegar a Santiago, aunque todavía algo vagas, desde el 20 de febrero de 1655 (1).

Ya se concebirá la fundada inquietud que aquello produjo.

Una de las primeras providencias a que atendió el cabildo de la capital fué nombrar un procurador jeneral que con la posible premura saliese a esponer al virrei del Perú la apurada situacion del reino, i a pedirle los mas prontos socorros.

En sesion de 23 del mismo mes i año, designó para el desempeño de tan importante encargo a don Juan Rodulfo de Lisperguer i Solórzano, uno de los vecinos mas condecorados, hijo de aquel don Pedro de Lisperguer i de aquella doña Florencia de Solórzano i Velazco, de quienes he hablado en el primer volúmen.

En atencion a la escasez de fondos, le señalaron para ayuda de costas solo cuatro mil pesos de a ocho reales.

Los capitulares presentes a la sesion acordaron pagar de su caudal propio la suma mencionada.

Por la pobreza de la ciudad i por la brevedad del tiempo, dice el Libro del Cabildo, no quisieron echar este gravámen sobre los comerciantes i vecinos de la ciudad, habiendo de ser tan graves i precisos los gastos en los socorros necesarios i defensa de la república; i por esta atencion, ofrecie

son

(1) Libro de actas del Cabildo de Santiago, sesion de 20 de febrero de ron prorratear la dicha cantidad en las personas i bienes de los capitulares presentes en la forma que sigue:

Don Francisco Arévalo Briceño, alcalde de primer voto, mil pesos;

"Don Jerónimo Hurtado, quinientos;

"Don Francisco de Erazo, doscientos, i lo mas que le quisieren prorratear i cupiere en su caudal;

"Don Gaspar de Ahumada, mil pesos; “El jeneral don Martin Ruiz de Gamboa, mil

pesos".

Don Juan Rodulfo de Lisperguer no se manifestó ménos patriota i jeneroso que los capitulares.

Llamado inmediatamente al cabildo, dijo: "que aceptaba el hacer el viaje, i el nombramiento de procurador para caso tan inescusable de la defensa de todo este reino, a que está dispuesto con las veras que lo ha estado siempre, i lo han estado todos sus antepasados; i que en atencion a los trabajos i necesidades en que se halla esta república i reino, i que han de acudir a los socorros que piden las fronteras, seguro de que a ello se han de adelantar los alcaldes i rejidores de esta ciudad, escusa i remite el ofrecimiento i prorrata de los cuatro mil patacones; porque, aunque no se halla sobrado por las mayores obligaciones de su familia, espondrá, como espone, su persona, vida i hacienda para el servicio de Su Majestad i de esta república i reino, como uno de los hijos principales de ella”.

Dicho esto, i poniéndose en medio de la sala, juró a Dios i a la cruz cumplir debida i lealmente el encargo que se le confiaba. Los capitulares le dieron las gracias, tanto por

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