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El primero de dichos planes esplica con, mucha exactitud los fundamentos de la gran zozobra que durante toda la época colonial inquietó a los habitantes de Chile, siempre temerosos entonces de un alzamiento jeneral de indíjenas, que pudiera enseñorearse de toda la comarca desde un estremo hasta el otro.

Leamos esta curiosa esposicion.

“Sin embargo de tanta prosperidad como depositó la Providencia en aquel paraíso terrenal (Chile), para felicitar a sus habitadores, dice, es mui lastimoso el estado miserable de despoblacion i miseria a que está reducido.

“Del número casi infinito de indios que se encontraron al tiempo de la conquista, apenas llegan a trescientos mil los de ambos sexos que residen entre las islas de Chiloé i la frontera del rio Biobio; i serán como otros tantos los que moran entre los españoles, no habiéndose padecido epidemia alguna a que pueda atribuirse despoblacion tan lamentable. Ni corresponde el número de los españoles al que ha pasado de estos reinos (España); pues en medio de la sanidad de su temperamento, mucho mas benigno que el de España, no pasan de trescientas mil las almas españolas, incluyendo en este número los mestizos i los mulatos. De suerte que puede formarse el juicio prudencial de que no pasan de .seiscientas mil entre españolas, mestizas, indias, negras i mulatas las personas que están subordinadas al dominio de Vuestra Majestad, i que será como de trescientos mil el número de los indios que aun no están bien reducidos.

“Sobre no corresponder el vecindario a la fertilidad i sanísimo temperamento de reino tan dilatado, padecen sus habitadores la privacion de la

sociedad humana, que es el fundamento de toda la felicidad que puede gozarse en esta vida. Los trescientos mil indios que aun no están bien reducidos no viven agregados a pueblos, sino dispersos por aquellos campos, distando una familia de otra tres, cuatro i seis leguas. Lo mismo sucede a las otras seiscientas mil almas, entre españoles, indios i mestizos, que profesan la relijion católica, i obedecen en todo a Vuestra Majestad, pues no llegan a setenta mil las reducidas a pueblos, porque siendo cierto que no tiene el reino mas de seis lugarès, que son las ciudades de Santiago, la Concepcion, Chillan i Coquimbo, i la villa de Quillota i puerto de Valparaíso, no lo es menos que no pasan de setenta mil las almas que residen en dichos seis lugares, siendo la residencia continua de las otras quinientas treinta mil la soledad de los campos en unas chozas de paja que levantan en sus haciendas, formando en todo trece o catorce correjimien- ' tos, que regulado uno con otro, tiene la estension de mas de veinte leguas de largo, i otro tanto de ancho, i veinte i cuatro curatos poco mas o menos, a escepcion de los que hai en los seis lugares mencionados.

"Estando tan esparcidas por los campos casi todas las familias del reino, distando una de otra cuatro, seis i ocho leguas, como tambien de la presencia de su cura i correjidor, bien podemos decir hallarse aquellos infelices condenados a no participar de la menor parte de la felicidad humana, mientras no se redujeren a poblados, porque siendo cierto, como lo es, que los correjimientos i curatos tienen la estension mencionada, se viene a los ojos la imposibilidad moral en que se hallan de cumplir con las obligaciones de cristianos, no pudiendo desde tan léjos acudir a la parroquia, ni

a otra iglesia, a instruirse en los misterios de la fe, a oír misa los dias de fiesta i frecuentar los sacramentos. Es igualmente imposible al correjidor i al cura el saber, i mucho mas el correjir los desórdenes que se cometen en tan largas distancias i en el retiro de unas casas solitarias, por cuya razon es forzoso queden impunes los delitos, i vivan los mas con solo el nombre de cristianos, i con inminente peligro de no lograr ni aun en la hora de la muerte, el ausilio de los santos sacramentos, o por no tener persona que vaya a llamar al cura, o por no llegar éste a tiempo, a causa de la grande distancia en que reside.

"Es imponderable el peligro que les amenaza de ser arruinados de los indios, que son capaces de alzarse con el reino en una sola noche, porque distando una casa de otra cuatro, seis i ocho leguas, i habiendo en cada una mas indios de servicio, que españoles, son aquellos mas que suficientes a quitar la vida a todos sus amos, aunque no concurran los indios medio rebeldes con sus correrías al modo de los húsares, caminando una noche doce o mas leguas para robar i quemar todo cuanto encuentran, sin perdonar la vida a ningun español que se les ponga a la vista.

Para comprension del riesgo que les amenaza, conviene hacer presente la práctica que observan en hacernos la guerra. Cuando se resuelven a la invasion, señalan algunos emisarios que corran la flecha por todo el reino, que es lo mismo que participar a todos los indios, aun a los que sirven a los españoles, la noticia del dia o de la noche en que han resuelto invadirnos por todas partes. Esta noticia la ocultan con tan inviolable secreto, que no hai ejemplar de haberla publicado, ni aun estando embriagados; i difundida entre los españo

les, aunque sea vaga i sin fundamento, basta a llenarlos de horror i espanto, porque no habiendo pueblo ni hacienda de campo que no tenga mas indios que españoles, conocen éstos el manifiesto riesgo de ser muertos. I por esto corriendo con viveza esta voz formidable, se retiran a alguno de los seis lugares las mas familias españolas, esperimentando en los atrasos de las haciendas por la falta de su presencia, los lamentables estragos de una guerra verdadera. Si llega a ser cierto el levantamiento, es suficiente a llenar de confusion i sobresalto el corazon del jeneral mas esperto i valeroso, pues siendo imposible castigarlos, se contempla precisado a esperimentar las fatalidades de la guerra. No ignora la dificultad de juntar mil milicianos, i el conseguir la plata necesaria para mantenerlos. Sabe tambien el poco o ningun daño que pueden hacer nuestras tropas a los indios rebelados, que no teniendo sementeras ni otros bienes que el de una choza, que se forma en dos o tres dias, con retirarse a los montes, logran el sagrado para evitar el castigo.

"Por otra parte, comprende el gobernador ser inevitables las hostilidades que intentaren los indios; porque no usando de marchas regulares, ni cargando mas víveres ni carruaje, que el de una bolsa de harina que lleva cada uno a la gurupa del caballo, ejecutan todas las empresas donde ménos se piensa, i antes de ser sentidos; i dejándose ver un dia sobre una plaza fronteriza, amanecen el otro sobre las haciendas distantes mas de doce leguas de aquella plaza. Mas, sobre todo, oprime el ánimo de los gobernadores el modo de principiar la guerra, porque estando todos avisados por medio de la flecha de la noche que han de comenzarla, se ejecuta la irrupcion a un mismo

ménos se predia sobre umaciendas distaob

tiempo en todo el reino, matando los indios de las haciendas a sus amos, i los de cada pueblo a los españoles que en él residen. I claro está que a vista de este modo de guerrear, nada puede prevenir el mas esperto capitan jeneral en un país tan dilatado, teniendo a todos los súbditos dispersos por las haciendas.

"Por esto ponen tanto cuidado los mas cuerdos gobernadores en tratarlos con mucha afabilidad, observándoles relijiosamente las ceremonias acostumbradas de abrazarlos i admitir a la mesa los caciques, condescendiendo en todo lo posible con su gusto; i han padecido hartos cuidados i desvelos aquellos en quienes el conocimiento de su valor i pericia militar, enjendró el desprecio de unos pobres indios descalzos, rudos i armados únicamente de unas lanzas mal formadas, porque irritados del menosprecio han movido una guerra que siempre ha sido fatal para los españoles, i no mui decorosa para los gobernadores, no porque sean capaces de hacer frente a una tropa de mil soldados, sino porque no hai medios para juntarla, ni bocas de fuego para hacerla respetable; i porque sin hacer frente a la tropa, pueden arruinarnos con las correrías ejecutadas en la forma espresada, sin que la tropa pueda castigarlos en los bienes que no tienen, ni en las personas, que fácilmente se escapan de nuestras marchas regulares.

"El conocimiento esperimental que asistia al excelentísimo señor don Gabriel Cano, teniente jeneral de los reales ejércitos, i capitan jeneral de aquel reino, le obligó a informar a Vuestra Majestad de la necesidad cuasi estrema de poner la tropa en el pié que tuvo hasta el año de 1700, que fué de dos mil hombres, por ser imposible la defensa con los seiscientos soldados que al presente

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