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CAPITULO IX.

LA PARTICIPACION DE LOS INDIJENAS EN LA REVO

LUCION DE LA INDEPENDENCIA.

Actitud de los indios en la revolucion de Chile.-Influencia de la Arau

cana de Ercilla para impulsar aquel grande acontecimiento.-Id. de los cronistas nacionales, i especialmente de Molina. -Hechos, que comprueban la realidad i eficacia de estas influencias.

He procurado hacer un bosquejo compendioso, pero comprensivo, de la condicion social de los indíjenas en Chile desde la conquista hasta la revocion.

Solo me falta examinar la parte que tuvieron en el grande acontecimiento de la independencia.

Los indios sometidos, los de encomienda, los yanaconas, los inquilinos (déseles el nombre que se quiera) puede decirse que por sí mismos no tuvieron ninguna. Se limitaron a seguir la bandera de sus amos o patrones, sirviendo indiferentemente al rei o a la patria, sin darse cuenta de su conducta, segun el partido en que sus señores se alistaron.

Todo esto se concibe mui fácilmente.

Pero ¿cuál fué la conducta que observaron en tan memorable i significativa lucha los famosos araucanos, los imperterritos defensores de la independencia de su país?

Preciso es confesar que por lo jeneral se manifestaron mui adictos a los intereses de los realistas.

“Los indios araucanos de Chile, dice con complacencia don Mariano Torrente, se mantuvieron constantemente fieles a la causa del rei; i aun despues de haber sucumbido todas las autoridades españolas en América, sostuvieron los reales derechos hasta 1827 bajo la direccion de los ilustres jefes Benavídes, Pico i Senosiain” (1).

Esto tambien se concibe sin dificultad.

La independencia a que llevó la revolucion de 1810 no era la que los araucanos habian defendido por tantos siglos..

El gran movimiento mencionado destruyó la dominacion política i administrativa de la España sobre sus colonias del nuevo mundo.

La lucha de los araucanos contra sus invasores era en la realidad la de la barbarie contra la civilizacion.

A la verdad, importaba poco a los descendientes de Caupolican i de Lautaro que se tratara de someterlos en nombre del rei, o de la república.

Por eso, no debe estrañarse que en la lucha de la metrópoli i de la colonia, sus simpatías estuvieran por el soberano que de cuando en cuando les hacía regalar casacas vistosas i gorras galoneadas.

(1) Torrente, Historia de la Revolucion Hispano-Americana, discurso preliminar, parte segunda.

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Pero si los araucanos no combatieron personalmente en favor de la independencia de Chile, su historia, su ejemplo prestó a los patriotas el mas eficaz de los ausilios.

Aquella tribu de bárbaros, tan poca numerosa, tan escasa de recursos, lo habia osado todo, ántes que soportar el yugo estranjero.

Era aquel un modelo sublime puesto a la vista de los chilenos que se hallaban hasta cierto punto en circunstancias análogas. Ellos tambien defendian sus tierras, sus familias, sus personas, su patria, contra la dominacion que les imponian los peninsulares.

I para que aquel ejemplo conmovedor produjese mayor efecto en las imajinaciones de los insurrectos, era presentado a su admiracion en magní. ficos versos, estaba consignado en un monumento épico.

Los araucanos no eran los únicos indíjenas de la América que habian rechazado a los europeos, i por largo tiempo, i con una constancia tambien inquebrantable; pero eran los únicos que habian encontrado un Ercilla para cantar sus proezas.

Sin embargo, el servicio habia sido recíproco. Si el insigne poeta los ha puesto en la categoría de los héroes de la Iliada i de la Eneida, ellos le proporcionaron un argumento que le ha inmortalizado.

El asunto de la Araucana no es una ficcion.
Eso es lo que le hace mas atractivo.

Eso era lo que le hacía mas arrastrador para los patriotas de la independencia.

Don Alonso de Ercilla se propuso, no inventar como poeta, sino narrar como historiador.

Queria referir lo que habia visto. · Prefirió para su obra a la humilde prosa, el sonoro verso, la pomposa octava, porque lo que se estaba ejecutando a su vista le llenaba de entusiasmo.

No una vez, sino muchas, a cada pájina, manifiesta que lo que refiere es la verdad, nada mas que la verdad.

I no es él solo quien lo asevera; sus contemporáneos lo confirman tambien. Góngora Marmolejo, Mariño de Lovera, Suárez de Figueroa, Pedro de Oña, dirijen a Ercilla las observaciones que pueden hacerse a un historiador, no a un poeta. Le acusan de inexactitud, de omisiones, de exajeraciones; jamas de ficcion.

Uno de los autores citados, testigo ocular de los sucesos, declara aun que comunmente todo lo que Ercilla escribe es la verdad (1).

Ningun crítico que yo recuerde, lo ha puesto jamas en duda.

Se ha censurado a Ercilla el haber presentado a los araucanos como si fueran españoles; pero nunca se ha insinuado que haya inventado los hechos que narra. .

Por esto, los cronistas nacionales, que le citan amenudo, apelan a su testimonio, como al de un historiador, de un testigo presencial.

La Araucana fué talvez el libro mas leído en Chile, i todos le tenian como la relacion en verso de sucesos que efectivamente habian ocurrido.

(1) Góngora Marmolejo, Historia de Chile, dedicatoria i capítulo 28. - Mariño de Lovera, Crónica del reino de Chile, libro 1°, capítulo 41, i libro 2, capítulo 11.--Suárez de Figueroa, Hechos de don García Hur. tado de Mendoza, libro 3.-Oña, Arauco Domado, exordio.

La conducta que continuaron observando los araucanos, durante toda la época colonial, confirmó la exactitud de lo que el poeta habia referido acerca de sus antepasados.

En aquel libro se aunaban, pues, los atractivos de la poesía con los de la realidad.

Así no es estraño que estuviera destinado a ejercer una poderosa influencia, cuando la aparicion de ciertas causas hubiera impreso a los ánimos una direccion dada.

Ercilla era un joven noble i ardoroso, soldado i poeta, que manejaba la espada tan bien como la lira, ansioso de gloria militar i literaria para sí i para su nacion, el cual se propuso cantar la grandeza de su rei i de su patria.

Algunos de los defectos de su obra son el resul. tado de esta jenerosa aspiracion.

El poeta no ha podido resistir a la necesidad de ensalzar todas las hazañas que los españoles estaban ejecutando a un mismo tiempo en diversas partes del mundo en honra de Dios i del rei.

¿Qué le importaba infrinjir las reglas de la unidad, con tal de lanzar con la trompa épica a los cuatro vientos los loores de España?

Por eso, no satisficiéndose con referir en armonioso lenguaje las proezas de los conquistadores de Chile, celebra igualmente las batallas de San Quintin i de Lepanto, i la ocupacion de Portugal.

Cuando no puede narrar tan estensamente los sucesos que excitaban las simpatías i entusiasmo de España, alude por lo menos a ellos.

Si no le es posible destinarles todo un canto, les dedica siquiera una estrofa, un verso.

De este modo, recuerda a sus lectores el retiro de Cárlos V a Yuste, las ajitaciones de la Liga en Francia, el rechazo del protestantismo, el asalto

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