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El año de 1581, gobernaba interinamente a Chile don Martin Ruiz de Gamboa.

Desde Arauco, donde se encontraba, envió a Santiago al capitan Pedro Olmos de Aguilera en comision para echar una derrama, como entonces se llamaba, de veinte mil pesos entre todos los mercaderes, que debian pagarla en ropa destinada al ejército de la frontera.

Aquella órden produjo un verdadero alboroto en la ciudad.

I ciertamente que no era para menos: ¡veinte mil pesos de contribucion estraordinaria!

No se apreciaria bien el fundado disgusto del vecindario si no se tuviera presente que la demanda de tan cuantiosa suma no era el primer caso de su especie que ocurria, sino por el contrario, el último de una larga serie de otros iguales.

Hasta las mismas autoridades dieron la razon a los mercaderes.

El cabildo envió procuradores al virrei del Perú don Francisco de Toledo "para que remediase la vejacion de los ordinarios tributos de esta tierra."

Lo mas notable del asunto fué que prestó su aprobacion a ello el representante mismo de Ruiz de Gamboa en Santiago, su teniente-gobernador, el doctor Azócar.

Apénas tuvo noticia de lo que acontecia, don Martin Ruiz de Gamboa se dirijió apresuradamente a la capital del reino, a la cabeza de un cuerpo de cuarenta hombres.

Inmediatamente que supieron los de Santiago la llegada del gobernador, salieron a recibirle a un cuarto de legua, con toda solemnidad, probablemente con la esperanza de hacerse perdonar la resistencia a la contribucion.

ente a la carenta hombrevieron lo

El doctor Azócar iba como de uso i de derecho presidiendo a las autoridades i al vecindario.

Habiendo pedido la mano al gobernador, éste le dijo:-sed preso en nombre de Su Majestad.

--Su Majestad no ha podido mandarlo, replicó al punto el doctor Azócar, sacando una real cédula que llevaba a prevencion, por la cual el monarca le nombraba justicia mayor del reino.

Esto que oyeron i vieron varios de los soldados que venian con Ruiz de Gamboa, cargaron contra el doctor, dieron con él de la mula abajo, i le condujeron medio arrastrando a Santiago, de donde a los tres dias fué traslado a Valparaíso, i de allí a Lima.

Tan severo castigo hizo callar a todos los demas.

Don Martin Ruiz de Gamboa arrancó a los mercaderes i.a otras personas de la ciudad los veinte mil pesos para la ropa del ejército.

Ademas ordenó que los indios promaucáes suministrasen luego al punto tres mil quintales de bizcocho, cuatro mil de tocino, gran número de cargas de cecina, muchos carneros i cosas de re- . fresco, que debieron trasportar a hombros hasta Arauco.

El gobernador prometió, segun la fórmula acostumbrada, que todo sería pagado de la real caja cuando tuviera cómo; i se volvió a Arauco a proseguir la guerra.

Cerca de dos años despues, vino a reemplazar a Ruiz de Gamboa el gobernador propietario don Alonso de Sotomayor.

Los vecinos agraviados quisieron aprovecharse de la residencia de Ruiz de Gamboa para acumular contra él tantas i tan tremendas acusaciones, que segun un cronista, “habria parecido piadoso

castigo, cortarle diez cabezas, si diez tuviera."

Sin embargo, Sotomayor descubrió pronto que, entre otros, el motivo de tanta zaña era “porque Ruiz de Gamboa echaba derramas para sacar ropa i mantenimientos para los soldados, ordenando que los vecinos los sustentasen, o acudiesen por sus personas a la guerra, lo cual esperimento don Alonso ser mui escusable so pena de dejar a los enemigos a su albedrío, pues no pueden los soldados pasarse sin comer, ni tienen otra parte de dónde les venga. I así habiéndolo considerado todo, juzgó, al mariscal Ruiz de Gamboa, por hombre cabalísimo en su oficio, como lo era" (1).

Esto quiere decir en otros términos que el nuevo gobernador continuó procurandose recursos para la costosa guerra en la misma forma, que don Martin Ruiz de Gamboa i que sus antecesores.

Existe una informacion o espediente del cual consta que en 1597, gobernando el reino, el sucesor de Sotomayor, don Martin García Oñez de Loyola, volvió a haber en Santiago disturbios promovidos por igual motivo.

Por entonces llegó un cuerpo de ciento cuarenta soldados que enviaba el virrei del Perú don Luis de Velasco.

El gobernador, que se hallaba en la frontera, hizo por medio del capitan Nicolas de Quiroga, uno de los que intervinieron en la aprension del doctor Azócar, apercibimiento jeneral a los vecinos encomenderos de Santiago, de cualquiera edad que fuesen, como pudiesen andar a caballo, para que a toda prisa se dirijiesen con armas i caballos a donde él se encontrase; i a los que fuesen de tan

(1) Mariño de Lovera, Crónica del reino de Chile, libro 3, capítulos 27 i 28.

ta edad que no pudiesen andar a caballo, o estuviesen ausentes del reino, para que socorriesen a la tropa recien venida con los caballos, sillas i pertrechos necesarios, en proporcion a los indios que cada uno tuviera, i a los gastos que habria hecho si hubiera ido personalmente a la guerra.

Juntamente ordenó que se reunieran cuantos caballos se pudieran; i que se exijiera a los promaucáes la acostumbrada provision de cecina, manteca, tocino, queso i aparejos de recua.

Todo esto debia ser pagado por la real hacienda,...... pero cuando tuviera con qué.

Los encomenderos, en contestacion, hicieron que un escribano fuera a notificar a Oñez de Loyola al paraje de Arauco donde estuviese una provision que habian obtenido de la audiencia de Lima, por la cual se les eximia a ellos i a sus criados de acudir a la guerra contra los indios.

Oñez de Loyola respondió que aquella decision habia sido revocada por otra posterior.

Sin embargo, “los vecinos encomenderos, segun varios testigos oculares, no acudieron ni ayudaron, publicando que no querian venir a la guerra, ni tenian obligacion a ello, i que harto habian ayudado en cinco años; i esto era lenguaje jeneral entre todos, haciendo juntas i corrillos en la plaza i calles de la ciudad de Santiago, donde públicamente lo decian i trataban”. • Los descontentos, al mismo tiempo que se lamentaban “de lo mucho que ellos i sus padres habian gastado para sustentar la tierra”, hacian correr la especie de que Oñez de Loyola estaba desavenido con el virrei, i que ya se le habia nombrado sucesor.

El resultado de toda aquella ajitacion fué que solo salieron para Arauco dos encomenderos, i cin

co o seis moradores; i que los caballos que proporcionaron fueron pocos i malos.

"Los pocos caballos que dieron los vecinos de Santiago, dice uno de los testigos, fueron mui tarde i tan ruines, que no fueron de servicio para la guerra, porque de los primeros que se escojieron fueron los que se dieron a los soldados de la compañía de mi tercio, i ansí fueron los mejores, i con serlo fueron tales, que a las nueve leguas de la dicha ciudad no pudieron pasar adelante, i para lo hacer, compraron rocines con sus vestidos i ropas que traian, desnudándose para ello; i los que no lo tenian les buscó este testigo yeguas de indios en que poder pasar adelante; i segun éstos, que serian los mejores, se deja entender cuál serian los demas”.

No se manifestó con aquello solo el disgusto de los santiaguinos.

El jefe de los ciento cuarenta soldados venidos del Perú publicó un bando en que por una parte mandaba que ninguno de los suyos llevase a la fuerza consigo ningun indio ni india; pero en que por la otra prohibia que los vecinos saliesen al camino a quitarles los que voluntariamente quisieran ir con ellos en su servicio.

Esta determinacion aumentó la irritacion de los ánimos.

El cabildo hizo requirimientos i protestas.

Los vecinos pusieron el grito en los cielos contra un bando que con hipócritas apariencias amenazaba privarlos del gran número de araucanos prisioneros que estaban incorporados en sus encomiendas, los cuales naturalmente habian de querer aprovechar la ocasion para acercarse a sus hogares.

I efectivamente, se apoderaron a mano armada

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