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Fernando VI, que de Dios goce, prohibió las comedias en los arzobispados de Burgos i de Valencia, en las diócesis de Lérida, Palencia, Calahorra i en la capital de Zaragoza a representación de sus prelados, como espero lo mande ejecutar Usía en ésta.

«Nuestro Señor guarde a Usía muchos años.

«Santiago i marzo 20 de 1778.

«Mui Ilustre Señor besa las manos de Usía su mas afectuoso servidor i capellán.

«MANUEL, obispo de Santiago.

«Al mui ilustre señor Presidente don Agustín de Jáuregui».

III.

El redactor de El Argos de Chile pide que la capital tenga un teatro decente.—La sociedad del buen gusto del teatro en Buenos Aires.—Don Domingo Arteaga toma a su cargo el establecimiento de un teatro en Santiago.—Anécdotas relativas al teatro contadas por don Vicente Pérez Rosales.—Don Carlos Fernández arregla el teatro denominado Nacional.—Arteaga levanta un nuevo teatro en la plazuela de la Compañía.—Alocución compuesta por don José Joaquín de Mora, pronunciada en el teatro el 26 de febrero de 1828.—Otra alocución de Mora declamada el 4 de octubre del mismo año.—Decoraciones escénicas.—Precio módico de las entradas.—Anécdota relativa a don Diego José Benavente i don Manuel José Gandarillas.

Hacía mui pocos meses que el ejército patriota había triunfado en Maipo, cuando el redactor de El Argos de Chile pedía en el número 14 del tomo 1.o, fecha 3 de setiembre de 1818, que «la ciudad de Santiago, madre de un estado libre, presentase a los estranjeros, a mas de las corridas de toros, carreras de caballos i peleas de gallos, un teatro decente», en el cual pudieran exhibirse piezas como Roma Libre, La Muerte de César, etc.

Aquel escritor conocía que era mui difícil organizar en Chile una compañía de cómicos «por la indiferencia con que se había mirado entre nosotros el talento de la declamación seria i jocosa, la música, el canto i la danza teatral»; pero proponía que se encargara una a Europa, i que mientras tanto, se formara una Sociedad del buen gusto del teatro, la cual debería dedicarse a arbitrar los medios de componer una compañía provisional para que funcionara en algún edificio que el gobierno podía facilitar. Don Ramón Briseño, en la Estadística Bibliográfica de la literatura chilena, señala como redactores de El Argos al conocido escritor don Juan García del Río i a un señor Rivas, caraqueño. Tengo razones de peso para no aceptar esta aserción. El Argos de Chile duró desde el 28 de mayo de 1818 hasta el 19 de noviembre del mismo año. Pues bien, don Juan García del Río redactó El Sol desde el 3 de junio de 1818 hasta el 5 de febrero de 1819. No puede caber la menor duda sobre esto últi mo, porque García del Río firma con sus iniciales G. R. el prospecto de El Sol. Costaría ya mucho trabajo admitir que en aquella época una misma persona redactase simultáneamente dos periódicos diversos que se proponían igual objeto. El hecho no es imposible, pero es difícil. Hai mas todavía. Al despedirse el editor de El Argos, declara que «los autores de El Duende i de El Sol merecían el aprecio público por su erudición, elocuencia i puntualidad». Me parece fuera de duda que don Juan García del Río no se habría elojiado a sí mismo. Por último, el presbítero don Isidro Pineda, escritor contemporáneo, aseguraba el 15 de julio de 1818, en el prospecto del periódico titulado El Chileno, que El Argos de Chile, El Duende i El Sol eran dirijidos por tres personas diferentes, i las tres

estranjeras.

Las consideraciones precedentes me obligan a pensar que no debe atribuírse a don Juan García del Río el mérito de haber sido el primero que promovió el establecimiento de un teatro en este país después de la independencia.

Pero, fuera quien fuera el redactor de El Argos, era evidente que procedía en este asunto de acuerdo con el gobierno del director supremo don Bernardo O'Higgins, quien manifestaba particular empeño en que se organizaran representaciones dramáticas. Precisamente desde 1817, se estaba prestando marcada atención al fomento del teatro en la ciudad de Buenos Aires, a la cual tomaban entonces en todo por modelo las personas ilustradas de Chile. La idea de formar una Sociedad del buen gusto del teatro, i hasta el nombre de la asociación, eran una imitación de lo que se había practicado en la capital del Plata. En junio de 1817, el gobernador intendente de Buenos Aires había constituído una sociedad con la denominación mencionada para encomendarle la dirección del teatro, el cual antes había estado corriendo a cargo del gobierno. Fueron miembros de dicha sociedad, entre varios otros, los poetas don Vicente López, el autor de la canción nacional arjentina, i don Estevan Luca, el cantor de la victoria de Chacabuco i de la toma de la Esmeralda; don Ignacio Núñez, res dactor de El Argos de Buenos Aires, i autor de las Noticias Históricas de la República Arjentina; don Jaime Zudáñez, hábil abogado que tuvo parte importante en la revolución de Chile; i por fin, nuestro Camilo Henríquez, que a la sazón escribía en aquella ciudad El Censor. Este último acojió el pensamiento con tanto ardor, que compuso dos dramas sentimentales: La Camila, que se imprimió; i La Inocencia en el Asilo de las Virtudes, que no mereció siquiera semejante honor. La Sociedad del buen gusto del teatro no dió a estos dramas la importancia desmedida que les atribuía su ilustre autor. I preciso es confesar que obró en justicia, porque son sumamente mediocres. Pero el amor de padre cegó tanto a Camilo Henríquez, que no pudo perdonar a sus colegas la indiferencia que les habían manifestado. Todas estas discusiones i movimientos de Buenos Aires tenían eco en Santiago. Aquella trajedia titulada Roma Libre (que era la compuesta por Alfieri, i no la debida a la pluma de Voltaire), cuya exhibición recomendaba el redactor de El Argos de Chile, había sido representada en Buenos Aires para celebrar el paso de los Andes i la victoria de Chacabuco, aplicándose su producto al socorro de las familias de los soldados muertos en tan gloriosa campaña. Sin embargo, no se pudo organizar en Santiago una sociedad semejante a la del buen gusto del teatro, fundada en Buenos Aires. Entonces, el director don Bernardo O'Higgins, que deseaba mucho el establecimiento de representaciones dramáticas, pidió a uno de sus propios edecanes el teniente coronel don Domingo Arteaga que tomara a su cargo la realización de aquella idea. Aunque Arteaga era hombre activo i aficionado a este jénero de espectáculos, opuso desde luego resistencias, i solo consintió en aceptar, según lo

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