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de la ciudad de Santiago en las provincias de Chile. Por despacho de 30 del pasado, reconocereis los justos i poderosos motivos que he tenido para declarar por enemigos del estado al rei de Portugal, al archiduque Cárlos i a sus aliados; i ahora estando con mi ejército en la provincia de Da Beira, una de las de aquel reino, he tenido noticia de haberse apresado por una pequeña embarcacion francesa otra inglesa, en la cual enviaba el gobernador de Jamaica tres cartas para el presidente de Santo Domingo, i gobernadores de Cartajena i la Habana (que orijinales quedan en mis reales manos), avisándoles de órden de la reina de Inglaterra la breve venida del archiduque a Portugal para invadir estos dominios mediante la alianza hecha a este fin entre el emperador, la referida reina i los estados jenerales, fundándose en las fuerzas que espone se prevenian al logro de este intento, i queriendo persuadir a estos gobernadores (como lo habian practicado con otros) a que faltasen a su obligacion i fidelidad; i si bien estoi con tan justa confianza de todos mis vasallos, i que los considero con aquella constancia i fidelidad que han esperimentado mis gloriosos antecesores, i envidiado las demas naciones, i hoi veo en las operaciones de esta campaña con el mayor gusto, acompañándoles a ser testigo de sus obras i de la nueva gloria que adquieren, i creyendo que su propio honor los ha de inflamar a que con el mayor esfuerzo soliciten tomar satisfaccion, siempre que tuvieren ocasion, de la ofensa que se les quiere hacer de presumir pueden ser capaces de asentir a sus excecrables designios, he resuelto enviar a ese reino este aviso, participándoles estas noticias, las que he mandado pasar a todos mis gobernadores de las plazas i puertos de él para que se hallen prevenidos de tan maliciosas asechanzas, i que en conocimiento de ellas, obren todos con el indubitable amor i celo que hasta aquí, en cuanto mira a mi servicio; i para que asimismo os halleis informado con mas distincion del estado en que queda la guerra, se os remite la nota adjunta firmada de mi infrascrito secretario, de los felices sucesos con que la Divina Providencia favorece mis armas i la justicia de nuestra causa en todos los reinos i provincias de esta monarquía; i asimismo os encargo i mando que hallándoos en esta intelijencia, esforceis por vuestra parte todo lo que tocare al cumplimiento i mejor disposicion de lo que se previene, estando vosotros con el cuidado i atencion que pide el resguardo de ese distrito que está a vuestra cuenta para que se halle con toda la defensa posible, i precaver cualquier tentativa o invasion que los enemigos procuren hacer con este o otro motivo, solicitando su castigo, i escarmentándolos con él de modo que se eviten sus atrevimientos i osadías, quedando yo con entera confianza de la vijilancia que pondreis en materia tan grave i de tales consecuencias, continuando vuestro celo, i correspondiendo a vuestras obligaciones; i de todo lo que ocurriere i se ejecutare, me dareis cuenta repetidamente en todas ocasiones. Del campo de Portalegre a 7 de junio de 1704.— Yo el üei.—Por mandado del Rei Nuestro Señor, Don Domingo López de Calo Mondragon."

III.

Ya el cronista Carvallo i Goyeneche nos ha dado a conocer cuáles fueron las medidas militares que adoptó el presidente don Francisco Ibáñez de Peralta para asegurarse contra los peligros interiores i esteriores acerca de los cuales el monarca le llamaba la atencion; pero al propio tiempo, el presidente observaba una conducta tan desacertada i tan sumamente escandalosa, que si se hubiera llevado a cabo alguno de los proyectos advertidos por el soberano en las comunicaciones que quedan mencionadas, es mui probable que Chile no hubiera resistido.

Es preciso que se conozcan con algunos pormenores los irregulares procedimientos de Ibáñez i sus consecuencias.

Estas noticias pueden instruir mucho sobre lo que era la administracion colonial.

El presidente don Francisco Ibáñez de Peralta era una mezcla curiosa de militar, agricultor i comerciante.

Cuando fué elevado a la presidencia de Chile, se encontraba en la mayor miseria, i vino resuelto a salir de tan lamentable situacion.

Habia obtenido el grado de sarjento jeneral de batalla en las guerras de Europa; pero traia el propósito de trocar la espada en barreta o en vara de medir con tal de enriquecerse. .

Miraba a Chile como un fundo que cultivar, o como un mercado que esplotar. El gobierno de la colonia era para él un negocio i nada mas.

Trajo en su séquito á su sobrino don Mateo Ibáñez de Peralta, caballero de la órden de Calatrava i marques de Corpa, conocido en el mundo literario por una traduccion al castellano de Quinto Curcio, que acababa de publicar, i de que existe un ejemplar en la Biblioteca Nacional. El marques venía acompañado de su mujer e hijos.

Don Francisco Ibáñez de Peralta i su familia habian salido pobres de España; pero llegaron a Chile mucho mas pobres de lo que habian salido.

Un mendigo posee siquiera sus harapos sin deber nada a nadie; pero la condicion de aquel encumbrado personaje era todavía mas triste.

Su viaje de España a Chile duró cerca de dos años.

Por este incidente, puede juzgarse de la ventaja que habia para la colonia en vivir sujeta a la metrópoli.

Ibáñez se detuvo en Cartajena del nuevo mundo nueve meses por falta de embarcacion, otros tantos en Panamá, i seis meses en Lima por la misma causa.

La necesidad de pagar el flete i la manutención le obligó a contraer deudas.

En Cartajena tomó dinero en mutuo al ciento diez por ciento; en Panamá i en Lima al cincuenta por ciento.

Cuando llegó a Chile, traia un pasivo de ciento veinte i cinco mil pesos, confesado por él mismo.

Es preciso convenir en que tal situacion no era brillante para quien solo gozaba un sueldo de ocho mil cuarenta pesos anuales. • Los acreedores empezaron a reclamar sus réditos con instancia; i enviaron poderes, o vinieron en persona, para la cobranza i ejecucion.

¿Qué hacer para evitar una quiebra vergonzosa?

El apurado presidente pidió prestadas a los vecinos mas pudientes de Santiago fuertes cantidades, que empleó, parte en la satisfaccion de las deudas mas urj entes, i parte en la plantacion i fomento de una multitud de negociaciones emprendidas a diestro i siniestro sin reparar en medios.

Semejante conducta no pudo ménos de desconceptuarle en el ánimo de los colonos, que veian en él un especulador de baja lei, mas bien que un gobernante digno de respeto.

La imperiosa necesidad de proporcionarse fondos obligaba a Ibáñez a recurrir a espedientes de toda especie con mengua de su carácter i dignidad.

Se llegó hasta el estremo de susurrarse que vendia la justicia, que dabalos empleos por dinero, que especulaba con la hacienda pública. Se pretendia que habia conferido el correjimiento del Maule por dos mil o tres mil pesos, i el de Aconcagua por mil.

Así el caballero de San Juan se habia convertido en algo parecido a un caballero de industria.

Principió por no rendir fianza para el ejercicio de su cargo. Sostuvo despues que nadie se la habia exijido, i que él creia no estar obligado a prestarla.

Don Francisco Ibáñez habia venido a residir en Santiago en una casa perteneciente a la viuda del contador don Martin de Upas, casa que habia tomado en arriendo, i donde construyó una cochera i una caballeriza; pero apénas habia celebrado el contrato, pretendió que estaba dispensado de pagar la renta estipulada, porque esta suma se compensaba con la mayor a que ascendia el valor de aquellas mejoras.

El jeneral don Pedro de Prado le proporcionó gratuitamente una finca situada en las inmediaciones de Santiago a fin de que tuviera en ella las aves i corderos para su mesa, las hortalizas i legumbres para la misma, la yerba para los caballos de su servicio i las muías de su coche; pero el menesteroso caballero dedicó el fundo, no solo a los objetos indicados, sino tambien a la siembra de trigo i a la crianza de ganado menor.

A ejemplo de su antecesor don Francisco de Menéses, estableció en Santiago una carnicería, contra el dietámen de la audiencia, solo para te

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