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casas de aposento de los del dicho mi consejo, para cuyo efecto mando a los oficiales de mi hacienda de la ciudad de Santiago hagan averiguacion mui ajustada i puntual de lo que importare la renta de un año de ella, i la cobren de vos, segun i en la forma que está dispuesto por la dicha cédula, que así es mi voluntad; todo lo cual mando se guarde i cumpla por cuanto ha constado que habeis satisfecho la media anata que debíades de la dicha encomienda; i mando que a vuestro sucesor en la segunda vida no se le dé la posesion de ella sin que primero conste haya pagado lo que debiere a este derecho conforme a lo dispuesto por el arancel de él; i de la presente tomarán la razon mis contadores que residen en el dicho mi consejo, i los dichos oficiales de mi real hacienda de la ciudad de Santiago dentro de tres años de la data de ella. Fecha en Madrid a 30 de diciembre de 1705.—Yo el Rei.—Por mandado del Rei Nuestro Señor, Don Domingo López ie Calo Mondragon."

Si era efectivo que el marques de Corpa solo era dueño aparente de Chocalan, lo era en realidad de la hacienda de San Antonio, partido de Colchagua, que compró en siete mil quinientos pesos.

IV.

Un individuo tan especulador como el presidente Ibáñez, que procuraba sacar dinero de todo, no podia'ménos de hacer granjería de la provision i paga del ejército, como lo habian acostumbrado varios de sus antecesores.

Fué efectivamente lo que ejecutó, a pesar de que a su llegada al país, hacía siete años que no se satisfacia corrientemente el sueldo a los soldados empleados en contener a los indios de Arauco, i que padecian hambre i desnudez ellos, sus mujeres i sus hijos.

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Los enemigos de Ibáñez pretendian que el producto de esta ilícita ganancia era una de las principales fuentes de sus cuantiosas entradas.

En 1702, habiendo llegado el situado del Perú, el presidente se trasladó de Santiago a Concepcion para distribuirlo entre la tropa; pero segun parece, tampoco se hicieron entónces ajustes completos, como no se habian hecho ántes.

Los militares, que se hallaban mal alimentados i peor vestidos, solo recibieron insignificantes cantidades a cuenta de lo que se les adeudaba, que a la fecha ascendia a noventa i cinco pesos cinco reales a cada soldado.

El veedor jeneral don Juan Fermin Montero de Espinosa comenzó a insinuar que don Francisco Ibáñez de Peralta era el principal culpable de aquella irregularidad.

Habiéndose celebrado una junta para la distribucion del situado, el veedor jeneral impugnó algunas partidas de la cuenta del presidente, espresándose con palabras exaltadas i descompuestas, nacidas talvez de su entereza i probidad.

El presidente, en castigo, le ordenó que quedara arrestado en su casa, sin salir hasta nueva resolucion.

La detencion del veedor no fué larga, pues Ibáñez la suspendió por los ruegos de la mujer de Espinosa; pero aumentó el descontento, i'dió márjen para que se considerara a dicho funcionario como el defensor del ejército, i el mártir de la buena causa.

El 23 de diciembre de 1702, a las nueve de la mañana, entró en la plaza de Yumbel el teniente Juan Contréras a caballo i con la espada desnuda, diciendo:—/ Viva el rei, i muera el mal gobierno!

Como era natural, la jente se agrupó en torno suyo.

El jinete espuso entónces que el veedor jeneral estaba preso con dos pares de grillos; que se le iba a cortar la cabeza por el único delito de haber tomado la defensa de la tropa; que el deber de los circunstantes era correr a salvarle; i que toda la poblacion de Concepcion se hallaba dispuesta a apoyar el movimiento, inclusos los clérigos que estaban ausiliando al reo.

El teniente Juan Contréras no peroró en desierto. Todos los soldados del tercio de Yumbel escucharon con entusiasmo sus palabras, i resolvieron acompañarle en la empresa.

Miéntras que algunos iban en busca de los caballos, el teniente Contréras sacó la bandera del escuadron.

En seguida, rompió las puertas del almacen, i estrajo las armas, las mechas, la pólvora i las balas que en él habia, i procedió a repartir todo aquello entre sus compañeros.

A la una del dia, los amotinados montaron a caballo, i galoparon hacia Concepcion.

Iban resueltos a exijir sus sueldos devengados, a poner en libertad al veedor jeneral, i talvez a matar a don Francisco Ibáñez i a varios de sus secuaces.

Por lo ménos, Juan Contréras indicó esto último en varias exhortaciones que les hizo durante la marcha.

En el camino, Contréras recibió un recado de su hermano Leandro, el cual se hallaba en Concepcion, i le enviaba a decir:—"que mirase bien lo que intentaba, porque en la ciudad le tenian la mortaja hecha."

Juan Contréras contestó:—"que esa mortaja no habia de servir para él, sino para el gobernador i sus tres consejeros el oidor don Alonso Bernardo de Quiros, el teniente don Mateo de Solar i el capitan don Baltazar Jerez."

La columna llegó a las dos de la mañana a una altura que dominaba a Concepcion.

Evidentemente, los sublevados tenian intelijencias en la ciudad; pero las personas comprometidas quedaron en la inaccion, porque sus pasos eran vijilados.

Don Francisco Ibáñez habia tenido denuncio de la intentona; oportunamente habia armado a los milicianos i vecinos de Concepcion; i estaba apercibido para hacer una porfiada resistencia.

Dos cañonazos disparados en la plaza manifestaron a los insurrectos que estaban descubiertos, i llevaron el desaliento a sus corazones.

Frustrada la esperanza de una sorpresa, no se atrevieron a atacar i entraron en transaccion.

El presidente envió comisarios a su campamento para asegurarles que el veedor jeneral estaba en libertad, i para demostrarles con las cuentas del situado que no habia fondos suficientes para pagarles todos los sueldos reclamados.

Habiendo sabido que con esto habian quedado perplejos i vacilantes, les prometió que procuraria mejorar su condicion, les afeó su conducta i les mandó que volvieran a Yumbel a ponerse bajo las órdenes de su comandante el sarjento mayor don Pedro de Molina.

Los amotinados obedecieron, pero se retiraron disgustados, de mala voluntad, murmurando. Antes de llegar a Yumbel, ya iban hablando de volver otra vez sobre Concepcion.

Acababa apénas de disiparse esta tormenta, cuando el tercio de Arauco se levantaba impelido por la misma causa: el mal pago.

Los soldados de aquella guarnicion se sublevaron entre diez i once de la noche, al grito de / Viva el reí, muera el mal gobierno! i juraron ante una imájen de la Vírjen que matarian al que no entrase en la conjuracion, o se apartase de ella.

Acto continuo, empuñaron sus arcabuces i mosquetes, que miraban como los abogados mas poderosos para el pago de sus sueldos, i se pusieron en marcha sobre Concepcion.

En el paraje denominado el Estero Hondo, ocurrió una escena bastante curiosa.

El maestre de campo don Pedro de la Barra salió al encuentro de los sublevados.

Llegado a su vista, se apeó del caballo, e hincado de rodillas, les pidió con encarecimiento que desistiesen de su propósito por ser contrario a la fidelidad debida al monarca, al bien del reino i a la honra del escuadron, que hasta la fecha habia sido el mas obediente del país; pero los soldados se irritaron con estas representaciones, i le amenazaron con la muerte.

El suplicante no tuvo otro recurso para salvarse, que echar a correr en medio de los denuestos e improperios.

Siguióle en su fuga el sarjento mayor don Pedro de Otálora, a quien los amotinados habian obligado a que les sirviera de jefe.

Ambos se internaron en un bosque inmediato.

Los insurrectos habian recibido cartas en que sustancialmente se les decia que marchasen adelante sin intimidarse, i que serian sostenidos por los ex-sublevados de Yumbel i por los vecinos de Concepcion; pero ninguna de estas dos cosas sucedió.

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