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La nueva tentativa tuvo exactamente el mismo resultado que la anterior. Don Francisco Ibáñez sojuzgó el segundo escuadron, como habia sojuzgado el primero; i despues de haberle reprendido por su insubordinacion, le envió a su cuartel.

Algunos dias despues, varios oficiales i soldados del tercio del Yumbel se presentaron al sarjento mayor don Pedro de Molina solicitando que espulsara del cuerpo al teniente Juan Contréras, porque los habia engañado en la asonada anterior, i trabajaba en nuevas sediciones. Si no se accedia a esta peticion, segun esponian, la vida de aquel hombre turbulento peligraba.

El 5 de enero de 1703, don Pedro de Molina llamó a su casa a Juan Contréras para hacerle saber la pretension de sus camaradas.

El teniente respondió que los reclamantes no tenian razon para imponerle tan oprobioso castigo, i que él habia procedido en aquel asunto impulsado por varios magnates de Concepcion, a saber, el teniente jeneral don Alonso de Sotomayor, su hermano don Alvaro, el teniente jeneral don Antonio Francisco de Poveda i don José Marin de Poveda.

Sin embargo, habiéndose convencido de que su permanencia en el tercio era imposible, Juan Contréras, al dia siguiente, se colocó en la puerta de la iglesia, pidió a todos los concurrentes que por amor de Dios le perdonasen sus faltas, montó en seguida a caballo i se retiró de la plaza.

No obstante, la calma duró mui poco tiempo. El espíritu de insubordinacion se habia introducido en la tropa, i era difícil estirparlo.

Los soldados de Yumbel se quejaban de su comandante don Pedro de Molina, que, segun ellos decian, los trataba con mucha severidad, con dureza, llamándolos indios borrachos, i hablando de hacerlos cuartos i de colocar sus miembros en el camino de Yumbel a Concepcion. Contaban que cuando Molina veia algun roble elevado i corpulento, esclamaba:—"¡Famoso árbol para ahorcar al revoltoso tal o cual!"

Miéntras tanto, se esparció el rumor de que el presidente pensaba partir próximamente para Santiago.

Los soldados de Yumbel resolvieron entónces detenerle hasta que les pagasen los sueldos atrasados.

Para llevar a cabo este proyecto, comenzaron por destituir i espulsar al comandante don Pedro de Molina, que se refujió en el fuerte de San Cristóbal.

El 28 de febrero de 1703, convocaron a son de caja a todos los oficiales i soldados, i nombraron de jefe al capitan don José Marin de la Rosa por hablar mejor que los demas, i saber escribir.

El favorecido rehusó seis veces el peligroso puesto que se le ofrecia, pero las seis veces tornó a ser proclamado unánimemente, hasta que al fin se vió forzado a aceptar. El corazon le anunciaba una desgracia.

Los amotinados juraron delante de un crucifijo en presencia del cura i vicario don Francisco Flóres i Valdes sacrificar la vida por salvar a Marin de todo riesgo o perjuicio, si alguno le sobrevenia por causa de ellos.

Aquel compromiso solemne fué redactado por escrito, firmando al pió los que sabian escribir, i poniendo una cruz los que no sabian.

Entre los ajitadores de la tropa i los promotores del levantamiento, tuvo un papel principal el ex-teniente Juan Contréras.

El jefe de los sublevados nombró de ayudante a Leandro Contréras, hermano de Juan.

La insurreccion principió mal. Don José Marin de la Rosa despachó un correo a los soldados de Puren para que acudieran en su ausilio. Efectivamente, éstos se movieron; pero al fin les faltó el brío, i se volvieron a su cuartel. Los de Arauco no dieron signo de vida.

Habiendo don José Marin de la Rosa pedido consejo a don Antonio de TJrrutia, éste le contestó una carta, que no llegó a sus manos, en la cual le disuadia del proyecto, diciéndole, entre otras cosas: "El rei no perdona a inobedientes, aunque sean un millon, como se ha visto por infinitos ejemplares en que han perecido por traidores mas de treinta mil hombres i otros mayores destrozos."

El respeto a la autoridad del rei i de sus lejítimos representantes era en la América una de esas construcciones ciclopeas que indudablemente han sido fabricadas por la mano del hombre; pero que unos pocos individuos no son capaces de destruir por sí solos. La menor de sus piedras no puede ser removida sino por fuerzas poderosas.

Los insurrectos no se acobardaron por el aislamiento en que se veian.

Desgraciadamente para ellos, habian cometido la torpeza de poner al presidente sobre aviso de lo que ocurria, remitiéndole con fecha 21 de febrero la carta que sigue:

"Señor. Siendo Vuestra Señoría el que con su patrocinio ampara el reino, i habiéndole enviado Su Majestad (que Dios guarde) para que mire por sus milites, Vuestra Señoría no atiende a ellos, llevado solo de su codicia, adulterando los sueldos, i no mirando los graves daños que pueden sobrevenir al reino, pues le miramos ya del todo perdido; i siendo Vuestra Señoría la principal causa para tan grandes errores como se han cometido, i se aguardan cometer, por los agravios tan manifiestos como Vuestra Señoría tiene hechos en este reino, así a los milites, como a los milicianos, que no hai como ponderarlos, juzgamos que ya la corona del Rei Nuestro Señor, en vez de enderezarla, la tiene ya casi caída, pues los milites de todo el ejército están tan mal contentos, que si Dios no lo remedia, habrán de venir los daños como a las antiguas ciudades que se perdieron por los malos gobiernos i por las codicias tan indecibles que introdujo la malicia; i para fin de todo, los milites, mui mal contentos, la ida de Vuestra Señoría para la ciudad de Santiago no la tienen por buena; i así Vuestra Señoría suspenda su viaje, mirando lo mas útil para el reino i lo mas seguro para su sosiego, que es lo mas conveniente; i todos le requerimos de parte del Rei Nuestro Señor mire Vuestra Señoría lo que conviene, atendiendo, así a las raciones de carne i harina, como al resto que nos queda de sueldo, pues Vuestra Señoría se ha quedado con él sin el reparo de los inconvenientes que de los latrocinios se siguen. Es cuanto se ofrece, avisando a Vuestra Señoría que el ejército está para moverse con mas ímpetu que en la rebelion pasada; i así, Señor, mire las cosas con cristiandad. Todos los milites del ejército besamos las manos de Vuestra Señoría.—Todo el Ejército. —Al Señor Presidente."

Un soldado llamado Juan Rondon llevó por órden de don José Marin de la Rosa la carta precedente a Concepcion, donde la entregó a una mujer para que ésta solicitara del jesuita Antonio de Lesa que la pusiera en manos del presidente, como en efecto sucedió.

Don Francisco Ibáñez de Peralta era un jefe esforzado, que habia ganado sus grados en los campos de batalla de Europa. Tan luego como tuvo noticia de la conspiracion, dictó todas las medidas que le parecieron propias para desbaratarla. La tempestad no le sorprendió desprevenido.

Cuando fué preciso, se puso al frente de los milicianos i vecinos que tenia acuartelados; i el 2 de marzo de 1703, salió en busca del enemigo, que avanzaba sobre Concepcion.

Los veteranos en número de noventa i seis le aguardaron formados en línea; pero el capitan jeneral les declaró con dignidad i altivez que no atenderia a ninguna de sus reclamaciones, miéntras las hicieran con las armas en las manos, ordenándoles con imperio que volvieran a su cuartel, i nombrándoles un cabo para que los condujera.

El hábito de la disciplina pudo mas que la conciencia del derecho, i que el temor del castigo. Los sublevados no osaron encararse con el capitan jeneral, i mohinos, cabizbajos volvieron riendas a sus caballos; pero ántes de llegar a Yumbel, se dispersaron, tomando cada uno por su lado.

Don Francisco Ibáñez marchó en persecucion de los fujitivos, estrajo de una iglesia, a pesar de las protestas de la autoridad eclesiástica, a varios que se habian refujiado en ella, i sustanció un proceso contra los mas comprometidos, no obstante que los amotinados pretendian haberse rendido por la promesa de que serian perdonados.

Las sentencias que siguen nos darán a conocer el resultado del juicio.

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