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una grande hacienda, una quintita a orillas del Mapocho, en las inmediaciones de Santiago.

Con todo, el cultivo i administracion de aquella pequeña propiedad era únicamente una atencion secundaria de Gramuset, el cual, como lo tenia de costumbre, estaba absorbido por uno de sus proyectos colosales, a saber, la construccion de una gran máquina hidráulica que debia levantar el agua hasta doscientos piés, o lo que era lo mismo, poco mas o ménos, hasta la altura de la torre de la Compañía, la mas elevada de la ciudad.

Gramuset contaba a cuantos querian oírle que la tal máquina iba a hacerle poderoso; pues pensaba obtener del monarca privilejio esclusivo para usarla, i se proponia en seguida aplicarla al desagüe de tanta rica mina como habia sepultada por el agua.

Cuando hubiera juntado un buen caudal, decia que se iria a Lima para gozar de sus riquezas en una ciudad opulenta, que proporcionaba mas comodidades que Santiago.

La máquina del frances i sus historias llamaron la atencion aun en medio de las inquietudes del año de 1776.

Muchas personas solian ir a la quinta de Gramuset para examinar la máquina que se construia, i oír hablar a su dueño.

IV.

Por este tiempo llegó al país otro frances que se llamaba Antonio Alejandro Berney.

Habia venido de Buenos Aires en la comitiva de un magnate español, i encontrado en Chile proteccion en la familia de un caballero encopetado,

a cuyos hijos se habia puesto a enseñar el frances, i por cuya influencia obtuvo una clase de latin en el Colejio Carolino, distincion que era mui poco comun en favor de un estranjero.

Berney era un iluso completo, que habia vivido, puede decirse, con los libros, mas bien que con los hombres, instruido como un literato, candoroso como un niño. Sabía muchas doctrinas abstractas, pero no tenia ninguna práctica del mundo. Poseia las humanidades i las matemáticas, habia leído mucho a Ciceron i a Rousseau; habia meditado mucho sobre el Evanjelio; mas como habia pasado su existencia, embebido en el estudio, sin mezclarse jamas en negocios grandes o pequeños, ignoraba completamente la ciencia de los hechos. En una palabra, era un individuo mui ilustrado, pero sumamente escaso de sentido comun.

Así como la aspiracion del emprendedor e industrioso Grramuset era llegar a ser rico poderoso, la del bueno i visionario Berney era la de ser lejislador de un pueblo. Deseaba ardientemente formular en la constitucion de un estado sus teorías políticas, que eran las de los filósofos del siglo XVIII, menos el escepticismo relijioso, pues era católico sincero.

Berney fué a visitar a su compatriota Gramuset.

El frances recien llegado interrogó sobre Chile i sus habitantes al frances que hacía años estaba establecido en el país.

El curso natural de la conversacion les llevó a tratar de las conmociones que habian ocurrido por aquellos años de 1776 i 1777; i despues, a hablar, tanto del absurdo i despótico réjimen colonial, como de las vejaciones a que se hallaban sujetos los criollos.

El descontento de éstos, segun Gramuset, era grande, como lo estaban manifestando los actuales alborotos.

—"Sin necesidad de que fueran muchos los que me ayudaran, agregó en conclusion, yo me comprometeria a hacer que este bello país se declarara independiente."

Semejante concepto, espresado en Chile tan sin embozo en aquella época, podia con demasiado fundamento hacer temblar a cuantos lo oyesen. Era una verdadera blasfemia, un crimen de lesamajestad, cuyo merecido castigo podia ser el último suplicio.

Berney lo comprendió, i guardó a su compatriota la mas relijiosa reserva.

VI.

Trascurrieron meses, años, desde que por incidencia se habia tocado en una conversacion por aquellos dos franceses oscuros el asunto de que dependia la suerte de Chile.

Llegó al fin el año de 1780.

El disgusto ocasionado por el aumento de los derechos de alcabalas i de pulperías habia cesado de ser tumultuoso, pero estaba mui léjos de haberse aplacado.

A este motivo de desagrado, que atañía a los bolsillos de los habitantes, habia venido a agregarse el de la reforma de los regulares, que se referia a sus conciencias.

En 1780, las murmuraciones contra los gober

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nantes parecieron renovarse con alguna fuerza. Sin embargo, ellas no eran absolutamente signo de pensamiento o conato de rebelion, o cosa parecida. Los que gritaban por la exaccion de los impuestos, o por la severidad desplegada contra los frailes eran buenos i leales vasallos que habrian considerado, como un tentador diabólico, al que les hubiera insinuado la idea de faltar en lo menor a su rei i señor.

Aquellas quejas eran semejantes a las que los cristianos mas devotos pudieran manifestar contra su cura o su obispo.

I adviértase que la comparacion es mui análoga; pues la sumision de los americanos a los españoles se hallaba fundada en una creencia i un sentimiento verdaderamente relijiosos.

Sin embargo, Gramuset lo juzgó equivocadamente de otro modo. Aquella serie de quejas que venian sucediéndose desde tres años le persuadió que habia una ruptura declarada entre la metrópoli i su colonia, no por cierto en los hechos, sino en los espíritus. En su concepto, solo faltaba la realizacion de lo que todos anhelaban.

Este juicio erróneo le hizo volver a fijarse en el plan de independencia de que habia hablado a Berney en 1776.

Bien pensado, la empresa do fundar una nacion era mas gloriosa, i tambien mas lucrativa, que la de desecar minas por medio de una máquina hidráulica.

Gramuset fué a proponer a su compatriota Berney aquel negocio de una revolucion con la misma llaneza con que habria podido invitarle para que entrara en otra especulacion cualquiera.

Berney no encontró disparatada la proposicion.

Es verdad que se hallaba a la sazon mui resentido con el gobierno colonial. Acababa de oponerse a una clase de matemáticas del Colejio Carolino; i habia sido rechazado con • manifiesta injusticia, a lo que aseguraba. Este fracaso habia sido causa de que en su espíritu visionario se formara la alucinacion de creerse el objeto de una persecucion sistemática de parte de las autoridades. Así estaba mui dispuesto a volverles mal por mal.

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El ejemplo reciente i memorable de los Estados Unidos era una demostracion práctica de los raciocinios de Gramuset. El descontento ocasionado por la exaccion de contribuciones habia sido allá el oríjen de la insurreccion; ¿por qué en Chile un antecedente análogo no habia de producir iguales resultados?

Habia ademas una circunstancia que podia favorecer mucho el buen éxito del proyecto. En aquella época, la España estaba en guerra con la Inglaterra, cuyas naves, dueñas de los mares, habian precisamente de impedir, o por lo ménos de embarazar mucho, el que vinieran, sea de la Península, sea del Perú, las fuerzas que se habrian menester para tratar de sofocar el alzamiento de los chilenos.

Dos miserables estranjeros, que no poseian ni ejército, ni dinero, se consideraban, pues, capaces de arrebatar sin grandes dificultades al soberano de las Españas i de las Indias, al sucesor de Cárlos V i de Felipe II, una bella porcion de sus dominios.

Berney, sin embargo, aunque convenia en que la empresa era mui realizable, vaciló desde luego para comprometerse en ella. Era un hombre de gabinete, habituado a resolver problemas filosóficos i matemáticos; pero carecia de la audacia que tras

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