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sin embargo importaban una revelacion oscura de lo que sabia.

Villa Sana no fijó por lo pronto en ellas su atencion.

Pero aquellas frases debieron estar preñadas de un sentido amenazante, porque no las olvidó.

En efecto, habiéndolas recordado, i considerándolas cada vez mas estrañas, fué a los dos o tres dias a buscar ex profeso a Saravia para pedirle esplicaciones.

Saravia, incapaz de callar por mas tiempo, lo confesó todo a su amigo, i le pidió consejo para salir de la tremenda posicion a que imprudentemente se habia dejado conducir.

Aquella revelacion espantó a Sánchez de Villa Sana. Así, sin vacilaciones, declaró a su atribulado colega que el único arbitrio que le quedaba para salvarse en este mundo del ignominioso suplicio en que debian ser castigados los vasallos desleales, i en el otro, del fuego eterno a que estaban condenados los malos cristianos, era denunciar aquel negro e infernal proyecto, al punto, sin tardanza de ninguna especie, al rejente de la real audiencia don Tomas Alvarez de Acevedo.

Saravia se apresuró a seguir este mandato o consejo, haciendo llegar por medio de una carta al conocimiento de Alvarez de Acevedo el 1.° de enero de 1781 todo lo ocurrido con la mayor parte de los pormenores.

XIII.

Sánchez de Villa Sana habia obrado con acierto al indicar a Saravia que se dirijiese al rejente, aunque no era el primer majistrado del reino. Chile estaba a la sazon gobernado por don Ambrosio de Benavídes, pero era éste un anciano, que solo pensaba en prepararse para la muerte. A falta del presidente, la representacion de los intereses de la metrópoli estaba realmente desempeñada por don Tomas Alvarez de Acevedo, que era un cumplido togado español, austero de costumbres, grave en las maneras, cuerdo en el consejo, infatigable en el trabajo, eximio en el conocimiento de las leyes, idólatra de su rei, perspicaz en sus juicios, prudente como el que mas, reservado como él solo, incontrastable en las resoluciones, desdeñoso de las apariencias.

El conde de Aranda habia adivinado las sobresalientes prendas de aquel letrado, i le habia esperimentado en comisiones arduas, de que habia salido airoso.

Habia sido gobernador de Potosí, fiscal de la audiencia de Chárcas, oidor de la de Lima, presidente interino del reino de Chile.

Era el primer rejente que hubiera tenido la audiencia de Santiago, subdelegado del visitador jeneral en Chile, i superintendente de las temporalidades de los jesuitas.

Debia ser con el tiempo miembro del consejo de Indias.

En todos estos puestos, dejó rastros de su pasaje, recuerdos de su actividad, pruebas de su talento.

Cuando se habia hecho cargo de la fiscalía de Chárcas, habia encontrado ochocientos cuarenta i cuatro espedientes por despachar. En un año los habia estudiado todos, i puesto en cada uno la correspondiente vista.

En Santiago se portó igualmente laborioso. Durante el periodo de su rejencia, todas las causas anduvieron corrientes; ningun negocio esperimentó retardo; ningun litigante tuvo que quejarse por la morosidad de los trámites.

La fama de sus buenos servicios llegó hasta el rei mismo, quien le manifestó su complacencia en reales cédulas, que le dirijió con el especial objeto de hacérsela saber.

Tal era el hombre a quien acababa de delatarse el atrevido i disparatado plan de los dos franceses.

XIV.

El rejente comprendió desde luego toda la gravedad del caso; pero bien penetrado de la circunspeccion i tino con que era preciso obrar, conservó su sangre fria, i se guardó de tomar ninguna providencia precipitada.

Ordenó al delator que observara el mayor sijilo sobre el aviso que acababa de trasmitirle; i que sin darse por entendido con alma viviente de lo que habia sucedido, continuara estrechando, si posible era, sus relaciones con los conjurados. Hasta que el rejente determinara otra cosa, Saravia debia pasarle diariamente una noticia detallada de cuanto les oyera, i de cuanto ejecutaran.

El denunciante cumplió al pió de la letra estas instrucciones. Entró en comunicacion, no solo con Berney, sino tambien con Gramuset, a quien hasta entónces no habia visto. Puso en sus investigaciones la destreza de un espía de profesion, el ardor de un renegado que desea hacerse perdonar su complicidad en la maquinacion que denuncia. Dia a dia, informó a Alvarez de Acevedo de lo que iba descubriendo relativo al complot, i de lo que iba recordando haber averiguado ántes de la delacion.

Cuando el rejente se consideró en posesion de todos los datos precisos, comisionó a los oidores don José de Gorbea i Vadillo i don Nicolas de Mérida i Segura para que en persona i con la mayor reserva, procedieran a la aprension de los dos franceses, los colocaran en el cuartel de San Pablo, i les levantaran su sumario.

El secreto mas profundo debia encubrir todos los procedimientos. Se queria evitar a toda costa que en la poblacion se traslujera lo acontecido.

Para conseguirlo mejor, las primeras declaraciones debian tomarse sin intervencion de escribano.

Lo que mas inquietaba a Alvarez de Acevedo era que se esparciera entre los colonos aquella fatal idea de la independencia. Todas las precauciones le parecian pocas para evitar su propagacion.

La conjuracion no le asustaba. Segun las noticias que habia recojido, estaba persuadido de que habia de sofocarla sin ninguna dificultad; pero lo que temia era el mal ejemplo que aquellos dos advenedizos daban a los naturales.

La trama estaba desbaratada con solo el denuncio de Saravia; pero ¿cómo estorbar que la idea de la emancipacion se revelara a los habitantes, i que una vez revelada, fuera ocultamente enseñoreándose de sus intelijencias hasta empujarlos a una revolucion terrible?

Para esto, solo se ocurria un arbitrio: apagar la chispa a escondidas. Únicamente envolviendo el asunto en un misterio veneciano, podian evitarse las consecuencias funestísimas para la metrópoli, de que quizá sería causa.

Este fué el juicio que formó Alvarez de Acevedo, i de que hizo participar a sus colegas de la audiencia.

Habiéndose encargado a los oidores Mérida i Gorbea, comisionados para la sustanciacion del proceso, la mayor reserva en sus pasos, la mayor cautela en sus operaciones, ajustaron estrictamente su conducta a esta recomendacion.

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XV.

El 10 de enero de 1781, Alvarez de Acevedo trasmitió a los dos oidores mencionados la órden de que asegurasen las personas de Gramuset i Berney.

A las diez i media de la noche de aquel mismo dia, el oidor Mérida hizo venir a su casa un escribano, dos ayudantes de la real justicia i dos dragones; i les tomó juramento de que guardarian el mas completo silencio sobre cuanto iban a ver i oír

Llenado este requisito, se encaminó en compañía de aquellos ministriles a la habitacion de Berney; i despues de haber colocado centinelas a la puerta, entró en el aposento del estranjero, i le intimó que se diera preso.

Como era de presumir, Berney obedeció sin resistencia.

Entónces Mérida le hizo subir en su propia calesa, que a prevencion habia traído consigo; i haciendo que el escribano se sentara junto al preso para que atisbara sus menores jestos i palabras, le condujo con la escolta mencionada hasta el cuartel de San Pablo.

Allí, habiéndole encerrado en un calabozo, i remachádole una barra de grillos, mandó salir a todos los testigos, quedándose solo con él a fin de tomarle su declaracion por i ante sí.

Berney habia perdido la cabeza. La sorpresa i el temor le habian quitado toda serenidad. Estaba

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