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don José de Gorbea i Vadillo i don Nicolas de Mérida i Segura para que en persona i con la mayor reserva, procedieran a la aprension de los dos franceses, los colocaran en el cuartel de San Pablo, i les levantaran su sumario.

El secreto mas profundo debia encubrir todos los procedimientos. Se queria evitar a toda costa que en la poblacion se traslujera lo acontecido.

Para conseguirlo mejor, las primeras declaraciones debian tomarse sin intervencion de escribano.

Lo que mas inquietaba a Alvarez de Acevedo era que se esparciera entre los colonos aquella fa-, tal idea de la independencia. Todas las precauciones le parecian pocas para evitar su propagacion.

La conjuracion no le asustaba. Segun las noticias que habia recojido, estaba persuadido de que habia de sofocarla sin ninguna dificultad; pero lo que temia era el mal ejemplo que aquellos dos advenedizos daban a los naturales.

La trama estaba desbaratada con solo el denuncio de Saravia; pero ¿cómo estorbar que la idea de la emancipacion se revelara a los habitantes, i que una vez revelada, fuera ocultamente enseñoreándose de sus intelijencias hasta empujarlos a una revolucion terrible?

Para esto, solo se ocurria un arbitrio: apagar la chispa a escondidas. Unicamente envolviendo el asunto en un misterio veneciano, podian evitarse las consecuencias funestísimas para la metrópoli, de que quizá sería causa.

Este fué el juicio que formó Alvarez de Acevedo, i de que hizo participar a sus colegas de la audiencia.

Habiéndose encargado a los oidores Mérida i Gorbea, comisionados para la sustanciacion del proceso, la mayor reserva en sus pasos, la mayor cautela en sus operaciones, ajustaron estrictamente su conducta a esta recomendacion.

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El 10 de enero de 1781, Alvarez de Acevedo trasmitió a los dos oidores mencionados la órden de que asegurasen las personas de Gramuset i Berney.

A las diez i media de la noche de aquel mismo dia, el oidor Mérida hizo venir a su casa un escribano, dos ayudantes de la real justicia i dos dragones; i les tomó juramento de que guardarian el mas completo silencio sobre cuanto iban a ver i oír

Llenado este requisito, se encaminó en compañía de aquellos ministriles a la habitacion de Berney; i despues de haber colocado centinelas a la puerta, entró en el aposento del estranjero, i le intimó que se diera preso.

Como era de presumir, Berney obedeció sin resistencia.

Entonces Mérida le hizo subir en su propia calesa, que a prevencion habia traído consigo; i haciendo que el escribano se sentara junto al preso para que atisbara sus menores jestos i palabras, le condujo con la escolta mencionada hasta el cuartel de San Pablo.

Allí, habiéndole encerrado en un calabozo, i remachádole una barra de grillos, mandó salir a todos los testigos, quedándose solo con él a fin de tomarle su declaracion por i ante si.

Berney habia perdido la cabeza. La sorpresa i el temor le habian quitado toda serenidad. Estaba

verdaderamente trastornado. No raciocinaba, no acertaba a darse cuenta de su situacion.

Era demasiado leal para atribuir desde luego su encarcelamiento a una traicion. ¿Cuál de sus compañeros habria sido capaz de venderle?

Pero si nadie le habia delatado, ¿cómo el gobierno habia descubierto su maquinacion, cómo se hallaba metido en un calabozo i con hierros en los piés? ¡Ah! sin duda habia sido encontrado aquel manuscrito que se le habia estraviado en el camino de Polpaico. Aquel legajo en que habia desenvuelto sus teorías, en que habia consignado sus designios, era seguramente el acusador implacable que le entregaba a la venganza de los gobernantes. El denuncio de un testigo como aquel no tenia réplica. ¿Qué podia responder al juez que le interrogase, cuando le arguyera con sus propias palabras?

No le habia engañado la corazonada que le anunció su ruina, cuando de regreso a Santiago se encontró sin el manifiesto. No habian sido falsos los siniestros presentimientos que se lo habian hecho buscar, como quien busca un talisman de que depende la vida. Los acontecimientos venian a confirmar demasiado aquellos temores que la impunidad de unos cuántos dias le habia movido' a rechazar como quiméricos. Por un sarcasmo de la suerte, el mismo escrito en que habia fundado sus esperanzas de triunfo le arrastraba al precipicio.

Semejantes conceptos eran el fruto de un espíritu al cual el miedo hacía delirar. ¿Cómo no se ocurria a Berney que, aun cuando su obra hubiera sido hallada, no estando firmada, i no conteniendo ninguna indicacion personal, era imposible que revelara el nombre del autor? ¿Cómo se imajinaba que la letra de un oscuro profesor habia de ser reconocida por cuantos la mirasen? ¿Cómo podia presumir que aquel cuaderno habia de serle atribuido sin otro denunciador que la forma de la escritura?

Por cierto, un hombre de simple buen sentido no habria raciocinado de tan desacordada manera en una situacion ordinaria; pero así raciocinaba el sabio Berney, cuando se sentia aturdido por aquel inesperadísimo fracaso, i aterrorizado por la mirada inquisitorial de su juez.

Un conspirador mas avezado habria conservado mas calma; se habria atrincherado en una negativa porfiada hasta poder calcular la naturaleza i gravedad de los cargos que se le hacian; pero Berney, desatinado por la fiebre de la turbacion, solo vió levantarse implacable delante de sí el fatal manuscrito, i creyó que le sería de todo punto imposible el salvarse.

Cuado el oidor Mérida le preguntó sí presumia la causa de su prision, no vaciló en contestarle que la atribuia al descubrimiento del manifiesto referido, cuya existencia se esforzó en esplicar, pero de un modo mui poco satisfactorio.

El interrogante tomó por base de sus cargos aquel manuscrito de que el reo habia sido el primero en hablar, i apoyado en tan imprudente confesion, comenzó a estrecharle. El acusado titubeó, quiso mentir i mintió mal, se enredó con sus mismas declaraciones, i acabó por confesar en sustancia, i con tal cual variacion, lo que en realidad habia.

Así la equivocacion de Berney respecto de su manuscrito confirmó plenamente el denuncio de Saravia, que hasta entónces solo tenia la autoridad de un testimonio individual.

XVI.

El oidor Gorbea practicó la captura de Gramuset con las mismas precauciones de que habia usado su colega en la del otro cómplice. Le trasportó a San Pablo con igual sijilo, i procedió a su interrogatorio con la misma reserva.

Pero si Berney se habia manifestado cobarde i apocado, su compatriota mostró un ánimo entero i arrogante, no desmintiendo un momento la fuerza de su carácter. Sin atolondrarse por su mala aventura, conservó la mayor sangre fria. Encaró su crítica situacion sin que el vértigo le trastornase el cerebro; i habiendo recapacitado sobre sus medios de defensa, tomó la firme resolucion de negarlo todo.

Durante la continuacion del proceso, siguió esta línea de conducta, sin separarse de ella por ningun motivo.

Cuando Gorbea le interrogó sobre la causa de su prision, respondió que la ignoraba; cuando el oidor le nombró a sus cómplices, dijo: de los unos, que no los conocia; de los otros, que apénas los habia hablado en su vida.

XVII.

Luego que el sumario estuvo levantado, la real audiencia dió traslado al ministerio fiscal para que pidiera lo que juzgara por conveniente.

Los dos fiscales, como era mui natural, estuvieron acordes en sus conclusiones. El crímen era evidente; solo faltaba investigar bien sus ramificaciones. Estaban asegurados dos de los principales fautores; era preciso apoderarse de los otros.

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