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verdaderamente trastornado. No raciocinaba, no acertaba a darse cuenta de su situacion.

Era demasiado leal para atribuir desde luego su encarcelamiento a una traicion. ¿Cuál de sus compañeros habria sido capaz de venderle?

Pero si nadie le habia delatado, ¿cómo el gobierno habia descubierto su maquinacion, cómo se hallaba metido en un calabozo i con hierros en los piés? ¡Ah! sin duda habia sido encontrado aquel manuscrito que se le habia estraviado en el camino de Polpaico. Aquel legajo en que habia desenvuelto sus teorías, en que habia consignado sus designios, era seguramente el acusador implacable que le entregaba a la venganza de los gobernantes. El denuncio de un testigo como aquel no tenia réplica. ¿Qué podia responder al juez que le interrogase, cuando le arguyera con sus propias palabras?

No le habia engañado la corazonada que le anunció su ruina, cuando de regreso a Santiago se encontró sin el manifiesto. No habian sido falsos los siniestros presentimientos que se lo habian hecho buscar, como quien busca un talisman de que depende la vida. Los acontecimientos venian a confirmar demasiado aquellos temores que la impunidad de unos cuántos dias le habia movido' a rechazar como quiméricos. Por un sarcasmo de la suerte, el mismo escrito en que habia fundado sus esperanzas de triunfo le arrastraba al precipicio.

Semejantes conceptos eran el fruto de un espíritu al cual el miedo hacía delirar. ¿Cómo no se ocurria a Berney que, aun cuando su obra hubiera sido hallada, no estando firmada, i no conteniendo ninguna indicacion personal, era imposible que revelara el nombre del autor? ¿Cómo se imajinaba que la letra de un oscuro profesor habia de ser reconocida por cuantos la mirasen? ¿Cómo podia presumir que aquel cuaderno habia de serle atribuido sin otro denunciador que la forma de la escritura?

Por cierto, un hombre de simple buen sentido no habria raciocinado de tan desacordada manera en una situacion ordinaria; pero así raciocinaba el sabio Berney, cuando se sentia aturdido por aquel inesperadísimo fracaso, i aterrorizado por la mirada inquisitorial de su juez.

Un conspirador mas avezado habria conservado mas calma; se habria atrincherado en una negativa porfiada hasta poder calcular la naturaleza i gravedad de los cargos que se le hacian; pero Berney, desatinado por la fiebre de la turbacion, solo vió levantarse implacable delante de sí el fatal manuscrito, i creyó que le sería de todo punto imposible el salvarse.

Cuado el oidor Mérida le preguntó sí presumia la causa de su prision, no vaciló en contestarle que la atribuia al descubrimiento del manifiesto referido, cuya existencia se esforzó en esplicar, pero de un modo mui poco satisfactorio.

El interrogante tomó por base de sus cargos aquel manuscrito de que el reo habia sido el primero en hablar, i apoyado en tan imprudente confesion, comenzó a estrecharle. El acusado titubeó, quiso mentir i mintió mal, se enredó con sus mismas declaraciones, i acabó por confesar en sustancia, i con tal cual variacion, lo que en realidad habia.

Así la equivocacion de Berney respecto de su manuscrito confirmó plenamente el denuncio de Saravia, que hasta entónces solo tenia la autoridad de un testimonio individual.

XVI.

El oidor Gorbea practicó la captura de Gramuset con las mismas precauciones de que habia usado su colega en la del otro cómplice. Le trasportó a San Pablo con igual sijilo, i procedió a su interrogatorio con la misma reserva.

Pero si Berney se habia manifestado cobarde i apocado, su compatriota mostró un ánimo entero i arrogante, no desmintiendo un momento la fuerza de su carácter. Sin atolondrarse por su mala aventura, conservó la mayor sangre fria. Encaró su crítica situacion sin que el vértigo le trastornase el cerebro; i habiendo recapacitado sobre sus medios de defensa, tomó la firme resolucion de negarlo todo.

Durante la continuacion del proceso, siguió esta línea de conducta, sin separarse de ella por ningun motivo.

Cuando Gorbea le interrogó sobre la causa de su prision, respondió que la ignoraba; cuando el oidor le nombró a sus cómplices, dijo: de los unos, que no los conocia; de los otros, que apénas los habia hablado en su vida.

XVII.

Luego que el sumario estuvo levantado, la real audiencia dió traslado al ministerio fiscal para que pidiera lo que juzgara por conveniente.

Los dos fiscales, como era mui natural, estuvieron acordes en sus conclusiones. El crímen era evidente; solo faltaba investigar bien sus ramificaciones. Estaban asegurados dos de los principales fautores; era preciso apoderarse de los otros. Don José Antonio Rójas aparecia complicado como el que mas; era urjentísimo aprisionarle como a Gramuset i Berney, i encausarle como a sus cómplices. Otro tanto debia hacerse con los demas que resultaban comprometidos en la abominable maquinacion.

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Las conclusiones de los fiscales eran, segun se ve, las que el asunto exijia. En el curso de los procedimientos ordinarios, la real audiencia las habria adoptado sin vacilacion; pero en la causa de que se trataba, el caso era mui diferente.

El supremo tribunal no se empeñaba tanto en castigar a los reos segun lo merecian, como en impedir que la maldita idea de la independecia se introdujera en el país. Lo que queria evitar era, no la impunidad de uno o mas de los culpables, sino la corrupcion del pueblo chileno, que en su inocencia no concebia siquiera el espantoso crímen de la insurreccion contra la España. Antes que todo, habia que conservar inmaculada esta santa ignorancia; i para conseguirlo, habia que obrar con suma prudencia.

Si la conspiracion se hacía pública, el pensamiento de la emancipacion se hacía público tambien. ¿Se atreveria álguien a asegurar que aquel pensamiento entregado a la multitud no produciria algun dia sus frutos?

La conjuracion estaba sofocada; no habia ningun peligro por aquel lado; pero la propagacion de la idea era difícil de evitar, i en esto era en lo que la audiencia veia el peligro real i efectivo.

Los sagaces oidores pensaban con la cordura que hace a los padres de familia esmerarse en que sus hijos ignoren, no solo ciertas cosas, sino igualmente ciertas palabras; porque saben mui bien que una vez que las han aprendido, tienen andada la mitad del camino para cometer lo que significan.

Importaba, pues, que los colonos desconociesen hasta la voz independencia, si era posible; i mucho mas, que habia hombres bastante temerarios para trabajar por separarse de la metrópoli.

Si se deseaba mantener esta ignorancia, era menester no conformarse con el dictámen de los fiscales.

Se podia sin inconveniente arrebatar durante la noche a dos estranjeros desconocidos, i sepultarlos dentro de las paredes de un calabozo. Apénas sí sus vecinos notarian su ausencia. Por lo demas, todo estranjero era sospechoso. No tenia nada de particular que el gobierno asegurase sus personas; tendria sus motivos.

Pero la prision del mayorazgo Rójas no pasaría ciertamente desapercibida. Era rico; estaba relacionado con la aristocracia de la colonia. Sus amigos i parientes se inquietarian por su suerte.

Una providencia como aquella sería un acontecimiento en Chile; haria ruido; alarmaria al pueblo. Se averiguaria la causa de medida tan inusitada, e indudablemente se descubriria una gran parte de lo que tanta convenia ocultar.

Gramuset i Berney no habrian por lo pronto conseguido su objeto; pero dejarian en este suelo una semilla que les daria el triunfo en el porvenir.

Los mismos riesgos ofrecia la prision de Orejuela i demas comprometidos.

Si el castigo habia de ser tan costoso, valia mas que quedaran impunes. Habria talvez tres o cuatro grandes criminales que burlarian el rigor de la lei; pero la autoridad del monarca no se espondria a ningun menoscabo, por lejano que se divisara.

El amor de la vida obligaria a guardar silencio a aquellos vasallos turbulentos i desleales, si lo ha

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