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bian sido. El destino de los dos franceses sería para ellos una leccion elocuente que los haria temblar. En lo sucesivo tendrian buen cuidado de comportarse bien; porque despues de lo que habia ocurrido, debian sentir a todas horas sobre ellos la mirada vijilante del gobierno. Hai pocos hombres que no escarmienten cuando milagrosamente han escapado de algun gran peligro.

Para impedir la divulgacion del asunto, los togados de la audiencia acordaron la impunidad de Rójas, Orejuela i demas; i pusieron a las vistas de los fiscales la siguiente providencia, que solo les concedia una parte de sus peticiones.

"Autos i vistos. Recíbanse prontamente las declaraciones que piden los señores fiscales a don Mariano Pérez Saravia, a don Diego Galain, la mujer de don Antonio Gramuset, el hijo del tornero Bartolomé Flóres Norato i a don Juan Beyner, que se cree hallarse actualmente en esta ciudad; i evacuadas estas dilij encias, procédase inmediatamente a tomar las respectivas confesiones a don Antonio Berney i don Antonio Gramuset, haciéndoles los cargos a que dé mérito el proceso, i dejándolas abiertas para continuarlas segun convenga. Para todo lo cual se devolverá el espediente por mi mano al señor don José Gorbea comisionado para la sustanciacion de esta causa; i en cuanto a lo demas que piden dichos señores fiscales, con reflexion a varias consideraciones que se tienen presentes, i alo que resulta de una declaracion que na hecho en el dia don Antonio Berney ante el señor don Nicolas de Mérida, i se ha mandado agregar al proceso, se reserva dar providencia para mejor oportunidad.—Acevedo.—Ante mí, rres."

He leído i releído la declaracion de Berney a que alude esta providencia. No contiene nada de notable; es una ratificacion de cuanto ántes habia dicho. Ño hai en ella una sola palabra que disculpe a Rójas i Orejuela, un solo dato que los absuelva de la complicidad.

No era este documento, por consiguiente, el que autorizaba al tribunal para eximir a aquellos caballeros de las pesquisas judiciales. Eran otras las consideraciones que le impulsaban. Para él la justificacion de su estraño proceder estaba, no en la lei, sino en la necesidad de mantener el secreto. Sacrificaba la legalidad a una razon de estado; i buscaba los fundamentos de su sentencia, no en el código, sino en la conveniencia política.

Por tal motivo solo permitió las indagaciones respecto de tres estranjeros, Berney, Gramuset, i Beyner; respecto de la mujer de uno de ellos, estranjera tambien; respecto del delator Saravia, a quien era indispensable oír; i respecto de otros individuos insignificantes por su posicion social, i que solo iban a ser interrogados sobre ciertos accesorios del asunto.

Procesar a los demas complicados habria sido peligroso. Ocupaban una jerarquía elevada en la sociedad. El procedimiento contra ellos habria metido ruido, lo que no convenia. Mal por mal, era preferible dejarlos quietos en sus casas.

Por lo demas, la causa se siguió a la sombra, i con el mayor misterio. Los autos no salieron de manos de los oidores. Los reos no tuvieron abogados. Los testigos juraron, no solo decir verdad, sino tambien guardar un secreto impenetrable.

La audiencia hizo toda especie de esfuerzos a fin de que el negocio no llegara a ser público. Los que directa o indirectamente habian tenido noticia de la maquinacion fueron sometidos a una estrecha vijilancia. Alvarez de Acevedo tuvo a todas horas la vista fija sobre ellos. Hizo espiar con. cuidado sus movimientos i palabras.

Saravia se permitió revelar a un amigo lo que habia sucedido; pero no con tanta prudencia, que el tribunal no lo supiera. En el acto, el rejente le mandó comparecer a su presencia; i despues de haberle reprendido ásperamente por su indiscrecion, le intimó que si no ponia una mordaza a su boca, le trataría como a reo de lesa-majestad, i le castigarla como a tal.

Es probable que la amenaza del imperioso togado obligara al delator a ser mas reservado de lo que habia sido hasta entónces.

Segun lo determinado por el tribunal, el proceso se concretó solo a los dos franceses.

Los testigos confirmaron, en lo que les concernia, la delacion de Saravia.

Berney repitió i aclaró sus primeras confesiones.

Gramuset persistió en su negativa.

Habiendo sido los dos careados, continuaron el uno revelando la mayor parte de lo que sabia, i el otro sosteniendo que oia hablar del asunto por la primera vez.

Aunque las indagaciones habian sido mui incompletas, segun lo habia deseado la audiencia, demostraban hasta no dejar duda la efectividad de la conspiracion.

XVIII.

Los fiscales, en cuyo conocimiento se puso el resultado obtenido, sostuvieron que la culpabilidad de los dos franceses era evidente, i que por lo tanto debian ser rigorosamente castigados.

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Uno de los fiscales proponia que se hiciese morir a los reos con el último suplicio, confiscándoles sus bienes, i condenándolos a la infamia a ellos i sus descendientes: i que ya que por no ser propietarios, era imposible derribar sus casas i sembrar el suelo con sal, a lo ménos en compensacion se quemasen sus huesos fuera de poblado i se arrojasen a los cuatro vientos sus cenizas.

El horrible atentado que aquellos ingratos advenedizos habian concebido exijia un grande escarmiento. Debia procurarse que su fin hiciera temblar a los que osasen fraguar como ellos planes tan diabólicos. Su afrentosa muerte debia servir de ejemplar a sus secuaces presentes i futuros. Una severidad implticable era el único medio de que en el porvenir no hubiera individuos bastante audaces para imitarlos. Si se queria curar el mal en su oríjen, debia aplicárseles sin conmiseracion el marco de la lei. Esto era lo que prescribia el sacrosanto código de Alfonso el Sabio; esto era lo que ordenaba la conveniencia pública. Era preciso castigar al criminal, como lo merecia; i prevenir eficazmente la repeticion del crimen en lo sucesivo.

Segun se ve, los fiscales obraban como tales; pero los oidores estaban resueltos a ser en este asunto, no jueces, sino politicos.

Los fiscales, sin cuidarse de los resultados, sin mirar a lo futuro, se empeñaban por que se aplicase el merecido castigo a dos estranjeros ingratos, a quienes reputaban mui criminales.

Alvarez de Acevedo i los oidores consideraban de otro modo la cuestion. Preferian conceder la impunidad a dos individuos, a tener quizá mas tarde que condenar a un pueblo entero, lanzado en la rebelion. Penetrando en las tinieblas del porvenir, divisaban las terribles consecuencias que podría producir con el tiempo la idea de independencia revelada a los chilenos. Por mantenerla oculta, habian hecho el inmenso sacrificio de dejar tranquilos en sus casas a Rójas, Orejuela i demas. Por el mismo motivo, estaban dispuestos a salvar del suplicio a Gramuset i Berney.

El interes de la corona exijia que no se escarmentase de una manera pública a aquellos dos revolucionarios. Levantar su cadalso en la plaza, i convocar el pueblo a su muerte, era lo mismo que proclamar a son de trompeta su inicuo proyecto; era dar a conocer a los colonos lo que convenia que nunca supieran. Proceder de semejante modo habria sido arrojar el pensamiento de la emancipacion en un suelo fértil, donde era de temerse echase raíces profundas, i se levantase lozano i vigoroso.

Los que se habian mostrado tan remisos para investigar no podian apresurarse a imponer castigos estrepitosos.

Para salir del paso, los oidores aparentaron creer que dos individuos como Gramuset i Berney que proyectaban la independencia de Chile debian haber perdido la razon; i mandaron hacer indagaciones acerca de este hecho.

¡Cierto! ¡Berney i Gramuset eran locos, pero unos de aquellos locos a quienes Beranger ha cantado, a quienes durante su vida se persigue i se mata, i a cuya memoria se erijen despues estatuas; de aquellos locos que mueren en la miseria o en el patíbulo, i con cuyo nombre se honran en seguida las naciones! Tenían la locura de decir en la segunda mitad del siglo XVIII lo que en la primera del XIX habian de repetir todos los pobladores de la América Española. Tenian la locura de

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