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instruccion; pero Su Majestad graduó de mala política su pensamiento; i desaprobándolo, le mandó continuar el arreglo de aquellas tropas, que deben hacer la defensa de su propio país contra designios estranjeros, pues para evitar los recelos que le ajitaban, nada mas era menester que, alejando de sí toda voluntariedad, o sujetarse a gobernar conforme a la suavidad de sus piadosas soberanas leyes" (1).

El pueblo no conservó la menor tradicion del suceso que acabo de narrar. Parece aun que los mismos gobernantes peninsulares lo olvidaron al fin de mui pocos años, si hems de juzgar por la siguiente real órden.

"Habiendo recurrido al rei don José Antonio de Rójas, vecino de esa capital, esponiendo sus méritos i servicios, i pidiendo colocacion, se ha dignado Su Majestad resolver que Vuestra Señoría lo tenga presente en las propuestas de empleos de real hacienda correspondientes a su aptitud, servicios i circunstancias. Lo que aviso a Vuestra Señoría de su real órden para su cumplimiento. Dios guarde a Vuestra Señoría muchos años. Madrid 2 de enero de 1794.—Gardoqui.—Señor Presidente de Chile."

De seguro que Rójas no debió enumerar entre sus méritos i servicios su complicidad en la maquinacion de Gramuset i Berney; i de seguro tambien que los ministros del rei debian ignorarla, o no recordarla; pues de otro modo no le habrian concedido la honra de aquel téngasete presente, que era una de las distinciones empleadas por la corte de Madrid para halagar la vanidad de los colonos.

(1) Carvallo i Goyeneche, Descripcion histórica-jeogrOfica del reino de Chik, parte 1, libro 6, oapitulo 14.

Así, al parecer, la conspiracion de 1780 fué, en pocos años, olvidada, no solo del pueblo chileno, que, puede decirse, no habia tenido conocimiento de ella, sino tambien de los gobernantes peninsulares mismos, que por lo visto habian conseguido su objeto hasta haber borrado aquel suceso aun de su propia memoria.

Sin embargo, aquellas medidas tan cautelosas, tomadas para conservar sin mancha la inocencia política de los criollos chilenos, habian de impedir solo por algun tiempo la introduccion de las doctrinas contrarias al derecho divino de la metrópoli.

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CAPITULO V.

LAS REVOLUCIONES DE ESTADOS UNIDOS I DE
FRANCIA.

Proteccion dispensada por España a los insurrectos de las colonias inglesas.—Planes del conde de Aranda para que la independencia de la América Española pudiera realizarse con el menor perjuicio de la metrópoli.—El ejemplo de la emancipacion de las colonias inglesas inspira a don Francisco Miranda la idea de trabajar por la independencia de Venezuela.—Influencia de los Estados Unidos de Norte América en la revolucion de los dominios hispano-americanos según el historiador realista frai Melchor Martínez.—Opinion sobre el mismo asunto manifestada en 1816 por los ministros oficiales reales do Chile. —Impresion que causó en la America Española la revolucion francesa.—El presbítero don Clemente Moran.—Efectos que la revolucion francesa produjo en los dominios españoles del nuevo mundo.

Hubo dos acontecimientos esteriores que contribuyeron sobre manera a la revolucion que trajo por resultado la independencia de los dominios hispano-americanos.

El primero de estos acontecimientos fué la insurreccion de las colonias inglesas de Norte América, las cuales comenzaron su levantamienio el año de 1765, declararon su independencia el 4 de julio de 1776, i lograron hacerla reconocer de la Inglaterra por la fuerza de las armas el 30 de noviembre de 1782.

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El segundo fué la revolucion que estalló en Francia el año de 1789.

Ha podido notarse prácticamente en el capítulo anterior el eco que la sublevacion de las colonias inglesas tuvo aun en el apartado Chile.

I a la verdad, en casos como éstos, los ejemplos son mui contajiosos.

Lo que hubo de mui notable en la realizacion de aquel gran suceso fué el haber sido la suspicaz España, la protectora decidida i armada de la rebelion de los norte-americanos contra su madre patria, olvidándose de que ella tambien poseia colonias en el nuevo mundo, i de que éstas eran vecinas de las inglesas.

La España hacía años estaba profundamente quejosa de la Inglaterra, teniendo agravios que vengar i reparaciones que exijir.

Habia sobre todo una ofensa que la España no se resignaba a dejar impune: la toma de Jibraltar. Era aquella una pesadilla amarga, que quitaba el sosiego a sus gobernantes.

Costara lo que costara, los españoles anhelaban por que su bandera flamease de nuevo en lo alto de la codiciada roca.

Sin el rescate de tan preciosa joya, al decir de uno de sus mas eminentes estadistas, "siempre les tendria uno de sus enemigos el pié sobre la garganta" (1).

Impaciente por lavar los insultos recibidos, el gobierno español quiso aprovechar para ello el conflicto en que se hallaba la Inglaterra, amenazada por las armas de sus colonos i de los franceses.

Desatendiendo los peligros futuros por fijarse

(1) Aranda. Carta a Floriaablanca, fecha 1.° de noviembre de 1778.

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