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CAPITULO V.

LAS REVOLUCIONES DE ESTADOS UNIDOS I DE
FRANCIA.

Proteccion dispensada por España a los insurrectos de las colonias inglesas.—Planes del conde de Aranda para que la independencia de la América Española pudiera realizarse con el menor perjuicio de la metrópoli.—El ejemplo de la emancipacion de las colonias inglesas inspira a don Francisco Miranda la idea de trabajar por la independencia de Venezuela.—Influencia de los Estados Unidos de Norte América en la revolucion de los dominios hispano-americanos según el historiador realista frai Melchor Martínez.—Opinion sobre el mismo asunto manifestada en 1816 por los ministros oficiales reales do Chile. —Impresion que causó en la America Española la revolucion francesa.—El presbítero don Clemente Moran.—Efectos que la revolucion francesa produjo en los dominios españoles del nuevo mundo.

Hubo dos acontecimientos esteriores que contribuyeron sobre manera a la revolucion que trajo por resultado la independencia de los dominios hispano-americanos.

El primero de estos acontecimientos fué la insurreccion de las colonias inglesas de Norte América, las cuales comenzaron su levantamienio el año de 1765, declararon su independencia el 4 de julio de 1776, i lograron hacerla reconocer de la Inglaterra por la fuerza de las armas el 30 de noviembre de 1782.

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El segundo fué la revolucion que estalló en Francia el año de 1789.

Ha podido notarse prácticamente en el capítulo anterior el eco que la sublevacion de las colonias inglesas tuvo aun en el apartado Chile.

I a la verdad, en casos como éstos, los ejemplos son mui contajiosos.

Lo que hubo de mui notable en la realizacion de aquel gran suceso fué el haber sido la suspicaz España, la protectora decidida i armada de la rebelion de los norte-americanos contra su madre patria, olvidándose de que ella tambien poseia colonias en el nuevo mundo, i de que éstas eran vecinas de las inglesas.

La España hacía años estaba profundamente quejosa de la Inglaterra, teniendo agravios que vengar i reparaciones que exijir.

Habia sobre todo una ofensa que la España no se resignaba a dejar impune: la toma de Jibraltar. Era aquella una pesadilla amarga, que quitaba el sosiego a sus gobernantes.

Costara lo que costara, los españoles anhelaban por que su bandera flamease de nuevo en lo alto de la codiciada roca.

Sin el rescate de tan preciosa joya, al decir de uno de sus mas eminentes estadistas, "siempre les tendria uno de sus enemigos el pié sobre la garganta" (1).

Impaciente por lavar los insultos recibidos, el gobierno español quiso aprovechar para ello el conflicto en que se hallaba la Inglaterra, amenazada por las armas de sus colonos i de los franceses.

Desatendiendo los peligros futuros por fijarse

(1) Aranda, Carta a Floridablanca, fecha 1.o de noviembre de 1778. en la venganza presente, no tuvo reparo en apoyar una insurreccion de súbditos contra su rei, sin observar que las inmediatas colonias españolas podian quizá en dia no lejano querer imitar el ejemplo de las inglesas, autorizado por el amparo declarado de la metrópoli castellana.

Puede decirse con verdad que la España arriesgó en la empresa perder un mundo, que efectivamente se escapó a su dominacion, por recobrar un peñon que no recuperó, i que ¡Dios sabe hasta cuándo! permanecerá todavía en poder del estranjero.

II.

A pénas triunfantes los Estados Unidos, hubo españoles que supieron apreciar los efectos funestísimos para los intereses de la metrópoli que la emancipacion de aquel pueblo podia traer.

Entre otros, el famoso conde de Aranda, que por odio a la Inglaterra habia sido uno de los mas empeñados en que la España favoreciese la rebelion de las colonias inglesas, i que como representante de Cárlos III firmó en Paris el tratado en que el gobierno español reconoció la independencia de los Estados Unidos, comprendió, apenas consumado el hecho, la inmensa gravedad de las consecuencias que podia producir.

Desde entonces, aquel estadista tuvo la conviccion profunda de que la dominacion de España en América era puramente precaria, i de que la separacion habia de ser asunto solo de algunos años mas o ménos. .

El objeto de su constante pensamiento fué el de arbitrar la manera de sacar el mejor provecho posible de un acontecimiento que juzgaba inevitable.

Primero, en 1783, propuso la division de la América Española en tres grandes porciones o reinos denominados Méjico, Costa Firme i Perú, que serian adjudicados con el título de reyes a otros tantos infantes de la familia real.

El monarca de España tomaria el rango de emperador; reservaria para sí las islas de Cuba i Puerto Rico; i cobraria a los reyes de América un tributo anual, que sería pagado en barras de plata por el de Méjico; en mazos de tabaco i jéneros coloniales, por el de Costa Firme; i en tejos de oro, por el del Perú.

Todos estos soberanos i sus hijos deberian casarse con infantas de España o de su familia (1).

El plan propuesto, como se ve, era completamente quimérico.

A la vuelta de mui pocos años, los reyes tributarios, a despecho de las pobres precauciones imajinadas por el conde, habrian rehusado continuar sin motivo ni ventaja en una condicion subalterna i humillante.

El mismo Aranda debió convencerse de ello; puesto que en 1786 sometió a la consideracion de Floridablanca un nuevo proyecto, cuyos principales artículos eran los que siguen:

La España debia conservar todo lo que poseia desde los Estados Unidos hasta el reino de Quito, inclusas las Antillas.

Debia ceder a la casa de Braganza en cambio de Portugal, que se agregaria a España, el Perú, "que por sus espaldas se une con el Brasil, tomando por límite la embocadura del rio de las Amazonas, siempre rio arriba, hasta donde se pudiese

(1) Muricl, España bajo el reinado de la casa de Barbon, capitulo 8.° adicional.

tirar una línea que fuese a caer a Paita, i aun en necesidad, mas arriba, a Guayaquil.”

Debia por último formar con las jurisdicciones de Buenos Aires i Chile un reino para uno de los infantes.

Si para hacer posible la realizacion del pensamiento, era menester dar a la casa de Braganza tambien el reino de Chile, Aranda estaba dispuesto a que se cediera.

Este segundo plan era tan inejecutable como el otro, o mas quizá.

Su mismo autor era el primero en conocerlo. “Pero, decia en el lenguaje amanerado que le era propio, ji el señor de los fidalgos querria buenamente prestarse? Pero ¿cabria, aun queriendo, que se hiciese de golpe i zumbido? Pero zi otras potencias de Europa dejarian de influir u obrar en contrario? Pero...... i cien peros; i yo diré que soñaba el ciego que veia, i soñaba lo que queria; i si soñé yo, porque me he llenado la cabeza de que la América Meridional se nos irá de las manos, i ya que hubiese de suceder, mejor era un cambio que nada, no me hago proyectista ni profeta” (1).

La conviccion de que la América tarde o temprano habia de hacerse independiente era tan arraigada en el conde de Aranda, que todo su empeño se dirijia a que fuera esplotada cuanto mas se pudiera. "Mientras la tengamos, decia, hagamos uso de lo que nos pueda ayudar para que tomemos sustancia, pues en llegándola a perder, nos faltaria ese pedazo de tocino para el caldo gordo" (2).

Sin embargo, esto que Aranda proponia a Flo

(1) Aranda, Carta a Floridablanca, fecha 12 de marzo de 1786. (2) Aranda, Oarta a Floridablanca, fecha 21 de julio de 1785.

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