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CAPITLO VI.

LA CONSTITUCIÓN ECONÓMICA DE LOS DOMINIOS HISPANO-AMERICANOS.

Sistema comercial establecido por España en las posesiones de América i sus consecuencias.—Eepresentacion relativa al asunto elevada a nombre del cabildo de Santiago.—Los comerciantes franceses se aprovechan del advenimiento de Felipe V al trono de España para venir a traficar en los puertos de la América Española.—Bandos severos dictados por el presidente don Juan Andres de Ustáriz contra los franceses que vinieran a comerciar en Chile, i contra los chilenos que fueran sus cómplices.—Fallo pronunciado en el juicio de residencia a que fuá sometido el presidente Ustáriz por sus actos en el período que ejerció el gobierno superior do Chile.—Miserable situacion en que habia colocado al reino de Chile el réjimen económico establecido por España en América.

En el capítulo anterior, he mencionado la aspiracion a la reforma del réjimen económico que so despertó en los dominios hispano-americanos, particularmente a fines del siglo XVIII.

Con este motivo, i ántes de esponer algunos hechos referentes a esta tendencia innovadora en Chile, creo oportuno entrar en algunas consideraciones sobre la organizacion de la industria i del comercio en las colonias que la España habia es-. tablecido en el nuevo mundo, porque indudablemente el lejítimo descontento que esa organizacion produjo en el ánimo de los habitantes de estas rejiones contribuyó sobre manera a prepararlos para que procuraran separarse de la metrópoli, cuando se les presentó ocasion propicia para ello.

Los hombres desean naturalmente vender al mayor precio posible lo que producen, i comprar cuanto mas barato puedan lo que necesitan.

Este es el principio rudimental i obvio que rije en esta materia.

La metrópoli hizo cuanto estuvo en sus manos para contrariarlo.

El efecto inmediato de sus disposiciones, fué la disminucion de los individuos que traian a los americanos las mercancías europeas de que habian menester, i la de los que podian comprarles sus escasas producciones.

En consecuencia, los americanos tenian que vender mui barato i que comprar mui caro.

Estas absurdas disposiciones de la metrópoli son mui conocidas de todos para que yo deba detenerme a detallarlas.

Segun las leyes, los habitantes de las colonias españolas en el nuevo mundo no podian comerciar sino con los españoles.

I todavía por mucho tiempo, hasta el reinado de Cárlos III, hasta el año de 1778, no les fué permitido comerciar con todos los peninsulares, sino solo con un cierto i determinado número de ellos a quienes se concedia que una vez al año enviasen desde un puerto señalado (primero Sevilla, i despues Cádiz), a los dominios de América una cantidad limitada de mercaderías.

Cuando, ya avanzada la segunda mitad del siglo XVIII, Carlos III tuvo la feliz idea de permitir el libre comercio entre la metrópoli i las colonias, no pensó siquiera en alzar la mal aconsej ada i funesta prohibicion de comerciar con los estranjeros, que la España se esforzó por mantener durante todo el largo periodo de su dominacion en América.

Así, la reforma de aquel sabio monarca, por saludable que fuera, estuvo mui léjos de aplicar al mal todo el remedio conveniente.

El único arbitrio que habia para correjir como correspondia un sistema tan opuesto a las advertencias del buen sentido habria sido abrir los puertos de los dominios hispano-americanos al comercio de todas las naciones.

Las consecuencias fatales de este réjimen ultraprohibitivo, aunque endulzadas, continuaron desenvolviéndose.

Estas consecuencias eran la despoblacion i pobreza de las colonias, el disgusto de los habitantes contra un órden de cosas que los sometia a las mayores privaciones, la práctica del contrabando en una grande escala, la malevolencia contra España de las naciones marítimas, que no le perdonaban el que les cerrara los mercados del nuevo mundo.

La metrópoli, por ignorancia, por excesiva suspicacia, por el deseo de estraer ella sola a la América todo el tocino, como decia el conde de Aranda, se habia empeñado en aislar del resto del mundo sus posesiones ultramarinas; pero como aquello era contrario a la naturaleza, sus colonos, mui sumisos en todo lo demas, no habian tenido escrúpulos de trabar relaciones con los estranjeros, siempre que lo habian podido, a pesar de todas las prohibiciones, i a riesgo de todos los castigos.

Por real órden espedida en San Ildefonso a 15 de setiembre de 1776, mandó el soberano a las autoridades civiles i eclesiásticas que desarraigasen el error en que estaban sus pueblos del nuevo mundo "de no haber pecado en la usurpacion de los reales derechos."

Pero todo fué inútil: el contrabando continuó floreciente hasta la revolucion de la independencia.

Voi ahora a confirmar con algunos hechos i documentos relativos a la historia de Chile, ignorados hasta ahora, la exactitud de las observaciones precedentes.

II.

Principiaré por dar a conocer un documento del cual aparece que ya a principios del siglo XVIII, los chilenos reclamaban por los perjuicios que esperimentaban a causa del aislamiento comercial en que se les mantenia.

Véase lo que se esponia a la audiencia de Santiago en 10 de diciembre de 1705.

"mui Poderoso Señor. Don Andres López de Gamboa, procurador jeneral de esta ciudad, digo que en el cabildo de ella se ha acordado que se informase a Su Majestad la necesidad que tenian estas provincias de que en ellas se introdujesen sin impedimento las mercaderías que llegan en navíos de permiso al puerto de Buenos Aires, i especialmente por lo que toca a los negros esclavos; i se ha de servir Vuestra Alteza de mandar que sobre ello se informe por esta real audiencia con las noticias que justifican esta pretension para que por la real persona se declare la permision, alzando cualquiera prohibicion que para esto hubiere habido, porque siendo esto permitido para las provincias de Tucuman, Paraguai i Buenos Aires, todas las razones de congruencia que en esta per

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