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Conforme al método que me he propuesto seguir en esta obra, voi a hacer que un distinguido contemporáneo don Miguel José de Lastarria sea quien describa las miserias de aquella aflictiva situacion.

Tengo a la vista un manuscrito suyo, el cual lleva por título: Proyecto que se propone a la suprema junta de real hacienda del reino de Chile en aumento del real erario i beneficio público sobre la estraccion de granos para Lima.—1793—1795.

Leamos algo de lo que entonces escribia Lastarria acerca del asunto que estoi tratando.

"Para cultivar el trigo, empeñan anticipadamente sus cosechas todos los pequeños i miserables labradores, muchos de ellos medianos i algunos do los principales hacendados, no por dinero, sino lo jeneral por otras especies que reciben apreciadas sobrecargadamente con un veinte i cinco por ciento, cuando ménos, en beneficio del mercader que se paga con el trigo de aquellas, estimada la fanega en tres o cuatro reales, i al respecto de seis u ocho, si ha sido el trato con los mayores labradores o con algunos de los medianos. Por esta imvariable pignoracion, no puede decir el comun de ellos: esta cosecha es mia, en tiempo de ellas; i aun quedan debiendo. Llegan a tanto las estrecheces de su necesidad, que en las siguientes siembras, se hallan sin semilla, por lo que piden prestada una fanega de las que han pagado, para volver dos, i aun tres, en las nuevas cosechas.

"Si dichos labradores han caído en las manos de los mercaderes de pormenor, éstos con todo su trigo, son del mismo modo sobrecojidos de los principales de quienes dependen, entre los cuales se notan los pocos valistas que procuran abrazar por miles este comercio. En el mismo negocio entran algunos diezmcros i principales hacendados que con ocasion de residir en la compaña, se hacen tambien mercaderes de un pormenor vasto, i a quienes el arrendamiento de sus tierras, el uso de sus herramientas, el servicio de sus bueyes, mulas, bebidas, alimentos i otros ausilios sirven de moneda para comprar por ínfimo precio las futuras cosechas del comun de los otros labradores.

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"Las pocas manos de los valistas, en cuyo poder hemos dejado el trigo, se reunen tácita, pero desconcertadamente para poner la lei a los navieros, que la reciben cuando pasan de dos barcos que compran a un tiempo, en circunstancias que los mas astutos han conseguido poner su trigo con medida en las bodegas (de Valparaíso). Inmediatamente corre la voz de su buen precio. Entónces se desconciertan mas, i agolpan en el puerto el que tienen reservado. Los medianos labradores dejan exhaustos sus grandes costales, que llaman hurones, con la esperanza consiguiente de llegar a tiempo; pero Son pocos los afortunados. Abastecidos los navíos, i perjudicándoles el regreso de su conduccion, lo dejan vendido con pérdida.

"A este exceso, se sigue la escasez en los partidos, inevitablemente en la capital, i la ruina de los valistas, pues corriendo los dias sin que llegue navío (lo que estudian sus dueños con la mira de que se vean juntar las nuevas cosechas con las grandes porciones rezagadas), éstas se calientan o agorgojan, i se arrojan al mar, si no sucede que aun dañado lo compren algunos navieros para mezclarlo con el bueno, segun se ha esperimentado, sin que teman ser descubiertos, porque los panaderos les son tan sus confidentes, que por sus dependencias entran en liga aun contra sus mismos compatriotas (los limeños i peruanos). Esto se acredita con los hechos que refiere el señor don Pedro José Bravo de Lagúnas en su voto consultivo sobre el trigo criollo impreso en Lima, año da 1755.

"Los comisionados de los navieros, que son sus espiones en esta provincia, ocultan la noticia del arribo que esperan de los barcos, a no ser que seguros de su crédito ya cubierto, de que lo anuncian otras correspondencias, la confirman por tener interes en los propios trigos, dando los suyos comprados a subido precio segun el de la plaza. De lo vago, incierto, casual i momentáneo, ha de resultar la ganancia o pérdida de los navieros o valistas.

"Se manifiesta por último la naturaleza de estas negociaciones con el hecho que frecuentemente acaece sobre el precio. En una mañana, no hai quien, por mas dilijente, pueda vender su trigo por cinco o seis reales fanega; los corredores cruzan las calles con los vales; i a la tarde del propio dia, nadie puede conseguirlo, por catorce o diez i ocho reales. Inmediatamente vuelve a variar, siendo la casualidad la que decide el punto de vida de semejante fortuna efímera.

"Llamar a esto comercio es abusar de las palabras; no es tal; es un pillaje, donde basta ser de los primeros, apresurarse i aventurar. Esta es, sin embargo, toda la ciencia, diametralmente opuesta a su verdadero espiritu, que pide para comprar i vender una marcha sin precisiones ni estrechez, siendo mas útil a proporcion qne se arriesga menos. Es verdad que para recompensar las grande» pérdidas, que por su naturaleza no pueden preverse, estudian los valistas asegurar una desmedida utilidad; así es que siempre que se habla de comprar trigo, se oye hablar de monopolios, i no cuando se emprenden otras negociaciones."

Don Miguel José de Lastarria, como otros de los que escribieron en Chile durante la época colonial, se complace en hacer notar el contraste que se observaba entre las riquezas naturales del país i las miserias de los habitantes, que por los vicios de la organizacion social i política no podian aprovecharse de los dones del Creador.

"¡Qué estupenda fertilidad la de Chile! esclama. Artificiosamente se cubre su suelo de piedras, i la tierra por entre ellas manifiesta sus yerbas olorosas, ostentando asombrosamente su feracidad. Hai lugares sobre la ribera del mar (en la embocadura del rio de Aconcagua, en Quintéros, Puchyneaví, Catapilco hasta el Papudo) donde basta arrojar el trigo i cubrirlo con la tierra, sin que antes fatigosamente se prepare, ni despues se riegue, para volver a los seis o siete meses por el fruto. En otros parajes, la siembra de un año rinde dos cosechas; i los abusos de su comercio, que he indicado, hacen tambien dejar en pié, o abandonar a los ganados, las que cultivan sus grandes propie. tarios por ser ménos su importe, que el valor de los últimos jornales i conduccion al puerto. Entón. ces, dicen: Dios castiga aquí con la abundancia.”

";Bravos animales que mereceis en Chile mas aficion que los hombres! agrega Lastarria mas adelante. Celosos éstos, algun dia os declararán la guerra. Vuestra Excelencia comprende mui bien el fundamento. Pocos individuos i algunos conventos son dueños de Chile, poseen la mayor i mejor parte de esta gran provincia. Unas donaciones de falsa piedad i nada legales, un desordenado repartimiento de inmensos territorios, tampoco conforme a nuestras leyes agrarias, han sacrificado en sus orillas numerosas descendencias. Los absolutos propietarios solo dan entrada a los precisos peo

nes. Careciendo éstos de suelo para poner sus pies, todo lo hace el arbitrio de los señores, nada puede el pacto, de modo que si los desdichados mejoran con su sudor la pequeña suerte que arriendan por el valor de sus jornales, tienen que sufrir la subida del canon que habian de pagar. Si el amo hace rodeo, o va a juntar las vacas, han de concurrir luego i dejar la azada o la hoz, aunque les sean fatales los instantes. Perpetuamente tienen pignoradas sus futuras o continjentes cosechas. El dia de ellas es el mas amargo, cuando habia de ser de regocijo. Al instante que amontonan su trigo en la era, los acreedores lo arrebatan. Las canciones a Céres se cambian en lamentos. ¡Cuántos vuelven a sus chozas con la pala al hombro llamando a su familia para que espiguen los rastrojos i partan con las aves el fruto cierto que cuentan para dos dias! Siguen los de angustia en busca de alimento. Los pequeños hijos o hijas, desnudos, i a boca seca, con sus alforjas a la espalda, caminan leguas, i llegan a la casa de su señor a pedir prestado un almud de trigo (que se ha de pagar duplo o triple en las cosechas). ¡Con qué humildad i miedo tienen que esperar! Entre tanto, la madre abraza a la criatura para darle la sangre de sus pechos. Llega el sustento, tuesta un poco del trigo, lo muele i deslíe en agua fria o caliente; esta es toda la comida de la infeliz familia. El dia que el trabajo de los desdichados no es necesario en la hacienda los despiden. Si tardan en mudarse, ven las obras de sus manos, sus chozas, reducidas a cenizas por el fuego que inhumanamente encienden los déspotas. Segun el cuidado que éstos tienen de alejar a los hombres (no hai peor hacienda, dicen, que la que tiene caminos públicos o habitaciones vecinas), no se aprovechan de los establos,

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