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se acredita con los hechos que refiere el señor don Pedro José Bravo de Lagúnas en su voto consultivo sobre el trigo criollo impreso en Lima, año da 1755.

"Los comisionados de los navieros, que son sus espiones en esta provincia, ocultan la noticia del arribo que esperan de los barcos, a no ser que seguros de su crédito ya cubierto, de que lo anuncian otras correspondencias, la confirman por tener interes en los propios trigos, dando los suyos comprados a subido precio segun el de la plaza. De lo vago, incierto, casual i momentáneo, ha de resultar la ganancia o pérdida de los navieros o valistas.

"Se manifiesta por último la naturaleza de estas negociaciones con el hecho que frecuentemente acaece sobre el precio. En una mañana, no hai quien, por mas dilijente, pueda vender su trigo por cinco o seis reales fanega; los corredores cruzan las calles con los vales; i a la tarde del propio dia, nadie puede conseguirlo, por catorce o diez i ocho reales. Inmediatamente vuelve a variar, siendo la casualidad la que decide el punto de vida de semejante fortuna efímera.

"Llamar a esto comercio es abusar de las palabras; no es tal; es un pillaje, donde basta ser de los primeros, apresurarse i aventurar. Esta es, sin embargo, toda la ciencia, diametralmente opuesta a su verdadero espiritu, que pide para comprar i vender una marcha sin precisiones ni estrechez, siendo mas útil a proporcion qne se arriesga menos. Es verdad que para recompensar las grande» pérdidas, que por su naturaleza no pueden preverse, estudian los valistas asegurar una desmedida utilidad; así es que siempre que se habla de comprar trigo, se oye hablar de monopolios, i no cuando se emprenden otras negociaciones."

Don Miguel José de Lastarria, como otros de los que escribieron en Chile durante la época colonial, se complace en hacer notar el contraste que se observaba entre las riquezas naturales del país i las miserias de los habitantes, que por los vieios de la organizacion social i política no podian aprovecharse de los dones del Creador.

"¡Qué estupenda fertilidad la de Chile! esclama. Artificiosamente se cubre su suelo de piedras, i la tierra por entre ellas manifiesta sus yerbas olorosas, ostentando asombrosamente su feracidad. Hai lugares sobre la ribera del mar (en la embocadura del rio de Aconcagua, en Quintéros, Puchuncaví, Catapilco hasta el Papudo) donde basta arrojar el trigo i cubrirlo con la tierra, sin que antes fatigosamente se prepare, ni después se riegue, para volver a los seis o siete meses por el fruto. En otros parajes, la siembra de un año rinde dos cosechas; i los abusos de su comercio, que he indicado, hacen tambien dejar en pié, o abandonar a los ganados, las que cultivan sus grandes propietarios por ser ménos su importe, que el valor de los últimos jornales i conduccion al puerto. Entonces, dicen: Dios castiga aquí con la abundancia."

"¡Bravos animales que mereceis en Chile mas aficion que los hombres! agrega Lastarria mas adelanto. Celosos éstos, algun dia os declararán la guerra. Vuestra Excelencia comprende mui bien el fundamento. Pocos individuos i algunos conventos son dueños de Chile, poseen la mayor i mejor parte de esta gran provincia. Unas donaciones de falsa piedad i nada legales, un desordenado repartimiento de inmensos territorios, tampoco conforme a nuestras leyes agrarias, han sacrificado en sus orillas numerosas descendencias. Los absolutos propietarios solo dan ontrada a los precisos peones. Careciendo éstos de suelo para poner sus pies, todo lo hace el arbitrio de los señores, nada puede el pacto, de modo que si los desdichados mejoran con su sudor la pequeña suerte que arriendan por el valor de sus jornales, tienen que sufrir la subida del canon que habian de pagar. Si el amo hace rodeo, o va a juntar las vacas, han de concurrir luego i dejar la azada o la hoz, aunque les sean fatales los instantes. Perpetuamente tienen pignoradas sus futuras o continjentes cosechas. El dia de ellas es el mas amargo, cuando habia de ser de regocijo. Al instante que amontonan su trigo en la era, los acreedores lo arrebatan. Las canciones a Céres se cambian en lamentos. ¡Cuántos vuelven a sus chozas con la pala al hombro llamando a su familia para que espiguen los rastrojos i partan con las aves el fruto cierto que cuentan para dos dias! Siguen los de angustia en busca de alimento. Los pequeños hijos o hijas, desnudos, i a boca seca, con sus alforjas a la espalda, caminan leguas, i llegan a la casa de su señor a pedir prestado un almud de trigo (que se ha de pagar duplo o triple en las cosechas). ¡Con qué humildad i miedo tienen que esperar! Entre tanto, la madre abraza a la criatura para darle la sangre de sus pechos. Llega el sustento, tuesta un poco del trigo, lo muele i deslíe en agua fria o caliente; esta es toda la comida de la infeliz familia. El dia que el trabajo de los desdichados no es necesario en la hacienda los despiden. Si tardan en mudarse, ven las obras de sus manos, sus chozas, reducidas a cenizas por el fuego que inhumanamente encienden los déspotas. Segun el cuidado que éstos tienen de alejar a los hombres (no hai peor hacienda, dicen, que la que tiene caminos públicos o habitaciones vecinas), no se aprovechan de los establos, no crian los ganados en manadas, dispersan las vacas, inutilizan mas campo que el que ordenadamente bastaria. Las vacas han de vagar por mas suelo que el preciso para que engorden, miéntras los hombres carecen del necesario, o solo pisan el estrecho que precariamente cultivan, manifestando en su semblante un pálido desaliento. ¡Qué contraste tan asombroso! ¡un país tan fértil i sus habitantes tan hambrientos!"

Don Miguel José de Lastarria proponia para remediar una situacion tan miserable el mas estrafio de los arbitrios.

Segun su dictámen, el soberano debia ser el único que pudiese comprar el trigo a los cultivadores con arreglo a una proporcion o distribucion que Lastarria cuidaba de fijar, i el único que pudiese venderlo a los navieros que lo conducian al Perú.

El precio de compra i el de venta debian ser invariables.

El soberano debia comprar a diez reales la hanega, siendo de su cuenta el pago de las bodegas en Valparaíso, i debia vender a catorce reales.

Lastarria se empeñaba por demostrar que su plan mejoraria la condicion de los agricultores chilenos, i dejaria al rei una ganancia de setenta i cinco mil pesos anuales, calculando en doscientas mil las hanegas de trigo que se llevaran a Lima.

Las noticias que acaban de leerse, son suficientes por sí solas, sin necesidad de comentarios, para hacer comprender la situacion económica de Chile en el último siglo del periodo colonial.

Sin embargo, quiero agregar un nuevo dato que acabará de dar a conocer lo que era el movimiento industrial i comercial do este pais en la época mencionada.

Segun documentos oficiales que tengo a la vista, se cobraban, entre otros, el año de 1748, los siguientes impuestos:

El cuatro por ciento de alcabala a las mercaderías traídas de España, i al valor de todas las ventas i permutas que se ejecutaban en Chile;

El cinco por ciento de almofarifazgo al precio en que fueran vendidos los efectos de comercio quo entrasen por mar en este reino, a escepcion de los de Castilla, que, como queda dicho, pagaban el cuatro por ciento; i el tres por ciento en razon de almofarifazgo i union de armas a todos los que saliesen;

El dos por ciento a las mercaderías de importacion en razon del derecho de avería para mantener armada contra corsarios en el puerto del Callao;

El de ocho pesos por cada petaca, fardo o tercio de dos en carga de caballería a todos los efectos, mercaderías i ropa de Castilla que vinieran de Buenos Aires, por la cordillera;

El cuatro por «ciento de sobrecargo a cada tercio de ropa traído de Buenos Aires, avaluado para este efecto a ochenta pesos;

El cuatro por ciento al precio en que se vendieran en Chile los negros traídos de Buenos Aires;

El cinco por ciento al mayor precio respecto del que hubieran sido comprados en Buenos Aires en que se vendieran los negros de uno i otro sexo;

El de siete pesos cuatro reales sobre cada negro traído de Buenos Aires que se embarcara para el Perú, sin que hubiera pagado entrada.

Habiéndose el año de 1748 puesto en remate público el valor de todos los derechos enumerados, por el término do seis años, se presentaron tres postores, cuyos nombres i ofertas fueron las que siguen:

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