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porque redundaria en perjuicio de los peninsulares, habituados a poner en su caldo el tocino de los americanos, segun la espresion del conde de Aranda.

I que tampoco podia acceder, porque si lo hiciera, disminuirian sus reales entradas.

En tal estado de cosas, i dada la situacion en que se iba encontrando la América Española, don Manuel de Sálas, que estimulaba a los chilenos a que se empeñaran en descubrir el tesoro oculto a fin de que hallándolo, pudieran servir mejor a su rei i señor, los empujaba en rigor de verdad, sin fijarse en ello, a buscar los medios de llevar a cabo un gran trastorno político i social.

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CAPITULO VIII.

LA REVOLUCIÓN DE ESPAÑA.

Rápido engrandecimiento de don Manuel Godoi.—Impopularidad de este ministro.—Escandalosas desavenencias de la familia real.—Invasion de España por los franceses, i usurpacion del trono por José Bonaparte.—Proyecto atribuido a los reyes padres de venirse a América.—Impresion que los sucesos de España producen en el ánimo de los hispano-americanos.—Contradiccion entre las palabras i los actos de las autoridades nacionales de la Península respecto de los hispano-americanos.—Consecuencias a que da oríjen este procedimiento.

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El principal apoyo de la dominacion española en América era el prestijio moral de la metrópoli, i sobre todo, de la persona del rei.

Los criollos se habian ido trasmitiendo de padres a hijos que la España sobresalia entre las demas naciones como, segun el pastor de Virjilio, Roma sobresalia entre las otras ciudades, como los altos cipreses descuellan entre las flexibles mimbreras.

A la cabeza de aquella nacion tan caballerosa i tan leal, tan excelsa i tan magnánima, estaba, segun se lo imajinaban, un soberano digno de tal puesto, un verdadero unjido del Señor, que gobernaba su vasto imperio de acuerdo con el vicario de Jesucristo, atendiendo a la felicidad de sus súbditos, no solo en este mundo, sino tambien en el otro.

Este dogma de la majestad real era el mas sólido fundamento de la soberanía de España en las comarcas del nuevo continente.

Es por demas fácil comprender que para que se mantuviera incólume esta veneracion estraordinaria a la persona de un simple mortal, era requisito indispensable que el trono estuviera ocupado por un hombre siquiera medianamente digno, que a haber morado en una aldea, no hubiera estado espuesto a las burlas i al desprecio de sus oscuros vecinos.

Sucedió que Cárlos IV, proclamado sucesor de su ilustre padre Cárlos III el 17 de enero de 1789, no poseia una calidad tan vulgar.

Estaba casado con María Luisa, reina tan liviana, como poco recatada, que no se tomaba la molestia de guardar siquiera las apariencias, disimulando su libertinaje.

Los reyes de España se habian esmerado siempre, particularmente en sus dominios de América, por mantener inmaculada la santidad del matrimonio.

A pesar de las numerosas i variadas ocupaciones que era de suponerse les impusiera el gobierno minucioso de rej iones tan estensas, como separadas entre sí, era comunísimo verles espedir ex profeso reales cédulas para reprender o correjir cualquiera irregularidad o escándalo en el hogar doméstico mas ignorado, en uno de Santiago o de Concepcion, por ejemplo.

Parecía que los monarcas habian puesto particular empeño en manifestar que velaban por la observancia de la mas estricta moralidad hasta en el último rincon de sus dominios.

Pero Cárlos IV, que no se mostró ménos solícito que sus antecesores por la práctica de las buenas costumbres, se ostentaba guardian vijilante de la decencia pública en todas partes, ménos en su real palacio, ménos en su propia alcoba.

Ya se concebirá, sin que yo me detenga a manifestalo, cuál sería el efecto que causaria una conducta semejante, i especialmente en el nuevo mundo.

Pero el rei Cárlos IV no se limitó a no ver o a no querer ver lo que tanto le habria importado observar i enmendar.

Se complació en ir elevando de grado en grado, i con una rapidez injustificable, a uno de sus simples guardias de corps, don Manuel Godoi, a quien por lo gallardo de la figura, la reina María Luisa daba la preferencia entre sus varios galanes favorecidos.

Desde 1784 a 1791, Godoi, por influjo de la reina, i por la complacencia del rei (aun desde ántes que ciñera la corona), fué nombrado sucesivamente comendador de la órden de Santiago, ayudante de su compañía, esento de guardias, ayudante jeneral del cuerpo, brigadier de los reales ejércitos, mariscal de campo, jentilhombre de cámara de Su Majestad con ejercicio, sarjento mayor del real cuerpo de guardias de corps, caballero gran cruz de la real i distinguida órden de Cárlos III, grande de España con el título de duque de la Alcudia, consejero de estado, superintendente jeneral de correos i caminos.

¿Parecen muchas las distinciones enumeradas?

Pues todavía no eran todas las que habia recibido.

El libro de que he copiado la precedente enu

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