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La conducta oprobiosa del príncipe Fernando no se redujo a lo que queda referido.

Con fecha 11 de octubre de 1807, habia escrito al emperador de los franceses Napoleon I una humildisima carta en la cual se ponia bajo su proteccion, haciendo alusiones indecorosas a la situacion doméstica en que se encontraba, e implorando el honor de recibir por mujer a alguna princesa de la familia imperial.

Miéntras el heredero de la monarquía española se prosternaba ante el soldado feliz que se habia sentado sobre el antiguo trono de los Borbones en Francia, el príncipe de la Paz, por su parte, sacrificaba al mismo conquistador, para obtener la adjudicacion de un principado hereditario, los intereses de la nacion cuyo gobierno se le habia confiado sin merecerlo.

El rei Cárlos IV, la reina María Luisa, el príncipe Fernando i el ministro Godoi eran mui dignos de vivir, o mejor dicho, de intrigar i reñir en familia.

Sin embargo, el jeneroso pueblo español, que estaba impaciente de soportar tanta ignominia, hacía una distincion injustísima entre aquellos cuatro personajes de igual ralea.

Consideraba al rei, i sobre todo a la reina i favorito, como los principales autores de las desgracias i humillaciones públicas.

Cifraba en el príncipe heredero las mas halagüeñas esperanzas de rejeneracion.

Todo era animadversion para los primeros; afecto para el segundo.

Los sentimientos que animaban a los habitantes dela América Española eran enteramente análogos.

Sin embargo, preciso es advertir que el espectáculo tan degradante que presentaba la corte de Madrid era mui poco propio para conservar pura i viva la veneracion a la real persona que servia de principal fundamento a la dominacion española en las comarcas del nuevo mundo.

IV.

El desgobierno de España, las divisiones de la familia real, los necios procedimientos de Godoi habrian inspirado por sí solos al audaz i ambicioso Napoleon I el pensamiento de adjudicar la soberanía de aquel reino o imperio a uno de sus hermanos, aun precidiendo de las otras consideraciones que pudieron haberle inclinado a cometer un atentado que no era el primero de su clase perpetrado por él.

Ño tengo el propósito de narrar, o siquiera de resumir a la lijera en esta ocasion los mui conocidos i memorables sucesos que ocurrieron en España.

Todos recuerdan con mas o ménos pormenores la invasion de las provincias españolas, los tumultos de Aranjuez, la prision de Godoi, la abdicacion de Cárlos IV, la proclamacion de Fernando Vil, los deplorables altercados que el padre i el hijo tuvieron en Bayona delante del emperador, las vergonzosas renuncias de la corona que hicieron uno i otro, su internacion en Francia.

Todos saben igualmente que Napoleon cedió el cetro de España a su hermano José Bonaparte; i que la gran mayoría del pueblo español, con patriótico fuego, sin reparar ni en dificultades ni en peligros, se levantó heroicamente contra el usurpador intruso i descreído, que debia su elevacion a su hermano el Atila moderno, el cual mas osado que el antiguo, no habia retrocedido ante poner en prision al vicario de Jesucristo.

Pero aquel movimiento nacional contra la invasion francesa estuvo distanto de ser unánime.

Es este un hecho que importa mucho hacer constar, porque ejerció indudable influencia en las conmociones de la América Española, que trajeron al fin la revolucion de la independencia.

Hubo crecidisimo número de españoles, i entre ellos, algunos mui ilustres por distintos aspectos, que sigueron la bandera del rei José.

Allá por el año de 1809 particularmente, el Mario Oficial del Gobierno, órgano del monarca estranjero, aparecia atestado de manifestaciones en su favor que le dirijian Jas diputaciones de las ciudades sometidas, los ayuntamientos, los prelados i cabildos catedrales, las órdenes i comunidades relijiosas, en una palabra, las corporaciones ecleciásticas i civiles de toda especie.

El usurpador consiguió aun alistar para que defendiesen su causa rejimientos enteros compuestos de españoles.

La junta suprema central gubernativa del reino que los patriotas españoles habian organizado para que rijiese la monarquía durante la cautividad de Fernando VII, a quien reputaban el único soberano lejítimo, tomaba empeño en comunicar con la mayor indiscrecion, tales defecciones a los habitantes del las provincias hispano-americanas.

Voi a citar dos ejemplos de esta conducta, por demas impolítica.

Por real órden de 25 de marzo de 1809, se previno a todas las autoridades de América, i por supuesto a las de Chile, que indagaran los bienes que podian poseer en estos dominios varios españoles ilustres que habian seguido al frances, para que fuesen confiscados.

Por otra real órden de 3 de junio de aquel año, so trascribió un decreto que habia declarado indignos de su ministerio i reos presuntos de alta traicion a los obispos que habian abrazado el partido del tirano, mandando ocupar sus temporalidades, i embargar sus bienes, i entregar sus personas, si podian ser habidas, al tribunal de seguridad pública.

¿Para qué se comunicaban estos decretos a los erinos de América, donde no residian los personajes de que se trataba, ni se sabía que poseyeran propiedades?

I adviértase que estos despachos se enviaban hasta por duplicado; i que con arreglo a su tenor recibian toda la publicidad posible para que tuvieran el mas cabal cumplimiento.

El único resultado positivo de semejantes comunicaciones era que los hispano-americanos se informasen de que muchos españoles, entre ellos, algunos nobles titulados de Castilla i algunos prelados de la iglesia, abandonando al Borbon, tributaban homenaje al Bonaparte.

La junta central hacía todavía mas.

Con la mayor frecuencia, estaba encargando a los gobernantes hispano-americanos que estuvieran mui vijilantes, porque los franceses se disponian a enviar a las provincias del nuevo mundo aj entes que buscaran secuaces para su causa, indicando que esos ajentes serian escojidos de preferencia entre los españoles de cierta representacion.

Entre otras, hai una real órden fecha 14 de febrero de 1809, trascrita a Chile, en la cual se manda que se trate como traidores a todos los españoles que vinieran a América a trabajar en favor de los franceses; i que se tuviera por sospechosos a todos los españoles que vinieran de las costas ocupadas por el enemigo.

Si las autoridades nacionales de la Península estaban en continuo sobresalto temerosas de que no faltaran españoles que se prestaran a servir 'de ajentes a los invasores estranjeros para venir a alborotar los dominios americanos, con mayor razon recelaban que hubiera franceses que aceptaran semejante comision. Así eran repetidisimas las recomendaciones que dirijian a los gobernantes del nuevo mundo a fin de que estuvieran vijilantes i apercibidos contra tal peligro.

Estos avisos inquietaban sobre manera a los que tenian el deber i el propósito de conservar ileso el réjimen colonial establecido en los reinos de'América.

Véase lo que se lee en el libro de votos de la audiencia con fecha 3 de noviembre de 1809.

"En acuerdo ordinario de justicia, se contestó un oficio del mui ilustre señor presidente a que acompañó una real órden de la suprema junta central para que, así a los estranjeros, como a los naturales sospechosos, o que no estén plenamente decididos por la justa causa que defiende la nacion, se les remita a aquellos reinos con la justificacion breve i sumaria que acredite su conducta; i resolvieron o acordaron dichos señores (los oidores Concha, Aldunate, Irigoyen i Baso) que a los estranjeros no domiciliados se les espeliese, aun no siendo de nacion franceses, con escepcion de aquellos que sirven oficios mecánicos útiles a la república con arreglo a la lei 13, título 27, libro 9 de las Municipalidades; i que a los de estado casados con hijos, o que tengan veinte años o mas de residencia, o viejos, o enfermos habitualmente,

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