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Por último, el autor de la cancion llamaba la atencion sobre aquellos versos

¡Oh chileno! si tienes
Justo amor a tu suelo,

pues, alegaba Fernández: si yo hubiera querido halagar las pasiones revolucionarias, habria dicho:

¡O chileno! si tienes
Amor al patrio suelo,

habiendo por el contrario escrito justo amor, porque yo deseaba que Chile no se apartara de la justicia.

Tanto el presidente don Mariano Ossorio, como los individuos del cabildo, se dieron por satisfechos con las precedentes escusas, sin imponer al contrito Fernández otra penitencia que la de publicarlas "a fin de aquietar el escrúpulo de las personas que pudiesen haberse persuadido de que aquellos versos tuvieran mal sentido, por mas que la intencion del autor al hacerlos hubiera sido sana."

A la verdad, don Manuel Fernández, en la precision de defender su conducta, se habia visto obligado a desnaturalizar el sentido incontestable de ciertas espresiones.

Sobre todo, habia imputado la miseria estremada de Chile a la indolencia de sus habitantes, lo que constituia la mas curiosa de las esplraciones.

Pero la sustancia de su razonamiento habia sido mantenida; i los reconquistadores peninsulares i sus allegados no se habian atrevido a contradecirla, i esto, al dia siguiente de una gran victoria, i al principio de una implacable reaccion contra las innovaciones proyectadas o acometidas.

Así, los mas acérrimos partidarios de la conservacion del réjimen colonial, los que acababan de venir a sostenerlo a sangre i fuego, reconocian, por lo ménos de un modo indirecto, que los intereses de la ilustracion, de la industria i del comercio necesitaban ser mas atendidos en este país.

El hecho que acabo de esponer basta para hacer comprender lo. simpáticas que tales doctrinas debian ser a la mayoría de los criollos.

I en efecto lo eran.

Muchos chilenos se lisonjeaban con que era posible mirar por el adelantamiento del país sin faltar a la fidelidad que habia de tributarse al soberano.

En los primeros tiempos de la revolucion, capitaneaban, junto con otros, este partido, que era harto respetable por el número i calidad de las personas, dos ciudadanos mui ilustres i beneméritos, don Manuel de Sálas i Corvalan, insigne economista, i don Juan Egaña, eximio literato.

Sálas escribia por entónces en un diario reservado estas notabilísimas palabras: "Los habitantes, sin esceptuar uno solo (esta es la verdad i la escribo delante del Dios de la verdad) sin esceptuar uno, volvieron los ojos a su buen rei, i a la nacion de que nacieron i dependen."

Los estadistas peninsulares habrian debido buscar su punto de apoyo en la importante i distinguida clase a que estoi aludiendo.

Ya no era posible negar a los criollos la intervencion en sus propios negocios.

Ya era indispensable satisfacer las vehementes aspiraciones a un mejor réjimen económico i social que esperimentaban los habitantes del nuevo mundo.

Don Manuel de Sálas i don Juan Egaña, por ejemplo, habian trabajado como simples particulares por la mejora del pueblo mas que las autoridades mismas, i muchas veces a despecho dé éstas.

Un semejante órden de cosas no podia continuar.

Los gobernantes españoles habrian debido renunciar a mirar los dominios hispano-americanos meramente como destinados a proporcionarles "tocino para su caldo gordo," segun la pintoresca espresion del conde de Aranda.

Quizá de esta manera habrian podido hacer durar por algunos años mas su dominacion en estas comarcas.

Pero, sin comprender la situacion, se obstinaron en conservar por la fuerza un sistema, que habia llegado a ser imposible.

Quos vult perdere Júpiter dementat.

III.

He dicho que el partido criollo, salvo algunas escepciones, respetaba la soberanía del monarca de España, aunque anhelaba por que se estableciera un réjimen constitucional que le asegurase la intervencion en los negocios públicos para mirar por la prosperidad material i moral de la tan desatendida América.

Sin embargo, en el seno de aquel mismo partido se admitia, si se realizaban ciertas circunstancias, que estaban mui distantes de ser imposibles, la necesidad de la independencia. , En el tiempo que precedió al 18 de setiembre de 1810, circuló manuscrita entre algunos indivi

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duos una obra mui notable del eminente ciudadano don Juan Martínez de Rózas,

Se titulaba: Catecismo Político-Cristiano, dispuesto para la instruccion de la juventud de los pueblos libres de la América Meridional: su autor don José Amor de la Patria.

Martínez de Rózas combatia valientemente en aquel catecismo el derecho divino de los reyes.

Enseñaba que el oríjen del gobierno está en la nacion.

Sostenia la superioridad del réjimen republicano.

Segun él, los habitantes del nuevo mundo habian jurado obediencia a solo Fernando VII; pero de ninguna manera a la España.

Luego era una deduccion irrefutable que si la Península era dominada por un monarca estranjero, o si lo aceptaba voluntariamente, los pueblos de América tenian el mas incontestable derecho para darse los gobernantes que mejor les pareciesen.

Como se ve, aquel era un caso mui probable de independencia absoluta.

Don Juan Martínez de Rózas, quizá por no lastimar demasiado el sentimiento de fidelidad todavía mui enérjico, acataba los títulos de Fernando VIL

Pero esto con una condicion mui significativa, a saber, la de que habia de venir a fijarse en América.

Hé aquí sus propias palabras:

"Formemos nuestro gobierno a nombre del rei Fernando para cuando venga a reinar entre nosotros. Dejemos lo demas al tiempo, i esperemos los acontecimientos. Aquel príncipe desgraciado es. acreedor a la ternura, a la sensibilidad i a la con

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sideracion de todos los corazones americanos. Si el tirano que no puede someternos con sus atroces i numerosas lejiones lo deja que venga a reinar entre nosotros; si por algun acontecimiento afortunado, él puede romper las pesadas cadenas que carga, i refujiarse entre los hijos de América, entónces nosotros americanos le entregarémos estos preciosos restos de sus dominios, que le habríamos conservado como un depósito sagrado; mas entónces tambien, enseñados por la esperiencia de todos los tiempos, formarémos una constitucion impenetrable en el modo posible a los abusos del despotismo, del poder arbitrario, que asegure nuestra libertad, nuestra dignidad, nuestros derechos i prerrogativas como hombres i como ciudadanos, i en fin nuestra dicha i nuestra felicidad. Si las desgracias del príncipe no tienen término, ni lo tienen los delitos del tirano, entónces el tiempo i las circunstancias serán la regla de nuestra conducta; entónces podrémos formarnos el gobierno que juzguemos mas a propósito para nuestra felicidad i bienestar; pero de contado, ni reyes absolutos, ni intrusos, ni franceses, ni ingleses, ni Carlota, ni portugueses, ni dominacion alguna estranjera. Morir todos primero ántes que sufrir o cargar el yugo de nadie."

Aparece de lo espuesto, que don Juan Martínez de Rózas creia que en todo evento las naciones hispano-americanas debian ser independientes de España o de cualquiera otro estado estranjero, i que solo en la hipótesis de que Fernando VII viniera a residir en estos países, estaban privadas del derecho de elejir los gobernantes que mejor les conviniesen.

Escusado me parece advertir que estas ideas de don Juan Martínez de Rózas eran en aquel tiem

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