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cana fue abandonada por sus Obispos, á escepcion de los ilustres Polo, Moro, &c., y que sin embargo el poderoso influjo de estos personages logró libertar del cisma á la Irlanda, perpetuar muchos millones de católicos en Inglaterra, y conservar un espíritu tan firme en la Religion, que á la vuelta de algunos años de sangrientas escenas bastó que la Reina María, vástago del cetro español, se pusiese á caballo, para entrar triunfante en Londres y restablecer la Religion católica. Mi intento no es referir el drama de las mudanzas de religion en Inglaterra, sino hacer mérito de que tanto Enrique VIII como la Reina Isabel contaban en su partido á los Obispos y clero anglicano, por cuya razon no es aplicable su ejemplo al celo perseverante de la Iglesia hispana, en la que asi los Obispos como el clero están repitiendo á cada instante pruebas heróicas de su adhesion inviolable á la Religion católica. 16. Despues del atentado de Inglaterra, el que algun tanto cuadra á nuestra situacion política es el de José II de Alemania, imitado de los príncipes de Toscana, Parma y Módena, que tambien intentaron reformas eclesiásticas á fuer de soberanos. Por fortuna en estos tiempos se sabe bien lo que quiere decir José II, á quien Voltaire llamaba de los nuestros, distinguian los enciclopedistas con particular recomendacion, y contaban los masones en sus listas; y aun valiéndome de la espresion de Roselly, les pertenecia en cuerpo y alma. No salgo garante

de tales aserciones, ni me incumbe escudriñarlas, cumpliendo á mi propósito saber que el referido emperador y los antedichos príncipes estaban apoyados, el primero en cuatro Arzobispos metropolitanos y diferentes sufragáneos, y los segundos en varios otros mitrados que se titulaban Padres del Concilio de Pistoya; de lo que se infiere que procedieron sin el obstáculo invencible que presenta la Iglesia hispana, hija obediente de la Santa Sede: por lo que aquellos ruidosos ejemplos de funesta memoria, acompañados despues de traiciones políticas, apostasías y vergonzosas transacciones, no solo no favorecen sino que perjudican á la causa de los novadores. 17. El tercer caso, últimamente, que puede traerse á semejanza es el de Francia, en la que su asamblea nacional, compuesta la mayor parte de enciclopedistas ateos é inmorales, se propuso la reforma de la Iglesia en los mismos y casi idénticos términos enunciados en nuestros papeles incendiarios: y como las novedades proyectadas en Italia y Alemania puede decirse que no pasaron de una tentativa ó un ensayo de profanacion, nos detendremos algun tanto mas en la revolucion francesa, verdadero tipo y modelo de los novadores de España, y del que me reservé hablar espresamente para hacerles conocer ahora la alucinacion con que gradúan lo que ellos llaman fuerzas positivas, pues , aunque nos consta que los asambleistas consiguieron llevará efecto el trastorno de la Iglesia galicana, sabemos tambien que en la famosa Convencion residia una fuerza real y verdadera que no existe en las Cortes ni en el gobierno de España. Hablo de la general fermentacion en que la revolucion francesa encontró la Iglesia de aquella ilustre monarquía al tiempo de su rompimiento, pues desde las cuestiones sobre la gracia, en que tomaron tanta parte con Jansenio algunos ingenios franceses, se levantó un partido numeroso, engruesado con el de los apelantes, el de las regalías, y el conocido en otro tiempo de las libertades de la Iglesia galicana; todos los que, á pesar de su característica diferencia en otros programas de escuela, convenian en recusar la supremacía del Papa respecto á los Obispos, y fundaban sus títulos de grandeza é ilustracion en someterse á los gobiernos temporales. Asi que la Iglesia de Francia en el trascurso de cien años, con su Bossuet á la cabeza, habia mantenido una constante hostilidad con Roma, pretendiendo siempre gobernarse defiriendo á sus reyes y los parlamentos, en términos que el incomparable Fenelon no pudo menos de esclamar al contemplar tan deplorable estado, que en Francia mandaban mas las potestades civiles en la Iglesia que los Concilios y los Papas. Cuando, pues, continuando mi propósito, la asamblea nacional se propuso el plan de la constitucion civil del clero, el espíritu de la Iglesia galicana, prcvenido contra el Pontífice romano y sumamente adicto al gobierno temporal, ofrecia to

dos los elementos proporcionados para fomentar un cisma y servir de instrumento á la revolucion. 18. En efecto, admitido el principio de que la Iglesia galicana gozaba derecho privativo de gobernarse á sí misma libremente sin intervencion de Roma, escudada en los parlamentos y los reyes, era una consecuencia natural que, reasumida la soberanía en una asamblea de representantes, tratase esta de arreglar el clero sin salir de los límites proclamados por los apelantes y los memorables Padres de Pistoya. Esta verdad es tan notoria, que al ventilarse la constitucion civil del clero nadie dudaba en Francia entre los partidarios de las máximas galicanas, tema favorito de Bossuet, en cuanto al derecho de los diputados para dictar leyes eclesiásticas; y únicamente la opinion anduvo vacilante respecto á las bases ó modo de verificar la reforma. Para todo habia sin embargo simpatías y señales vivas de su aceptacion en el Estado eclesiástico, como se vió prácticamente cuando se puso á votacion aquel engendro ponzoñoso de heregía y filosofismo, pues le aprobaron con escándalo un Arzobispo, tres Obispos y mas de setenta clérigos representantes del Estado general, cuya última circunstancia conviene recapacitarse, pues anuncia una fuerza colectiva de mas estension que el guarismo calculado por sí solo. Prescindiendo de una consideracion tan agravante, siempre tendremos que la asamblea nacional procedia apoyada en un Arzobispo Cardenal, tres Obispos y setenta clérigos representantes, siendo asi que las Cortes de España, impugnadas por todos los Obispos para el efecto de reformar la Iglesia, no pueden citar un sufragio de respeto en la masa general del clero, y á mayor abundamiento no poseen ni han poseido jamás un miembro en su seno autorizado por la gerarquía episcopal. Pero la verdadera fuerza de la asamblea francesa no se cifraba en los Obispos y curas propicios á la constitucion del clero, sino mas bien en los principios generales profesados en la Iglesia galicana, sin esceptuar los ilustres treinta y seis prelados que opusieron contra la asamblea su famosa esposicion; pues aunque es innegable que su eramen analítico está vertido con delicadeza religiosa y ha merecido las alabanzas de Pio VI, tambien sabemos por la historia que aquel escrito atacaba la constitucion civil del clero á causa de haberse invadido en ella muchos puntos doctrinales de la Iglesia, mas de ningun modo por haber intentado la reforma omitiendo el consentimiento del Pontífice. Para mí es tan fundada esta observacion, que con ella se disuelven todas las dificultades de los escritores franceses contra la indecision aparente del Papa en aquel caso, pues se advierte sin mucha diligencia que el santo Padre miraba con tanto cuidado la opinion general del clero galicano, que no consideró conveniente condenar la constitucion civil hasta que fue recibiendo sucesivamente las contestaciones y con

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