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Don Antonio José de Irisarri redactó el Semanario Republicano con la enerjía de la juventud i con la exaltación de una lucha cuyo resultado se debatía con las armas en la mano.

Durante algún tiempo, la revolución había seguido una marcha solapada i cautelosa.

Caminaba a la zapa con todo linaje de precauciones.

La independencia existía de hecho, la guerra estaba trabada entre la metrópoli i la colonia, la sangre había coloreado los campos de batalla; i sin embargo, la constitución provisional proclamaba la

aparentaba obrar en representación de este monarca.

Don Antonio José de Irisarri atacó una anomalía tan chocante.

Hé aquí el primero de los artículos que publicó en el Semanario Republicano.

Voi a copiarlo íntegro para dar a conocer el estilo de un literato cuya fama ha resonado en la América i en la Europa, i especialmente para que se vea el desenvolvimiento de la revolución cuyas huellas he querido trazar en el papel

No solo el crimen, sino la virtud, no solo la serpiente, sino el hombre, no solo los seres materiales, sino las ideas, dejan la estampa de su marcha en un camino.

REFLEXIONES SOBRE LA POLÍTICA DE LOS GOBIERNOS DE AMÉRICA

«La revolución de América aparecerá siempre en la historia del siglo XIX formando una época la mas interesante; pero los principios i medios de que se han valido los principales jefes de estos mo

soberanía de Fernando

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vimientos, para llevar a su fin esta grande obra, al paso que a ellos les sirvan de mayor laurel, serán vergonzosos para nuestros pueblos. Es cierto que el gobierno español nunca cuidó mas de cosa alguna, que de darnos una educación conveniente a sus intereses i digna de la suerte en que nos hallábamos. La ignorancia i el terror eran las bases en que sostenía su antiguo despotismo; i por cierto que a ellas solas debe el haber dominado tan arbitrariamente por tantos años sobre inmensos pueblos que podían llevar la guerra i la lei fuera de sus límites antiguos. Así fue que, poseyendo cada reino de América dentro de su territorio todos los recursos que los estados de Europa mendigan del uno al otro polo, solo los americanos eran los que ignoraban su riqueza i los que conocían su verdadera necesidad. Ellos tenían en sus manos los metales que, pasando a la metrópoli, llevaban la opulencia a las familias europeas, i retornaban los grillos i las cadenas que debían robustecer al despotismo. Ellos tropezaban a cada paso con un objeto que podía hacerlos felices, si lo pudiesen conocer; pero no les era lícito indagar su beneficio, sus virtudes o sus usos. De esta suerte, los americanos se sacrificaban por la felicidad de los europeos, al mismo tiempo que fraguaban con sus propias manos los instrumentos de su ruina. Las artes, el comercio, las letras, todo les estaba prohibido de un modo tan insultante i descarado que, aunque hubiesen sido los hombres mas bárbaros, debían conocer que la política de sus dominadores estaba en oposición con su felicidad; o por decirlo mas claro, que la España, para conservarnos en la esclavitud, necesitaba tenernos pobres, ignorantes i oprimidos.

«En este estado, sucede la ocupación de la España por las fuerzas de Napoleón; i en vez de recibir los americanos esta noticia con el placer de la esperanza de su libertad, no tratan de otra cosa que de llorar la desgracia de Fernando. Las ciudades, villas i aldeas del nuevo mundo se disputan su jcnerosidad en los cuantiosos donativos que remiten a su metrópoli para sostenerla en su antiguo poder i señorío. Todas las poblaciones de América miran la cautividad del rei español, como la mayor desgracia que pudiera sucederles, como si en este hombre estuviese cifrada la suerte de la patria, o como si los americanos hubiésemos sido destinados por la naturaleza, según la opinión de Abascal, para vejetar en la oscuridad i abatimiento.

«Bien pronto tuvimos nuevos motivos para arrepentirnos de nuestra miserable conducta. Una gavilla de españoles colectados tumultuariamente se erijen en soberanos de la antigua monarquía; i tomando el nombre de Fernando, pretenden mandarnos como a unos míseros esclavos. Ellos disponen de nuestras cosas con la misma autoridad, que si fuesen nuestros amos naturales; ellos nos insultan en nombre de Fernando; i nosotros veneramos el insulto por venir acompañado de un nombre tan sonoro. ¡Qué vergüenza para el nombre americano! No se podía dar una prueba mas clara del envilecimiento, de la ignorancia i del temor, que la de sufrir un solo instante este yugo ignominioso, que nadie podía imponernos en aquellas circunstancias, a menos que nosotros lo quisiésemos admitir de nuestro grado. Mas a pesar de tanto obstáculo que presentaba la escasez de ideas de nuestros pueblos, no faltaron espíritus ilustrados que emprendiesen la grande obra de sacudir un yugo sentado sobre los corazones mas bien que sobre las cervices; i rompiendo por grados las dificultades que embarazaban la facultad de discurrir sobre los derechos del hombre en sociedad, se fueron acostumbrando los americanos a ver con ojos despreocupados su

pasada infelicidad i su presente situación. A estos esfuerzos debemos el estado de seguridad en que nos hallamos hoi. Solo nos resta desterrar para siempre de nuestro lenguaje el cansado nombre de Fernando, que no contribuye a otra cosa, que a significar debilidad, donde no la hai. Quede Fernando en Francia, lisonjeando los caprichos de su padre adoptivo, o vuelva en hora buena a ocupar el trono bárbaro de los Borbones. Nosotros debemos ser independientes si no queremos caer en una nueva esclavitud mas afrentosa i cruel que la pasada. Fernando rei de la España no puede menos de ser un tirano enemigo de la América; i basta que el trono esté colocado en Europa, para que el cetro de hierro descargue sus golpes despiadados sobre América.

«Bajo de estos principios, yo creo que, en vez de contribuír a nuestro objeto, el nombre de Fernando nos es de mucho perjuício en las actuales circunstancias. Si la España fuese capaz de trastornar nuestros planes, i solo lo dejase de hacer, porque nosotros llamábamos a su pretendido rei, yo convendría en que lo trajésemos en la boca todo el día, i que lo estampásemos en todas las puertas i ventanas de América, como los israelistas hicieron con la sangre del cordero por temor al ánjel esterminador; pero, cuando no estamos en este caso, sino en otro enteramente diverso, soi de sentir que nos perjudica sobre manera esta máscara inoficiosa. Debemos manifestar al orbe entero nuestras ideas a cara descubierta i abandonar el paso equívoco i tortuoso con que nos dirijimos a la absoluta independencia de la España. Debemos obrar con la franqueza que nos inspiran nuestros recursos, i bajo la firme intelijencia de que a nadie puede engañar una máscara, tan conocida, cuanto mal disimulada.

«La conducta observada por el gobierno español

en la Península, i por sus mandatarios en América, nos demuestra mui bien que solo nosotros somos los engañados con el hipócrita disfraz del rei Fernando. Por eso nos tienen declarada la guerra, i nos tratan con todo el rigor que siempre se ha acostumbrado tratar a los rebeldes, sin que por una sola vez se nos haya llamado con otro nombre que el de cabecillas o insurj entes, i sin que hayamos visto que a nuestros prisioneros se trate con la consideración que merecen unos hombres ligados entre sí por los vínculos de un vasallaje común. En Méjico, en Caracas, en Quito, en el Perú, i en este mismo territorio que pisamos, hemos visto las tristes consecuencias de nuestra hipocresía Los verdaderos esclavos de Fernando nos castigan como a rebeldes siempre que consiguen alguna ventaja sobre nosotros. Ellos se consideran autorizados con su fidelidad servil para imponernos la última pena, conduciéndonos con todo el aparato de la criminalidad hasta el cadalso; i nosotros, por ser consecuentes a nuestra política, los respetamos como enviados de nuestro amo i señor natural, a quien tanto amor i obediencia finjimos. Este es un partido mui desventajoso para los americanos, i mui seguro para los enemigos de nuestra libertad. Sangre i fuego lanzan contra nosotros nuestros enenigos; pues sangre i fuego debe ser nuestra correspondencia. La esclavitud nos quieren imponer en nombre de Fernando; pues nosotros debemos proclamar la libertad contra ese nombre abominable. Si somos capaces de vencer a la tiranía, nos haremos felices por nuestras fuerzas; i si nuestra desgracia nos hace caer segunda vez en la esclavitud, encontraremos en nuestra suerte el mismo fin que ya tenemos merecido en el concepto de nuestros tiranos. Nada perdemos con proclamar la independencia de ese Fernando que no existe sino para la devastación

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