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«Por todo esto, no me fue ya posible trasladarme al Perú.

«Ni era decente, ni era conforme a mis sentimientos i principios que yo no ayudase a mis paisanos en la prosecución i defensa de la causa mas ilustre que ha visto el mundo.

«Por la premura de las circunstancias, el Congreso entró en el ejercicio de sus funciones poco tiempo antes de celebrar en la catedral de Santiago su apertura pública i solemne. Resolvió que en aquel gran día pronunciase yo una oración. Siendo yo un miembro del Congreso, i debiendo ser el órgano de sus sentimientos, miras i opiniones, juzgué necesario leerle el manuscrito de la oración, lo que se hizo en sesión secreta en la noche. Concluída su lectura, el señor Infante fue de opinión de que un comité la revisase i examinase mas detenidamente en el término de tres días. Se hizo, i la oración fue aprobada en todas sus partes».

Voi a completar con algunas agregaciones las noticias contenidas en Ja suscinta autobiografía que precede.

Henríquez profesó siempre particular respeto al obispo de Quito don José Cuero i Caicedo, a quien califica en la Camila de «venerable prelado i gran patriota», recordando que en 1810, lo que fue efectivo, salvó «con sus lágrimas» al vecindario quiteño de ser esterminado por una soldadesca realista.

Todo persuade que Henríquez no tomó parte activa en los primeros movimientos revolucionarios de Quito; pero no debió ser tampoco un espectador indiferente.

El argumento de su drama la Camila está relacionado con ellos.

Nuestro compatriota tenía estrecha conexión con el obispo mencionado, a quien el historiador Restrepo llama «mui patriota», i con don José Javier Ascásubi, uno de los caudillos de la revolución; i es difícil, por lo tanto, suponer que no hubiera tenido alguna intervención en un asunto de tanta trascendencia.

Henríquez conservó siempre grato recuerdo de la familia Ascásubi, cuyo apellido suena con elojio en sus escritos.

«Cuando llegó a Quito la espedición memorable destinada a medir el grado terrestre (dice) se admiraron aquellos grandes sabios al encontrar bajo el ecuador la reunión de literatos conocida con el nombre de la Academia Pichinchense. Admiraron sus trabajos astronómicos, su sabiduría i la excelencia de sus libros. Uno de los académicos, el padre Hospital, jesuíta, enseñó después de sus desgracias las matemáticas en Roma. Otro de los académicos ocupó un asiento en la sociedad real de Londres. Aun se conservan, en un pequeño patio interior en la alta i magnífica biblioteca de los jesuítas de Quito, la meridiana i el reloj de sol de la academia. Era su presidente entonces el matemático Ascásubi, en cuya esclarecida familia es hereditario el amor a las letras».

Frai Melchor Martínez, en su Memoria Histórica, enumera a Camilo Henríquez entre los que organizaron en Santiago patrullas de ciudadanos para sofocar el motin que el 1.° de abril de 1811 promovió el coronel don Tomás Figueroa; i con este motivo, le llama «apóstol i secuaz de la doctrina de la independencia, que después de haberla propagado i revolucionado en Quito, se hallaba fujitivo activando la de Chile».

Sea de esto lo que se quiera, Camilo Henríquez volvió de Quito al Perú.

Don Joaquín Campino dice en la carta antes citada: «En fines del año de 1810, que estuve yo en Paita i Piúra, Camilo Henríquez acababa de embarcarse para Valparaíso desde aquel puerto, a donde había regresado de Quito. Dejó en aquellas poblaciones muchos recuerdos por los grandes sermones que decían haber allí predicado».

Camilo Henríquez declara en la relación que dio a luz en El Censor haber venido a Chile para despedirse de su patria, por decirlo así, porque había formado ol propósito de irse a encerrar en un convento que su congregación poseía en el interior del Alto Perú.

Sin embargo, don Joaquín Campino supone «que el motivo de la venida de Henríquez a Chile debió ser la noticia de la revolución que se había hecho aquí en setiembre de 1810, su amor patrio i de la libertad, i, lo que no debía ser poco para él, huír de la inquisición».

Camilo Henríquez, en una carta dirijida a su cuñado don Diego Pérez de Arce, atribuye su vuelta a Chile a los motivos indicados por Campino.

Sus palabras terminantes no dejan lugar a dudas:

«Hablemos de mi venida a Santiago. Me hallaba convaleciente en Piúra, cuando supe el gran movimiento que nuestra madre patria, Chile, tomaba hacia su felicidad. Volé al instante a servirla hasta donde alcanzasen mis luces i conocimientos, i a sostener en cuanto pudiese las ideas de los buenos i el fuego patriótico. He sido bien recibido, i voi a ser destinado a trabajar en la grande obra de la ilustración pública».

Creo fácil de esplicar la especie de contradicción que aparece entre este aserto i la relación publicada en El Censor,

Sin duda, Henríquez vino a Chile con el propósito de servir a la revolución, si esto era posible; pero determinado a ir a encerrarse en uno de los conventos del Alto Perú, si por desgracia no podía cooperar al triúnfo de la buena causa. De otro modo, se habría ido directamente al apartado asilo de que hablaba.

II

Camilo Henríquez se relaciona con los innovadores en Santiago. —Estado de Chile en 1810.—Corrupción do la administración colonial.—Camilo Henríquez esparce una proclama manuscrita en que sostiene la idea de la independencia.—Motín encabezado por don Tomás de Figueroa.—Camilo Henríquez presta a esto jefe los últimos lusilies.

Camilo Henríquez volvió a Chile a fines de 1810, según se desprende de la carta de don Joaquín Campino copiada en el capítulo anterior.

Apenas llegó a Santiago, procuró ponerse al habla con los innovadores; i mui luego se intimó con ellos, afiliándose bajo su ensena.

El recién venido tenía una gran ventaja sobre el mayor número de sus correligionarios políticos.

Sabía a punto fijo lo que se proponía realizar.

El nuevo adepto abrigaba el convencimiento profundo de que la enmancipación de la América Española era un suceso inevitable en el trascurso del tiempo.

Las premisas de su conclusión descansaban en sólido cimiento.

Por una parte, las colonias estaban hartas de ser esplotadas como una mina o heredad.

Por otra, la España no depondría jamás su orgullo i suspicacia de metrópoli, ni renunciaría voluntariamente el monopolio de un mundo.

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