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Debiendo ocurrir mas tarde o mas temprano un rompimiento ineludible entre aquellas fuerzas contrarias, convenía aprovechar la coyuntura de la invasión de Napoleón en la Península Ibérica para conseguir el triunfo a menos costa.

El ejemplo de los Estados Unidos estaba manifestando que la empresa era ardua, pero no imposible.

El espectaculo de la gran república ajitaba como una seducción permanente, i atraía como un imán irresistible.

Chile debía tomar el mismo derrotero para 11c gar a la riqueza, a la ilustración, al poder.

—Sigamos ese faro, sol de la América, decía Camilo Henríquez con su lenguaje pomposo.

Debo prevenir que el diestro tentador raciocinaba en esta forma a puerta cerrada i en voz baja.

Los revolucionarios chilenos, escepto unos pocos, tenían instintos, tendencias, conatos, mas bien que un propósito firme i deliberado de chocar con la madre patria.

Todos aborrecían el réjimen colonial i deseaban con ansia su reforma; pero no se atrevían a negar la obediencia a una autoridad acatada durante siglos.

El país yacía en una postración lamentada i lamentable.

Había penuria de dinero, de armas, de instrucción, etc.; había penuria de todo. Solo sobraban preocupaciones.

Hé aquí la situación política de la atrasada colonia antes del 18 de setiembre de 1810, trazada por el mismo Camilo Henríquez en 1816:

«La población de Chile se divide en dos clases: nobles i plebeyos. Aquéllos son, en jeneral, hacendados, i todos entre sí parientes. Los plebeyos, por vivir precisamente en las posesiones de los nobles

0 por ser jornaleros i paniaguados suyos, están sujetos a una total dependencia de aquéllos, la cual verdaderamente es servidumbre. Casi ninguno de los nobles tuvo educación: unos pocos recibieron en el seminario i conventos una instrucción monacal. Esceptuando como seis de ellos, nadie entiende los libros franceses; ninguno, los ingleses. Así, pues, las obras filosóficas liberales les eran tan desconocidas como la jeografía i las matemáticas. Ni sabían qué era libertad, ni la deseaban. Mayor era aun la ignorancia de la plebe; i como en ella ha permanecido, fue indispensable sacarla de su letargo. Esto es obra de largo tiempo i de la política. La plebe adora el nombre del rei, sin saber qué es. Ella juzga que únicamente debe pelearse por la lei de Dios, sin observarla i sin saber qué es lei i qué es Dios».

El 18 de setiembre de 1822, repetía: «¿Qué comparación cabe entre nuestro estado actual i el del año de 1810? ¿Quién que hubiese conocido entonces el estado de nuestra pericia, de nuestro poder i de nuestros medios, habría podido persuadirse de los obstáculos que íbamos a vencer, de los triúnfos que teníamos que conseguir, i que eitaba reservado a nosotros llevar la libertad a nuestros hermanos mas allá del mar, i derrocar por mar i tierra aquel coloso de tres centurias, que, con un pie en el Perú, i otro en el Pacífico, mantenía la opresión i el terror en todos los puntos de este vasto continente?

«Pasemos ahora al estado que tenían la opinión

1 las ideas en nuestro país en 18! 0. Era tan triste, que la revolución tuvo que hacerse, i continuar por cuatro años, fundada en nuestra fidelidad a Fernando VII. La palabra independencia habría sido entonces un escándalo para los pueblos. Aun la mayor parte de los patriotas mas instruidos que dirijían la revolución, i que se burlaban de la superchería del nombre de Fernando, apenas tenían ellos mismos otro plan, ni sus miras se estendían a mas que a sacudir el odioso yugo colonial».

El testigo no puede ser mas competente i abonado.

¿Cómo esplicar entonces el buen éxito de la revolución con tan escasas medios para llevarla a cabo?

La cosa no es tan difícil de comprender como parece.

Una pequeña chispa, cuando sopla viento favorable, puede ocasionar un grande incendio.

Un poco de levadura, observaba majistralmente frai Melchor Martínez, puede producir una gran fermentación.

Había un motivo especial para que el padre Camilo combatiera el sistema colonial sin tregua ni descanso.

Su estado de sacerdote le había puesto en contacto con mucha jente, i la penetración de su entendimiento le había permitido descubrir las poridades de muchas cosas.

Sin ser empleado, había contemplado el teatro político, no solo desde la platea a la luz artificial correspondiente, sino también por dentro, detrás de bastidores.

Refutando una nota que pone el abate de Pradt en el capítulo 22 del tomo 2 de su obra sobre las colonias, se espresa Henríquez como sigue:

«Dice el señor Pradt que el reproche de hacer en los gobiernos de América una pronta fortuna, solo recae sobre los ajentes subalternos. Dice que el desinterés forma una gran parte del carácter español, mayormente entre la grandeza. Dice que los empleos de primer orden se distribuyen mui frecuentemente entre los grandes con la mira de disminuír su fortuna

«Los presidentes de Chile, Quito, etc., no eran ajentes subalternos; i sabemos que tales señores no fueron siempre ánjeles tutelares, ni adquirieron una fama eminente de desinterés. Podemos decir lo mismo de los rejentes de las audiencias.

«Estamos mui lejos de negar que haya entre los españoles caracteres desinteresados i jenerosos; pero tales caracteres rara vez logran empleos en las cortes corrompidas. Todos los historiadores observan que el carácter español, nobilísimo en remotos tiempos, i en ciertos individuos, sufrió una revolución i lastimosa mudanza en dos épocas célebres, pero mui inmediatas: la una fue el establecimiento de la inquisición; la otra, el descubrimiento de.los tesoros americanos. Un espíritu de egoísmo, de despotismo, de concusión, invadió, como fiebre contajiosa, a toda la masa nacional. Por eso dijo mui bien nuestro paisano, el elocuente don Vicente Morales en la tribuna de las cortes:—¿Quién duda que los siglos de los Felipes i los Carlos, marcados en el seno de la patria por los siglos del despotismo, fueron los de la subyugación de América, de su dominación i tropelías?—Andando los tiempos, la corrupción superó todas las barreras, i se presentó con mas desenfreno.

«Todos tienen noticia de la venalidad que prevaleció i de las concusiones que se cometieron en los ministerios de Gálvez i de Godoi. No empleos subalternos, sino mui de primer orden en el estado, en el ejército, en la iglesia se adquirieron por medios indignos i se ejercieron vilmente. Los tribunales i los consejos resonaron con procesos escandalosos.

«I nosotros que alcanzamos vivir en una época mui interesante, pudiéramos citar muchos hechos i muchos ejemplos; pero sacrificamos la publicación de la verdad al respeto debido a cierta clase ilustre de personas. Por eso, no decimos quién fue el que en el obispado de Arequipa acopió en poco tiempo seiscientos mil pesos, i públicamente los remitió a España, etc., etc. Por eso, no damos una amplia noticia de la causa de latrocinio i ocultación de caudales pertenecientes al finado señor don Blas Sobrino i Millans, obispo de Trujillo, seguida por el venerable deán i cabildo de aquella iglesia contra el señor Sobrino, inquisidor fiscal de Lima. Por eso, no tratamos difusamente de la causa de ignorancia e incapacidad seguida por los inquisidores Abarca i Sobrino contra el inquisidor segundo don Pedro Saldaregui, causa concluída en uno de los consejos de Madrid, etc., etc

«Insinúa el señor Pradt que los grandes empleos de América pudieron conferirse para disminuír la fortuna de los agraciados, en vez de aumentarla. En nuestros días, el señor Jil i Lemus rejistró en el Callao trescientos mil pesos, suma total de sus sueldos en sus cinco años de virreinato a razón de sesenta mil pesos anuales; i es sabido que de Europa no trajo un peso. También don Fernando Abascal, en vez de minorar su fortuna en su gobierno, ]a aumentó prodigiosamente».

Como se ve, el intrépido relijioso estaba en posesión de muchos datos ocultos que le habrían permitido redactar unas noticias secretas de América, como las pasadas a Fernando VI por don Jorje

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