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Se conocía que el orador tenía el nombre de Fernando VII en los labios; pero no en el corazón.

Hé aquí el juício que frai Melchor Martínez emite en su Memoria Histórica sobre la revolución de Chile acerca de ese discurso tan alabado por el jeneral San Martín:

«Dijo la oración el famoso padre Camilo Henríquez de la Buena Muerte, quien, después de dar una breve noticia del orijen, progreso i fin de todos los principales imperios del mundo, esplicó que los pueblos, usando de sus derechos imprescriptibles, habían variado a su voluntad la forma de los gobiernos; i de esta doctrina intentó deducir i probar los tres puntos en que dividió su arenga: 1.° que la mutación del gobierno de Chile era autorizada por nuestra santa relijión católica; 2.° que era conforme i sostenida por la razón, en que se fundaban los derechos del hombre; i 3.° que, entre el gobierno i el pueblo, existía una recíproca obligación, en el primero de promover la felicidad del segundo, i en éste la de someterse con entera obediencia i confianza al gobierno.

«Para probar dichas proposiciones, se valió en primer lugar de muchos lugares de sagradas letras, trastornando el sentido e intelijencia verdaderos; pero, donde mas lució su rara erudición, fue en la doctrina escandalosa de Voltaire, Rousseau i sus infinitos secuaces, usando de sus literales i sediciosas autoridades, declamando contra la supuesta tiranía i despotismo de los gobiernos monárquicos, que con la fuerza tenían usurpados i oprimidos los derechos con que Dios crió al hombre libre para elejir el gobierno que mas le acomodase, pues por principio natural inconcuso todos tenemos derecho de proporcionarnos un estado que nos libre de los males i nos atraiga la felicidad posible; que la esclavitud en que nos tenían, debíamos repelerla con el sacrificio de todos nuestros esfuerzos, i aun de nuestra misma vida; i que, por dirijirse a este heroico empeño la instalación del congreso, nos debía ser tan recomendable, como respetado i obedecido este cuerpo i su suprema autoridad; pues en' él depositaba toda su confianza, sus innegables derechos i la esperanza de su libertad i felicidad todo el reino de Chile.

«De este modo, eran profanados los santos templos i casa del Señor, dedicados por nuestros padres para asilos i depósitos de la verdad evanjélica. Así se prostituía el sagrado ministerio apostólico, destinado por Cristo a repartir el pan cotidiano de la palabra divina, que nos alimenta para subir al sacro monte del cielo. Así se abusaba de la sencillez de los fieles distribuyéndoles, en lugar de sano alimento, un veneno mortífero. De este medio, en fin, se sirven los impíos para sembrar i propagar los errores subversivos del trono, del orden i de la relijión; i lo mas doloroso para mí era el abrigo i aplauso que los oyentes tributaban en estas ocasiones».

El odio del enemigo es un instrumento seguro para medir la altura política i moral de un hombre, si es lícito hablar así.

La importancia de Henríquez puede calcularse por la saña de sus adversarios.

Por lo demás, cuando se leen los despropósitos de frai Melchor Martínez, uno lo supondría loco, si no supiera que ha habido época en que la mayoría de la humanidad ha pensado como él.

El buen sentido i el tiempo han arrebatado esas preocupaciones, como el viento arrastra las hojas secas, esto es, las hojas muertas.

En el día, nadie cree en la lejitimidad de los reyes, ni pretende que la relijión esté interesada en sostenerla,

El diputado suplente por Puchacai no tomó nunca la palabra en el congreso de 1811 por la razón mui sencilla de que el propietario no le dejó entrar.

El canónigo don Juan Pablo Fretes asistió con puntualidad ejemplar desde la primera sesión hasta la última.

Sin embargo, el nombre de Camilo Henríquez aparece mui honrosamente en el acta fecha 7 de noviembre de 1811.

Léese en ella:

«El cabildo presentó un plan de estudios formado por el padre Camilo Henríquez, del orden de agonizantes; i se acordó devolverlo para que, unido al espediente seguido sobre reunión de escuelas, haga como propone el reglamento, para lo que se le franqueen todos los demás papeles i libros concernientes a una materia tan interesante».

El plan de estudios escojitado por Camilo Henríquez está lleno de vacíos i defectos, si se considera el estado presente de la República; pero es mui adelantado, si se atiende al que tenía la colonia recién emancipada.

El reformador creaba clases de fframática castellana i de literatura.

La primera no se había enseñado nunca en el país.

Ella da corrección al lenguaje, decía Henríquez, i facilita la inteligencia de los otros idiomas.

La segunda debía esplicarse por la obra de Hugo Blair, que, en su concepto, era la mas profunda i mejor que se conocía sobre la materia.

Establecía un curso de matemáticas. Organizaba otro de ciencia sociales, en que debían enseñarse a los alumnos el conocimiento de sus derechos, ideas liberales, el sentimiento de su dignidad, i los principios fundamentales de las leyes civiles.

Entre las ciencias sociales, incluía la economía política, cuyo estudio se ha aclimatado en nuestro suelo antes que en otros países que se jactan de sabios.

Sin embargo, el nuevo proyecto, por deficiente que fuese, no era practicable en toda su estensión. ¡Tal era nuestro atraso!

Chile se hallaba, puede decirse, en los arrabales del mundo civilizado, no tanto por su posición jeográfica, cuanto por su miseria intelectual.

No había en la capital ni utensilios escolares, ni textos adecuados, ni maestros competentes.

¿Qué sucedería en las provincias?

Un código penal permite colejir en sus disposiciones la moralidad o barbarie de la comarca sujeta a su imperio.

De la misma manera, un plan de estudios deja percibir en las suyas el grado de cultura a que una sociedad ha llegado.

Vaya un ejemplo.

Se lee en el plan propuesto por el diputado suplente por Puchacai:

«Cuando se encuentre quien enseñe la ciencia particular de los cuerpos, será su cargo dar los principios elementales i prácticos de química i de la ciencia de las minas».

Así un país que ocultaba toda especie de metales en las rocas de sus cerros i encerraba oro en la arena de sus esteros i ríos, no contaba en su seno un profesor de mineralojía.

El 18 de setiembre de 1810 había sido para Chile el día inicial de una vida nueva en todas las esferas de su actividad.

Un pueblo emprendedor i brioso cuyo empare* damiento había cesado, debía ponerse en comunicación directa e inmediata con las demás naciones en cuya gran familia se había incorporado.

Las relaciones políticas i comerciales lo exijían.

Necesitaba también, como el pan de cada día, conocer las ideas i doctrinas consignadas en los libros de los filósofos, publicistas i sabios estranjeros.

No se divisaba para los colonos otro medio de disipar la ignorancia en que yacían.

Para lo uno i lo otro, era menester el conocimiento de los idiomas modernos.

Aguijoneados por ese doble acicate, algunos jóvenes se habían dedicado con empeño al estudio del francés.

«Por tanto, decía Henríquez, i en consideración a la excelencia de las obras escritas en esta lengua, se enseñará a traducirla; i a hablarla, si es posible».

«El inglés, agregaba, es igualmente una lengua sabia, consagrada a la filosofía i a la profundidad del pensamiento. Se enseñará, pues, su traducción por principios».

La adquisición del inglés ofrecía mas dificultades que la del francés.

El mismo Henríquez escribía con fecha 19 de marzo de 1812 en el número 6 de la Aurora de Chile:

«Uno de los muchos modos con que el comercio promueve i favorece la literatura, es la introducción de libros científicos i jeneralmente útiles. Harán, pues, un gran servicio a la patria los comerciantes que hagan venir tantas obras preciosas que nos faltan. Por ahora, hai algunos jóvenes que desean aprender el inglés; pero no se encuentran diccionarios, ni gramáticas inglesas, que se dice haber

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