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«Para editor i maestro, que debía aumentar i formar la opinión del público, fue elejido por el gobierno un fraile de la Buena Muerte, natural de Valdivia, el cual por haber sido dec'aradamente secuaz de Voltaire, Rousseau i otros herejes de esta clase, había sido castigado por la in [uisición de Lima; i después de haber tenido buena parte en la revolución de Quito, se hallaba fujitivo en Chile, activando cuanto podía las llamas de su insurrección. Estas cualidades i delincuente conducta, que debían hacerle despreciable en cualquier país arreglado, eran precisamente sus recomendaciones principales, sin las que sería inútil para el destino.

«Efectivamente, su periódico empezó a difundir muchos errores políticos i morales, de los que han dejado estampados los impíos filósofos Voltaire i Rousseau; aunque en la doctrina del segundo estaba mas iniciado, pues traslada por lo común literalmente los fragmentos de sus tratados. Todo el afán es probar que la soberanía reside en los pueblos; que los reyes reciben la autoridad de éstos, mediante el contrato social; i que son amovibles por la autoridad del pueblo; que la filosofía ha sido desatendida por el espacio de diez i ocho siglos; pero que ya amanece la aurora de sus triúnfos, i empieza a levantar su frente luminosa i triunfante, lo que es decir que la impiedad i el error prevalecen sobre la relijión de Jesucristo.

«En cuanto a publicar noticias, se observa, mas puntualmente que en los anteriores tiempos, aumentar i finjir las que convencen la total ruína de la Península, las ventajas de las provincias revolucionadas de A mérica, i la ninguna esperanza ni probabilidad de recobrar su trono Fernando VII».

Después de este auto cabeza de proceso, escrito con una pluma mojada en humo de pez i azufre, ¿cree alguno en conciencia que el padre de la Bue

na Muerte, acriminado con tanta saña, hubiera logrado escapar sano i salvo de los calabozos de la inquisición si hubiera caido por segunda vez en manos de sus enemigos?

Cuando el mayor número de los revolucionarios contemporizaban o encubrían los proyectos de emancipación bajo el disfraz de una fidelidad hipócrita, Camilo Henríquez no temió dar el primero de todos la publicidad compromitente para él de la palabra impresa a esas ideas atrevidas sobre independencia que había procurado esparcir en la proclama manuscrita firmada Quirino Lemachez.

Este hecho es sobrado importante en la vida del escritor cuya biografía estoi bosquejando i en la historia de la República Chilena para que no copie testualmente las palabras que lo comprueban.

El 4 de julio de 1812, Camilo Henríquez insertaba en la Aurora este trozo memorable:

«Comencemos, pues, en Chile declarando nuestra independencia. Ella sola puede borrar el título. de rebeldes que nos da la tiranía. Ella sola puede elevarnos a la dignidad que nos pertenece, darnos aliados entre las potencias, e imprimir respeto a nuestros mismos enemigos; i si tratamos con ellos, será con la fuerza i majestad propia de una nación. Demos, en fin, este paso ya indispensable. La in certidumbre causa nuestra debilidad, i nos espone a desórdenes i peligros».

El 17 de agosto siguiente, el mismo individuo repetía en el mismo periódico:

«¡Pueda el primer escritor de la revolución chilena ver el triúnfo de la libertad americana, e inspirado de Clío o de Melpómene, ocupada la mente en la admiración de grandes hechos, pueda celebrar a los héroes patrios! Pero, mientras permanezcais en irresolución e incertidumbre, fluctuando entre temores i esperanzas, sois un asunto bien pobre para las musas i aun para la historia. Al contrario, inflaman la fantasía, presentan escenas interesantes, son una materia espléndida, los héroes de la libertad. Han ocupado a grandes injenios los araucanos antiguos. Han aparecido estos hombres libres en los teatros mas célebres; i los pueblos mas cultos han admirado sus sentimientos i carácter, dando lágrimas a sus infortunios. Desde entonces la historia de la patria ofrece un paréntesis de silencio, i un vacío desanimado i melancólico. El amor de la libertad ¿perece acaso con la cultura? ¿Se cansa el clima de influír en los hombres? ¿Hasta cuándo

pensais? Resolved Bastante se ha pensado.

Pasad el Rubicón: sereis dueños de un mundo. La fortuna os sonríe, i desdeñais sus gracias. Sois provincias pudiendo ser potencias i contraer alianzas con la dignidad i majestad que corresponde a una nación».

Por fin, el 8 de octubre espresaba todavía en la Aurora:

^Tiempo es ya de que cada una de las provincias revolucionadas de América establezca de una vez lo que ha de ser para siempre; que se declare independiente i libre; i que proclame la justa posesión de sus eternos'derechos.—¡Amada patria mía! ya es tiempo de que des el gran paso que te inspiran la naturaleza i la fortuna, i que ha preparado tan de antemano i tan felizmente el orden de los sucesos. ¡Proclámate independiente! La independencia te librará del título de rebelde que te dan tus opresores con insolencia. Entonces, entonces es cuando serán cabecillas tus enemigos ocultos. Esto es lo único que puede elevarte a la dignidad que te es debida, adquirirte protectores, concillarte respetos i la inapreciable ventaja de tratar con las potencias antiguas como con tus iguales. ¿Por qué estamos tan débiles? ¿Por qué no es una i universal la opinión? Sin duda porque liemos vacilado entre la libertad i la esclavitud, envueltos en eternas incertidumbres, recelando siempre los unos de los otros. Ya no es tiempo de pensar; demasiado hemos pensado. La fortuna nos condujo a la orilla de un río que es necesario o pasar o perecer; i nosotros damos el espectáculo ridículo de quedarnos a la orilla mirándonos las caras unos a otros, dando oidos a unos sofistas despreciables, que llaman prudencia el estremo de la imprudencia, de la cobardía i la locura, sin advertir que en las grandes deliberaciones en que solo hai un partido que tomar, la demasiada circunspección solo sirve para perderlo todo, i que en tales casos solo la audacia salva a los pueblos; ya a unos enemigos encubiertos, que solo pueden darnos consejos pérfidos».

Los trozos que acaban de leerse, son los tres primeros impresos que han tomado la iniciativa para pedir la independencia de este país.

¡Que Chile no olvide nunca la memoria del hombre que antes que nadie se atrevió a aconsejar por la prensa que fuera una nación!

El redactor de la Aurora se dedicó con laudable afán a desempeñar del mejor modo posible el cargo de periodista.

Desde luego se convenció de que le era indispensable el conocimiento del idioma inglés para traducir noticias de los diarios de la Gran Bretaña i de los Estados Unidos, que por casualidad podía proporcionarse.

La empresa era mui ardua, pues faltaban, como lo he indicado anteriormente, no solo maestros que facilitasen el trabajo, sino también los elementos precisos, como gramáticas i diccionarios, para los que se propusiesen estudiar por sí solos.

Nada puede agregarse en elojio de Camilo Henríquez a lo que contiene el párrafo de la Aurora, que voi a copiar.

En el número 9, fecha 9 de abril de 1812, se lee: «Animado el editor de un vivo deseo de complacer al público i de satisfacer la confianza de la patria, emprendió el estudio de la lengua inglesa; i en el espacio de menos de un mes, se ha puesto en estado de traducir por sí mismo los periódicos ingleses. Solo los que conocen esta lengua graduarán la grandeza de este trabajo i el mérito de la fatiga».

Debe advertirse que Henríquez hacía la declaración precedente, no por petulante vanagloria, sino por haber sabido que algunos suponían falsas las noticias publicadas en la Aurora, siendo así que las había sacado de los papeles impresos en Inglaterra o Norte América.

Una vez que supo el ingle?, movido por el propósito de exaltar el patriotismo de sus conciudadanos, tradujo sucesivamente:

Razonamiento de Santiago Madison, presidente de los Estados Unidos, dirijido al senado i cuerpo representativo en 5 de noviembre de 1811.

Oración inaugural de Tomás Jefferson, presidente de los Estados Unidos, al pueblo.

Discurso de Jorje Washington al pueblo de los Estados Unidos anunciándole sus intenciones de retirarse del servicio público.

Discurso sobre la traición, rebelión i revolución, inserto en el periódico Register of Baltimore de 28 de marzo de 1812.

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