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Esas piezas presentaban grandes ejemplos o suministraban provechosa enseñanza en medio de la conflagración de la América Española.

Ellas nos dejan columbrar las ideas políticas del traductor i percibir el modelo que proponía a la imitación de sus compatriotas.

Escusado es indicar que Henríquez sabía i hablaba el francés.

En la Aurora, tradujo la carta de Guillermo Tomás Raynal leida en la asamblea nacional el 31 de mayo de 1791.

Hizo preceder su trabajo de una corta advertencia, en la cual espresaba que esa carta contenía útiles lecciones para los pueblos que habían roto sus cadenas i aspiraban a vivir bajo sus propias leyes.

Mas tarde aprendió el italiano.

Leyó en el orijinal la Jerusalén Libertada del Tasso, a quien calificaba de divino i cuya dulzura le encantaba.

Observaré de paso que el fraile de la Buena Muerte fue en Chile el Pedro el Hermitaño de la cruzada de la independencia.

Leyó también en italiano el Tratado de los delitos i de las penas de Beccaria, cuyas doctrinas filantrópicas encontraron eco en su corazón jeneroso.

Aunque se hubiera educado bajo el réjimen colonial, el primer periodista chileno no abrigaba prevención alguna contra los estranjeros a quienes rechazaban las leyes i las costumbres en las posesiones hispano-ameri canas.

Pensaba que los pueblos, como los individuos, estaban obligados a la hospitalidad; i que, al concederla, en lugar de hacerse reos de un delito, merecían alabanza, esto prescindiendo de las ventajas que por ello reportaban.

Un lector asiduo de los libros franceses e ingleses, como Henríquez, no podía mirar de reojo a las personas que hablaban la misma lengua en que estaban escritas obras que él meditaba de día i de noche como dechados de belleza i como depósitos de ciencia.

Lejos de considerar a los estranjeros como propagadores de doctrinas perniciosas, creía que era necesario buscarlos i atraerlos para que nos inculcasen los conocimientos de que carecíamos.

En un artículo sobre el progreso asombroso de los Estados Unidos después de su independencia, decía:

«La educación, este gran principio de la prosperidad pública, garante de la libertad i de la constitución, no se ha puesto en olvido. Todos saben leer i escribir. En casi todos los estados, se han establecido escuelas públicas, de modo que el mas pobre no pasa por el dolor de ver a sus hijos criarse en la ignorancia. En todas las casas, aun las mas pobres, se encuentran libros i gacetas. Todos leen, todos piensan i todos hablan con libertad. El hombre industrioso, a la vuelta de su trabajo, lee, se ilustra, i compara su feliz estado con el de los pueblos que lloran bajo un despotismo oriental. Así se conserva en los corazones aquel amor de la libertad, aquel celo por las prerrogativas sociales, aquel odio inmortal a la servidumbre i opresión que pobló aquellas repones, i que conduce a ellas diariamente tantos emigrados de todos los puntos del universo. Allí han encontrado un asilo inviolable grandes almas. Allí se han refujiado muchos de nuestros hermanos peninsulares huyendo del vandalismo francés. ;Oh! ¡Horezca, viva glorioso a la sombra de perpetua paz el pueblo recomendable por su hospitalidad i caridad! No se estienda hasta sus respetables umbrales el torrente de injusticias, usurpaciones i atentados que inundan la tierra. Haya en el mundo, a lo menos, un asilo abierto a la libertad, a los talentos, a las virtudes pacíficas».

En otro artículo sobre el mineral de Punitaqui, espresaba:

«Es necesario protejer la industria, i es indispensable domiciliar entre nosotros los conocimientos útiles.—Para tener hombres que posean los conocimientos de que pende el adelantamiento de las minas i demás producciones del reino, i que éstos sean en número suficiente a cubrir todos los puntos que exijen sus atenciones, con unos costos tolerables i sin el riesgo de ser el juguete de los charlatanes, es forzoso que se formen aquí (1); es forzoso que este jénero de estudios se establezca entre nosotros. Ellos están comprendidos en el plan del Instituto Nacional. Son una aplicación de las matemáticas i de la química, de la cual se necesitan maestros; i es preciso que vengan de fuera».

En otro artículo sobre la industria popular, escribía:

«¿Cómo han de aprenderse los trabajos i procederes de las artes, si no hai maestros que las enseñen? La ignorancia en estos objetos interesantísimos será eterna, el pueblo será miserable, degradado i envilecido, basta que nos vengan de los países cultos e industriosos hombres dotados de conocimientos útiles i acostumbrados al trabajo. Pero atravesar inmensos mares, esponerse a los riesgos, espatriarse, sufrir las incomodidades del cabo de Hornos, no detenerse (si vienen por otro camino) en los países del tránsito si en ellos encuentran unaacoji

(1) Espediente pava que se pillan maedtros de química.

da honrosa i las dulzuras de la libertad en que adoran, son en verdad cosas que entibian nuestras esperanzas. Con todo, consta por esperiencia que un buen gobierno hace milagros; i el honor, i una lejislación sabia, justa i equitativa, unida a la feracidad del suelo i a la bondad del temperamento, pueden presentar a los ánimos de los estranjeros una perspectiva mui atrayente i enamoradora. Nada debe omitirse para engrandecer i enriquecer la nación, i desterrar el ocio i la miseria. Ella debe decir con Virjilio:

Tentando, via est, qua me quoque possim
tollere humo.

Veamos si podemos levantamos del polvo.

«La industria trae las riquezas, i las riquezas forman el poder nacional. La industria introduce el trabajo, i el trabajo destierra al ocio i a los vicios. Los pueblos laboriosos tienen costumbres. La riqueza i las costumbres son el apoyo, el recurso, eL baluarte de la libertad, ¿Cómo, pues, han de omitirse los medios indispensables para llamar la industria a nuestro territorio? ¿Cómo no han de dictarse todas las precisas providencias, i removerse todos los obstáculos, para atraer i domiciliar entre nosotros los maestros de las artes? El pueblo que conozca sus verdaderos intereses, mirara siempre a un estranjero útil como un don inapreciable, como un instrumento de su prosperidad».

¿Qué cambio mas radical?

Los estranjeros odiados antes como enemigos manifiestos o solapados, ahora eran acojidos como hermanos i solicitados como maestros.

El redactor de la Aurora no se contrajo úmcamente a las cuestioues palpitantes del momento: la soberanía del pueblo, la lejitimidad del poder real, el dominio de la América fundado en la conquista, la crítica del sistema colonial, la justicia de la independencia.

Promovió o discutió también otros asuntos de vital importancia, aunque solo tuvieran una relación indirecta con la política candente: el incremento de la población, la sepultura de los cadáveres en las iglesias, la civilización de los indíjenas, el influjo de los escritos luminosos sobre la suerte de la humanidad, etc., etc.

Camilo Henríquez contribuyó, como el que mas, a inculcar la idea de que la ilustración era la única escala que los chilenos tenían para salvar de la especie de subterráneo en que la ignorancia los había sumerjido.

A su juício, la instrucción pública era el resorte mas poderoso para que una sociedad avanzara i prosperase.

Sin ella, no podía haber ni literatura, ni industria fabril,minera i agrícola, ni instituciones republicanas, ni conocimientos de los derechos i obligaciones de los gobernantes i gobernados, ni libertad, ni progreso.

Copio en comprobante los párrafos siguientes que tomo al acaso:

«Entre las innumerables cosas útiles de que carecemos, es mui sensible, i aun vergonzosa, la falta de un museo de historia natural en un país cuyo suelo oculta la opulencia de la naturaleza. ¿A dónde estenderemos la vista que no encontremos vastas moles cuyas entrañas son depósitos de preciosidades? Para prueba de esta verdad, solo diremos que el mineralojista don Cristiano Heuland, comisionado por la corte de Madrid para la colección de producciones minerales, llevó de este reino tres colecciones de preciosidades i rarezas: la una cons

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