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te, denominaba rebelión la de la América en contra suya, que la Inglaterra trataba de comprimir olvidando la pasada injuria.

Chile sabía por esperiencia que la señora del mar estaba mui distante de ausiliarlo.

Un comodoro inglés se había prestado hacía poco para conducir desterrados en la fragata Febe a don José Miguel i a don Luís Carrera para que no cortasen el cable que ese mismo comodoro había anudado por sus propias manos, a fin de que Chile tornase a ser un bote puesto al servicio de la España.

Camilo Henríquez tradujo de un diario de Baltimore un artículo titulado: Qué se entiende por rebelión, en el cual se encuentra el pasaje siguiente:

«Ls causa de Sud-América con respecto a España es la misma que fue la nuestra con rsspecto a Inglaterra. El caso es el mismo; mas porque tuvimos buen éxito, la nuestra no se llama rebelión, sino revolución. La diferencia está en que, cuando nosotros tuvimos un motivo de queja, los de SudAmérica tienen ciento, i acaso mil.

«Pero, en cuanto a la rebelión, ¿no es cierto que Fernando fue rebelde contra el rei su padre? i ¿es

Í)osible que los de su facción, que por la intriga i la úerza depusieron del trono a Carlos IV, llamen rebeldes a las colonias americanas? Quisiéramos que nos dijesen si un derecho divino puede ser abrogado por un acto humano, i cuáles son las circunstancias que pueden alterar los decretos del Altísimo. Todos los tronos de la Europa se establecieron por revoluciones. Mediante ellas, han pasado de una casa o dinastía a otra, como es constante por la historia, sin esceptuar a la ilustre casa de Brunswick, que ocupó el trono británico por una rebelión, llamada revolución gloriosa por los escritores ingleses».

Lo cierto es que las naciones, aun las mas poderosas, tienen, como los mercaderes de mala lei, dos pesos i dos medidas para juzgar los acontecimientos humanos.

La revolución había dado en Chile un paso de jigante.

Camilo Henríquez había proclamado el primero la necesidad de la independencia.

Su palabra sonora, como una trompeta, había encontrado eco en el país; pero no tanto como debiera.

Ossorio, i sobre todo Marcó, hicieron que esa idea penetrara en la casa de teja, i en el rancho de paja.

La conducta observada por ellos, especialmente por el segundo, fue de lo mas torpe que puede imajinarse.

Ambos persiguieron sin razón ni pretesto a los magnates mas encopetados i a los plebeyos mas humildes.

Sus procedimientos torticeros fueron causa de que la emancipacion llegase a ser el desideratum de todos.

Voi a manifestarlo con uno que otro hecho.

«Cuando en octubre de 1814 (dice don Juan Egaña) entró el jeneral de Lima en la capital de Chile, i se apoderó de todo el reino, habiendo fugado a las provincias de Buenos Aires un gran número de personas, otra parte le aguardó tranquila, creyendo fundadamente que esta manifestación que hacían de su amor a la paz i sumisión, sería el mejor garante de su seguridad».

Don Juan Egaña fue uno de los que quedaron.

La ciudad pasó un mes, según él mismo, en la mas consoladora paz i seguridad, emulándose las demostraciones de gratitud i rendimiento del pueblo, cuando repentinamente los ciudadanos mas ilustres fueron arrebatados en dos noches i conducidos al presidio de Juan Fernández.

Don Juan Egaña, uno de los hombres mas instruídos de la América en aquel entonces, iba entre ellos.

Don Manuel Salas descollaba en Chile por una intelijencia poderosa i por una virtud acrisolada. Su vida era ejemplar.

Don Claudio Gay cita las palabras siguientes que copia de un diario llevado por este ilustre repúblico en la parte correspondiente a setiembre de 1810:

«Los habitantes, sin esceptuar uno solo (esta es la verdad i la escribo delante del Dios de la verdad), volvieron los ojos a su buen rei, i a la nación de que nacieron i dependen».

«Al leer este pasaje de un hombre tan virtuoso, i uno de los caudillos de la revolución, no puedo persuadirme (agrega el señor Gay) que hubiese en aquella época muchos chilenos que tuviesen ideas ciertas i seguras tocante a sus proyectos de independencia».

Don Manuel Salas no se mezclaba en la política, sino para trabajar en la prosperidad del país.

Parecía natural que el gobierno restaurado hubiese siquiera intentado atraerse a un sujeto de tal temple i tales merecimientos para conciliar los ánimos divididos.

Lejos de eso.

Don Manuel Salas se quedó en Santiago, como don Juan Egaña, i sufrió la misma suerte que éste.

Don José Antonio Rojas, cuyos conocimientos en ciencias naturales eran notorios, según lo testifica Camilo Henríquez en el número 18 de la Aurora, el dueño de la famosa biblioteca donde el mismo Henríquez había leido la Brevísima relación de la destrucción de las indias, no anduvo mas afortunado.

Había manifestado, sin embargo, poco hacía, bajo su firma, una adhesión esplícita a la paz de Lircai, lo cual importaba el reconocimiento de la supremacía española.

¿Quereis saber el estado en que se hallaba ese noble prócer cuando fue preso i enviado a la isla de Juan Fernández?

Don Juan Egaña va a referirlo:

«A los pocos pasos hallé sentado i sumerjido en profunda tristeza a un venerable anciano, que pasaba de ochenta años, sujeto cuya literatura, nacimiento i riquezas le hicieron tan apreciable en el reino que, habiendo sido preso por el presidente Carrasco con otros dos, fueron tales las convulsiones que ocurrieron, que de ellas resultó la deposición de aquel jefe, i los grandes movimientos de Chile, Él no había tenido empleo alguno en la revolución; pero, cuando trataba de huír los insultos de la tropa que marchaba a la capital i saqueaba las campañas i pueblos, fue sorprendido i despojado de algunos millares de pesos en oro i alhajas. Como inocente fue puesto en libertad, pero sin caudal, i después arrebatado en las funestas noches de nuestro apresamiento i conducido al presidio. Empeñóse su benemérita familia en presentarlo al presidente Ossorio para que por sus ojos viese aquel estremo de ancianidad i postramiento en que casi parecía imposible tolerar, no digo un presidio, pero ni la navegación. No quiso verle; i este infeliz se halló aquí consumido de hambre, desabrigo, i sin tener con que mudar la ropa de la cama que mojaba todas las noches, suelta la orina. Pero esto fue lo menos de sus desgracias. Se vio en la precisión de abandonar la habitación i el bocado que tomaba, porque los oficiales jóvenes del presidio dieron en hacerle objeto de mofa, abusando de su ancianidad para figurarle espectros, aflijirlo e inquietarlo cuando estaba en el sueño. Al fin la edad, i mas que todo sus miserias, lo hicieron caer en delirio, en el que frecuentemente, i cuando yo le vi aquella tarde, vertía abundantes lágrimas, persuadiéndose que hablaba con su tierna nietecita, que es un hechizo de gracias, hija de una de las mas hermosas i apreciables señoritas que han honrado la capital. Entre tanto, su mayorazgo i bienes se mantenían embargados, aunque no se decía su delito, sino que venía recomendación especial de Lima para ser tratado así».

Omito hablar de los otros confinados como Lastra, Cienfuegos, etc., etc., porque llenaría un volumen si lo hiciera.

Es claro que todos los perseguidos, sus familias, sus amigos comenzaron a mirar a la España desde aquel momento, no como a una madre adusta i severa, sino como a una madrastra implacable i vengativa, de cuyo poder era preciso zafarse a toda costa.

El pueblo, ese héroe anónimo de la historia, fue oprimido con el mayor rigor.

Mientras duró el réjimen colonial, sus días habían sido tristes i monótonos como noches de invierno.

Vejetaba.

Pero después de la restauración su vida fue la de un esclavo.

El palo estaba siempre levantado sobre sus espaldas.

Los gobernantes españoles creían que todos los individuos nacidos en la América tenían el pecado orijinal de aborrecer a la metrópoli, i en consecuencia, eran tratados como enemigos encubiertos.

No es estraño que el pueblo chileno concluyera por ser insurjente en masa.

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