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Carrera pone en su diario, mandó tocar la jenerala por las calles y tirar cañonazos, á cuyo estrépito todos los habitantes se pusieron en movimiento, y todos los oficiales se reunieron en la plaza, en la cual los adversarios del jeneral Carrera se vieron de repente aprendidos y encarcelados. El teniente coronel Cienfuegos, sobrino del plenipotenciario, pudo salvarse y fué á incorporarse á O'Higgins, que se hallaba en Quirihue con las tropas auxiliares que habia traido de la Vaquería, á la salida de Talca, en donde estaban acampadas bajo el mando de Balcarcel, enviado por el gobierno de Buenos-Aires en reemplazo de Santiago Carrera. Llamado con urjencia por Cienfuegos, y por el misino Carrera, é informado de lo que habia sucedido, O'Higgins se puso incontinente en marcha escoltado por una colunna de cien hombres, que mandaba el capitan Astorga , y otra. de la misma fuerza, que Carrera habia tenido la atencion de enviarle con el capitan Benavente. Habiendo llegado á Penco viejo, escribió á su desgraciado amigo, que las circunstancias y el espíritu de rivalidad iban á desunir para siempre. En respuesta , Carrera le mandó el oficio por el cual lo habia dado á reconocer como jeneral en jefe del ejército. Al dia siguiente, 2 de febrero de 1844, O'Higgins entró en Concepcion con todo el prestijio del poder que le daba su elevado ascenso. La fuerza del ejército era , á la sazon , de 2300 hombres, en jeneral mal equipados.

Sucumbiendo alfin, Miguel Carrera no sucumbió por malas cualidades, y aun menos por falta de talento, sino que fué sacrificado á la desconfianza con que todos miraban los primeros mandos en manos de su familia. Esta desconfianza , á la verdad, podia tener el funda

mento aparente de que en tiempos de revolucion, la fuerza armada sin el contrapeso de una autoridad que la mantenga en sus límites, puede muy fácilmente disponer de la suerte de un país, y privarlo de todas sus libertades y derechos.

Sinembargo, el gobierno no habia tenido en ninguna manera la intencion de ajar la familia Carrera. Lo que queria era exonerarla de un poder tentador y no despojarla de sus derechos ni de sus grados. Si para conseguirlo tuvo que indisponer los espíritus contra ella, esto lo hizo por la necesidad forzosa en que se vió de quitarle su ascendiente y su influencia; pero muy ciertamente, habria sido de desear que no hubiese usado, en ciertas ocasiones, de medios que no eran enteramente conformes á una escrupulosa delicadeza.

Por ejemplo, Carrera ha sido acusado de tolerar, y por decirlo así de autorizar los escesos que se cometian en la provincia. Sin duda habria podido impedir algunos sino todos; pero las circunstancias no se lo permitian; sus tropas no estaban aun bien disciplinadas, y un gobierno inesperto y celoso de su prestijio dejaba su ejército desnudo y privado de los mas indispensables socorros, en una época en que el espíritu nacional no bastaba para que sufriesen tantas privaciones con resignacion por el amor de la patria. Ademas de esto, los desórdenes que se le atribuian no eran mas que consecuencias del estado de revolucion de la provincia , y parecian tanto mas odiosos cuanto los que los cometian eran conciudadanos, y, algunas veces, amigos en otro tiempo. Obligado á disimularlos, Carrera solo los disimulaba hasta cierto punto, y los castigaba con rigor, cuando salian de ciertos límites. Su espíritu justiciero se señaló por muchos individuos que mandó pasar por las armas, y en tales casos es preciso confesar que no perdonaba a nadie, aunque fuesen conocidos, amigos y aun tambien parientes.

Los cargos que se le han hecho de no haber sabido aprovechar de la victoria tanto en Yerba Buena como en San Carlos, no son mejor fundados, ni mas justos : la primera de estas acciones no fué mas que una sorpresa, puesto que los patriotas no pensaban empeñarla mas que con la vanguardia enemiga, y tenian pocas tropas para sacar grandes ventajas del desórden en que la pusieron por de pronto. Si el campamento de Carrera no hubiera estado tan lejos y á la otra orilla del rio Maule, muy ciertamente el ejército enemigo habria quedado roto y desmembrado en términos de no poder jamas rehacerse ; pero los patriotas estaban tan ajenos de lo que iba a suceder, y de que el cuerpo del ejército realista se hallase en Yerba Buena, que la colunna de ataque no estaba apoyada por especie alguna de reserva; descuido, á la verdad, incomprensible en un militar de esperiencia, que debe conocer todas las posiciones y disposiciones del enemigo antes de decidirse á atacarlo.

La otra reconvencion relativa á la accion de San Carlos parece, á primera vista, menos injusta. El ejército de Pareja se hallaba bajo desfavorables auspicios que tenian, y no podian menos de tener á sus tropas en un estado de desmoralizacion, puesto que se retiraban en fuga, y su jeneral, ya anciano, se hallaba gravemente enfermo. En esta retirada precipitada , la vanguardia de los patriotas las seguia y les daba alcance, en términos que, desesperando de llegar al rio Nuble, no tuvieron mas recurso que atrincherarse sobre una loma. Por

consiguiente, era esta una ocasion favorable para que el jeneral Carrera cosechase las primicias de laureles fu. turos verdaderos; pero sus tropas, poco acostumbradas á las fatigas de la guerra, llegaban exaustas de fuerzas, quedando atrasados y fuera de las filas muchísimos soldados, por los malos caminos y las continuas lluvias; á lo cual se juntaba la poca disciplina é instruccion de la jeneralidad del ejército, y sobretodo el inconsiderado acaloramiento conque Juan José se arrojaba al enemigo. Tales han sido las causas de las pocas ventajas que se obtuvieron en el ataque de San Carlos.

Pero la grande falta que cometió Carrera en aquella circunstancia , fué la de haberse encerrado en su campamento sin pensar en vijilar los movimientos del enemigo, el cual pudo retirarse y desaparecer impunemente á favor de la noche. Un jeneral mas avisado no habria cometido ciertamente semejante yerro , y le hubiera podido perseguir y arrojar sobre el Nuble , en donde lo hubiese desecho completamente con tanta mas facilidad, cuanto el rio, corriendo crecido y caudaloso, era infinitamente mas peligroso el atravesarlo. Por consiguiente, Carrera faltó entonces de prevision, como mas adelante en otras ocasiones, se mostró indeciso , irresoluto y, tal vez, tímido. Jamas se le vió en medio de una accion, y siempre se situaba á distancia para dirijirla, como si mandase un numeroso ejército, bien que no pudiese ignorar que en pequeños encuentros, un jefe debe dar á sus tropas el ejemplo del valor, mostrarse en donde hay mayores riesgos, mandando por su propia voz y guiándolas él mismo á la victoria. Pero, como lo acabamos de decir, obraba de un modo enteramente opuesto, y si dió pruebas de saber organizar sus colunnas, no las dió en igual grado de saber conducirlas al enemigo, porque no tenia el denuedo, que es una de las eminentes cualidades de un jeneral en jefe.

En cuanto a sus malversaciones y poco patriotismo, esta acusacion ha podido tener eco en aquel momento; pero el tiempo, que es un infalible justiciero, le ha declarado muy luego absuelto. En efecto, no se podia racionalmente tachar de falso patriotismo á un jeneral que, como Carrera, trataba con tanto rigor á los realistas, aunque fuesen mujeres, en términos de perder el favor de la opinion jeneral, y á consecuencia sin duda alguna , el puesto que ocupaba de jeneral en jefe; en la cual se faltó al reconocimiento y á la justicia que le eran debidos por los grandes servicios que habia hecho al país, creando y organizando un ejército en medio de la mas increible penuria de medios y elementos para ello; no habiendo ademas motivos suficientes para quitarle el mando. Por lo mismo, se hace mucho menos estraño que hubiese titubeado en deponerlo, y querido, en un primer movimiento, oponerse á la ejecucion del decreto que se lo quitaba : ¿qué jeneral, en su lugar, no hubiese hecho lo mismo ? Y con todo eso, al punto en que vió la opinion jeneral engañada é indispuesta contra él, cedió y se retiró sin recriminacion ni quejas; lo cual, lejos de atraerle induljencia, fué causa y motivo para que se le afease con una nueva calumnia, haciendo correr la voz de que si se habia resignado , lo habia hecho porque temia la llegada de un nuevo ejército del Perú.

FIN DEL TOMO QUINTO.

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