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necesidad imperiosa de las circunstancias. No obstante, aquella minoridad aun quiso hacer un esfuerzo, protestando abiertamente, y pidió al gobernador pusiese á la cabeza del cabildo, para presidirlo, un hombre de talento y firmeza y, sobre todo, afecto á la monarquia española. Carrasco adoptó sin dificultad este nuevo proyecto, y, por la misma fatalidad inseparable de su flaqueza, nombró al mismo Campos, que le habia ocasionado tantas desazones con la Universidad, acarreado la enemistad de la real audiencia, y que iba, en aquella ocasion, á quitarle el único apoyo que le quedaba en todos los cuerpos politicos de su gobierno.

Claro estaba que los miembros del cabildo, que habian solicitado de él aquella medida, verian con sumo disgusto un nombramiento que, en cierto modo, los ponia bajo la dependencia de un presidente, ya malquisto de ellos, y estrañoá la corporacion. Así sucedió, y se quejaron amargamente á Carrasco, arguyéndole con dificultades ilusorias, y, lo que fué peor, altaneras, y propias á producir su efecto ordinario, á saber, una negativa terca y obstinada. Pe allí se siguió una correspondencia agria, enconada, insultante, que concluyó haciendo odiosas á entrambas partes, y desuniéndolas de un modo deplorable para los realistas; porque desde aquel instante el presidente se quedaba aislado de tod* corporacion política, y reducido á sus débiles medios de resistencia contra una faccion que se reforzaba cada dia mas, y que anhelaba por vengar sus derechos ultrajados. En semejante situacion , ya no puede un hombre hacerse ilusiones sobre el peligro que le amenaza, y presiente de antemano su ruina por la diminucion de su fuerza moral, que le abandona y le hace incapaz de pensar con juicio ni fruto. Sin embargo, no le medió asi á Carrasco, el cual hizo como el avaro, cuando en el momento de perder su tesoro arrastra los mayores peligros para conservarlo, y quiso imposibles para defender su agonizante autoridad, bien que no tuviese mas apoyo que algunos empleados y las tropas que guarnecian la capital y la frontera. Con esto contaba, sin reflexionar que en casos tales un jefe debe apoyarse en la fuerza moral y no en la material; y, recordando los consejos que le habia dado Cisneros, resolvió seguirlos y convocó ála Real Audiencia para nombrar una junta de vijilancia, capaz de favorecer sus proyectos. £sta junta fué compuesta de siete miembros (1), de la clase mas distinguida de la sociedad, pero muchos de los cuales estaban ya imbuidos de las nuevas ideas. Al mismo tiempo escribió á los gobernadores, prescribiéndoles rigores contra los revolucionarios, y, para darles mas vigor, empleó las amonestaciones de la relijion, ordenando rogativas y sermones para que Dios se dignase preservar á los fieles de las armas francesas y de las seducciones de los novadores.

El clero se apresuró á ejecutar aquella órden con su fervor acostumbrado, pidiendo á Dios con fe viva y con esperanza firme se dignase poner paz en aquellos conflictos politicos. Al mismo tiempo, tronaban los pulpitos y fulminaban anatemas contra los impios enemigos de la relijion y del rey. Por la parte del Sur, especialmente, los misioneros, que eran casi todos españoles, ejecutaron con fanático celo las órdenes de Carrasco. En Osorno, un relijioso que predicaba con la mayor vehemencia contra

(1) Los SS. marques de la Plata, Irrigoyen, Olaguer, Ugarte, Prado, Bravo del Rivero y Jerónimo Pizana.

las ideas del siglo, aseguró, con la mayor candidez, que Napoleon profanaba los mas divinos misterios, dando á comulgar á sus caballos (i). Otro, en Valdivia, creyéndose inspirado, profetizaba la próxima venida del antecristo y el fin del mundo. En Chillan, en donde habia un número mayor de misioneros, procuraban estos fanatizar á sus oyentes, y, tal vez, exaltar sus pasiones, con sermones de la misma naturaleza irritante y con devociones de cada dia. Durante muchos, hubo misas cantadas con su divina Majestad espuesta, y seguidas de oraciones sobre tempore belli, etc. En fin, se hicieron novenas que se concluian con procesiones de la mayor solemnidad y siempre en favor de las armas de España y contra las ideas subversivas de los revolucionarios chilenos (2).

El pueblo, penetrado de sentimientos relijiosos, y atraido por la majestad imponente del templo, oia, sobrecojido, la palabra amenazadora de aquellos misioneros, convertidos en apóstoles de una politica ya ajada y pasada, bien que aun tuviese raices en el corazon de la multitud. La devocion produjo una pronta exaltacion, y, en cualquiera otra pafte, habria, tal vez, ocasionado persecuciones relijiosas ó de partido; pero en aquellas pequeñas poblaciones, tan inocentes y pacificas, solo

(1) Archivos del gobierno.

(1) a Primero, se retocó el sagrario comulgatorio para trasladar á él al Señor; K canto una misa solenne con el mismo Señor patente, y con su respectivo seraoo. Por la tarde, sallo por los calles una procesion solennisima, llevando yo ei tesoro del cielo y de la tierra, y el palio, seis sacerdotes revestidos con los ornamentos mas vistosos de albas y casullas que se hallaron. Se vistieron de áajrles tres niños para decir en honra del sacramento tres loas; á todo lo cual acompañó la música de una arpa encordada, para realzar su armonia, con cuerdas de clave, y canto de una letra relativa al sacramento, etc., etc. » Informes del reverentisimo comisario jeneral, Fr, Pablo de Mayo, en el coiejio de Chillan. V. Historia. 6

crearon, bien que fuese, tal vez, peor, y muy ciertamente mas bajo, hipócritas y espias. Todos se miraban con temor y desconfianza; ya nadie se atrevia á hablar de politica por miedo de dar que pensar, pues hasta el pensamiento mas secreto no se creia seguro en el seno de la amistad; por donde se ve cuanto mas injenioso es el hombre para engañarse que para desengañarse.

Los primeros golpes del espionaje cayeron sobre los amigos que O'Higgins tenia en Chillan, Fr. Rosauro Acuña, pnor del hospital de San Juan de Dios, y el coronel de milicias don Pedro Ramon Arriagada, sujeto muy rico y muy estimado de Mendiburu, suegro del doctor don Juan Rosas, los cuales, en el acaloramiento de una discusion, que se habia manifestado muy pacifica en el principio, olvidaron los consejos de la prudencia , y se atrevieron á decir que España estaba perdida; que la junta central no podia arrogarse derecho alguno sobre el pais y que este no tardaria en ser gobernado por sus propios hijos. Habiendo llegado esta discusion á oidos de Alava, intendente de la provincia de Concepcion, hombre tan, débil como de limitado entendimiento, este dió aviso inmediatamente del caso á Carrasco, el cual mandó al comandante de la frontera, don Pedro Renavente, fuese, incontinenti, con veinte y cinco dragones, á arrestarlos y enviarlos á Santiago, en donde, efectivamente, fueron entregados á la justicia de Irigoyen. La causa que se les formó fué muy larga, y, sobretodo, muy costosa para Arriagada; pero Irigoyen procuró que su situacion fuese soportable, en cuanto era posible, pues ya presentia, con su tino y perspicacia bien conocidos, que no tardada en haber una reaccion, y, por otra parte, Rosas vijilaba con todo su influjo y poder aquellas dos primeras victimas de la revolucion chilena.

Otro acto de severidad, mucho mas grave, y que influyó muchisimo en losprogresos de la revolucion, y en la ruina de Carrasco, fué el arresto de otras tres personas de distincion: J. A. Ovalle, don Bernardo Vera y don José Antonio Reyes, el primero de los cuales se hallaba en los baños de Cauquenes con algunos parientes y amigos. En aquella época de borrascas políticas, todos respiraban un ambiente de presentimientos y temores, y, Daturalmente, caia la conversacion sobre tan importante materia y sobre las consecuencias que se habia de esperimentar muy pronto. En aquella reunion, todos hablaban con un desahogo que dejaba creer que los pareceres y opiniones eran unánimes, y sus discusiones se hacian acaloradas, atrevidas y tanto mas frecuentes, cuanto no podian tener otra distraccion en medio de las cordilleras. El punto sobre el que se hallaban casi todos de acuerdo era que España no podria resistir á un enemigo tan hábil y tan poderoso como lo era Napoleon; pero tan pronto como se trataba de sacar partido de la ruina de la madre patria en provecho de la libertad chilena, las opiniones se manifestaban opuestas y obstinadas. Unos, encojidos y temerosos de perder lo que tenian, temblaban al pensar en las consecuencias del rechazo de una invasion; otros, que resistian aun á toda idea de reforma social, condenaban con rigor los principios turbulentos de las facciones, cuyo fin principal, segun ellos creian, era aprovecharse de las acciones revolucionarias de las masas para satisfacer sus propias pasiones.

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