Imágenes de páginas
PDF
EPUB

tacion de esta provincia desgraciada se consumaba alternativamente por dos ejércitos compuestos en su mayor parte de soldados que habian nacido en ella , que muchos habian estado unidos con los lazos de la amistad y algunos lo estaban con los vínculos del parentesco. Por parte de los realistas, preciso es confesarlo, el deseo de venganza no era ni tan profundo ni tan jeneral : habia en ellos mas reserva, mas moderacion, porque estando provistos de lo necesario , obraban solo contra el enemigo, nunca contra la propiedad, á menos que las circunstancias lo exijiesen : les dominaba ademas una influencia esencialmente relijiosa y estaban mandados por oficiales entendidos y bien disciplinados. No sucedia lo mismo por parte de Carrera , a quien la junta gubernativa , sea por impotencia, por inercia ó quizá por cálculo, habia casi abandonado á sus propios recursos, obligándole de este modo a hacer continuos pedidos á los habitantes de la comarca, ya llenos de ansiedad y de desconfianza en el porvenir. Porque a pesar del cuidado que ponia en la eleccion de las personas encargadas de ejecutar sus órdenes, a pesar del rigor que desplegaba en ciertas ocasiones contra los autores de algunas exacciones, quiso la fatalidad que los mismos oficiales que merecieron su confianza abusaron de su posicion y contribuyeron con su sed de riquezas á agravar los males de la guerra, y á sumerjir la provincia en un estado tan deplorable, que tenia que pedir víveres á Valparaiso la que habia provisto antes a esta ciudad de grandes depósitos. Todo esto contribuyó poderosamente á enajenar las voluntades del país, á aumentar el número de los enemigos de la patria, y hasta á producir numerosas defecciones entre los que Rosas habia sometido por el ascendiente de su jenio y que movidos de un sentimiento de verdadero patriotismo se habian unido al partido de la revolucion.

Tal era el estado de las cosas cuando O'Higgins tomó el mando del ejército. Su mision era escabrosa , difícil, pero no superior á sus fuerzas. Poseia en alto grado lo que es muy necesario en una revolucion, el sentimiento del propio deber; y reuniendo las dos cualidades que constituyen la fuerza de un soldado, es decir, el valor que emprende y la voluntad que persevera, no debia serle difícil ganar las simpatías de un ejército que tantas ocasiones habia tenido de apreciar su intrepidez y su sangre fria, y de desarrollar en él el espíritu de cuerpo, esta gran virtud guerrera que el desórden habia estinguido casidel todo. Natural y vecino de la provincia de Concepcion, donde era dueño de vastas propiedades, tenia tambien derecho a la estimacion de sus conciudadanos, porque estos estaban acostumbrados á vivir en su sociedad y á apreciar su carácter jeneroso y desinteresado, de que tenia dadas repetidas pruebas ya renunciando su sueldo, ya haciendo donativos de gruesas sumas de dinero, ya mermando considerablemente el numeroso ganado de sus haciendas para dar de comer á los soldados y para proporcionarles caballos.

Tan brillantes cualidades unidas á un ardiente patriotismo y á la firmeza de principios, no dejaban notar la falta de esperiencia que en mucho mayor grado que él poseia su antecesor, quien en cambio carecia de aquella bravura atrevida que en último resultado es la que distingue al verdadero jeneral, sobre todo en guerras de tan escasa importancia.

Como la junta le habia revestido de plenos poderes, lo primero que hizo fué dar nueva organizacion al ejér

cito y nombrar jefes con quienes pudiese contar. Dió el mando del cuerpo de dragones y del de húsares de la victoria á Rafael Anguita , el de granaderos á Enrique Campinos, puso la guardia nacional a las órdenes del capitan don José María Benavente y reformó en gran parte el plan de don Miguel Carrera. Semejante política era quizá necesaria para hacer odioso este jeneral á los ojos del soldado como se le habia hecho ya á los del público, á lo que contribuyó mucho el cura Cienfuegos, quien no se contentó con desaprobar por su parte la organizacion del ejército, sino que hasta mandó poner en libertad á mas de doscientas personas entre hombres y mujeres que la justa severidad de Carrera tenia detenidas en las prisiones ó en los pontones de Talcahuano, en Tumbes y en la isla de la Quiriquina.

Esta gran liberalidad del plenipotenciario que visiblemente aspiraba á la reputacion de clemente, no mereció la aprobacion de todos los patriotas, porque entre los prisioneros se contaban muchos criminales y de estos algunos tan infames que habian conspirado á favor de ambos partidos, por lo cual eran mas culpables y mas temibles. En su natural sencillez, el buen padre, como le llamaba Carrera , creia que bastaba un simple juramento de fidelidad para atraerlos, sin reflexionar que semnejantes ligaduras son superfluas entre hombres honrados, y completamente inútiles cuando se trata de perjuros que han dado pruebas de infidelidad. O'Higgins, que conocia mejor el corazon humano, era uno de los descontentos: queria una amnistía , pero no tan jeneral y tan completa, porque opinaba que la jenerosidad llevada al esceso es siempre funesta á las revoluciones. En esta ocasion como en otras muchas, conoció que a pesar de la

influencia de Cienfuegos en una provincia en que era muy querido y estimado, sus inconsecuencias podrian ser perjudiciales al restablecimiento del orden y determinó alejarlo de allí. So pretesto de una conspiracion de Carrera y de que su voto era necesario en la junta , le hizo partir el 6 de febrero para Penco viejo y el 10 para Talca escoltado por un destacamento de ochenta soldados, privándose así de un ausiliar sumamente precioso que con los medios que le daba su santo ministerio hubiera podido separar la causa realista de la causa relijiosa, estrechamente ligadas y confundidas en la mente de aquellos buenos campesinos.

Luego que O'Higgins quedó de único jefe en Concepcion continuó sus reformas, procurando dar nueva organizacion á su pequeño ejército. Aunque mas reservado que Cienfuegos en atacar los actos y proyectos de Carrera, no usaba menos que aquel la segur siempre que podia hacerlo sin comprometer á las claras su delicadeza. Los partidarios de Carrera, que aun eran muchos, no veian con indiferencia estos actos de hostilidad. Si la proclama de la junta no les habia agradado, menos podia ser de su gusto la del nuevo jeneral, quien con maligna intencion inserto en ella algunos pasajes de la del virey del Perú á los Chilenos, en que los dos hermanos mayores eran tratados de jóvenes caprichosos, lijeros y licenciosos, y acusados como autores de la ruina de la provincia. Llenos de indignacion murmuraban contra el nuevo estado de cosas, y el acto de deponer Carrera su poder lo consideraban, no como la desorganizacion de su partido, sino como una simple necesidad del momento que habia de desaparecer bien pronto. Empezaban a olvidar por otra parte ellos y muchos de sus soldados el carácter turbu

lento de su jeneral, y confiaban en poder sublevar con el tiempo á fuerza de celo y de actividad el ejército y hacer una la suerte de este y la de su verdadero jefe para abrirle así el camino, imponérselo segunda vez y que apareciese á sus ojos con la aureola y el prestijio de una víctima. Con objeto de cortar este funesto resultado y quizá una guerra civil, la mayor de todas las calamidades en aquellas circunstancias, se hicieron las reformas, destituyendo á ciertos oficiales, destinando otros á Talca con el pretesto de que organizasen un cuerpo de reserva, y favoreciendo de todas maneras á los enemigos de Carrera , especialmente a los que por su audacia ó por sus resentimientos eran los mas á propósito para menoscabar su reputacion. Entre los últimos se contaban algunos militares y no pocos paisanos que habian sido perseguidos por realistas ó por contrarios á su partido, y otros como Miguel Zañartu, el presbítero Isidoro Pineda, Fernando Urizar, Antonio Mendiburu, y Santiago Fernandez, que siempre desaprobaron la severidad que desplegó contra sus conciudadanos y la tolerancia que tenia con los escesos de sus soldados. Como las personas citadas pertenecian a las primeras clases de la sociedad y las conocia mucho O'Higgins, formaron desde luego su principal círculo y no tardaron en ser sus mas íntimos consejeros.

Otro motivo de temor para el Gobierno era una junta que habia en Concepcion nombrada por los vecinos, é igual casi á la de Santiago en la naturaleza é importancia de sus atribuciones. No fué otro el orijen de semejante junta que los antiguos zelos ambiciosos, de que ya hemos hablado, que la provincia de Concepcion tenia de la de Santiago y que la arrastraban por instinto á ser independiente de esta en administracion y en política. La

« AnteriorContinuar »