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El 15 de enero de 1817 fué el dia en que el ejército emprendió la marcha con tanta impaciencia como resolucion. Al llegar al medio de la cordillera recibió San Martin un oficio del director Pueyrredon, en que le manifestaba temores por la suerte de Buenos-Aires, muy comprometida por las tropas realistas, victoriosas no solo en su país, sino en casi todo el continente, en Méjico, Venezuela, etc., añadiéndole con grandes instancias que en atencion al corto número de tropas que tenia Bellegrano en el Tucuman, se volviese á pocas dudas que ofreciera la victoria sobre los realistas de Chile.

Este oficio lleno de inquietud al jeneral en jefe, no poco atormentado con las mil dificultades que encontraba para pasar las cordilleras, y mandó llamar á O'Higgins para discutir con él lo que convenia hacer (1). El caso era grave sin duda, pero con soldados tan admirablemente disciplinados y tan yalientes, con oficiales que eran la flor de la juventud de Buenos-Aires (2), no se podia de ninguna manera renunciar a la espedicion y retroceder. Esto hubiera sido destruir un ejército que tanto prometia; porque, como le decia O'Higgins, á quien la impaciencia por partir tenia hacia tiempo triste y disgustado, si los chilenos estaban tan entusiasmados y decididos, no era mas que por la esperanza de volver al seno de sus familias, al lado de sus padres, de sus mujeres e hijos, esperanza que una vez perdida produciria una desercion grande y continuada. Eran demasiado fundados los temores de O'Higgins para que San Martin no los tomase en consideracion : cargó pues sobre sí la responsabilidad

(1) Conversacion con don Bernardo O'Higgins.

(2) And is said to be officered by the flower of the Buenos-Ayrean youth. Brackenridge voyage to South America, t. II, p. 105.

de esta campaña y continuó la marcha por medio de aquellas ásperas montañas y por alturas en que un aire sumamente enrarecido produce la enfermedad conocida en el país con el nombre de puna ó soroche, que es un verdadero mareo con horrorosos síntomas de desmadejamiento, vómitos y dolores de cabeza. Era verdaderamente admirable ver marchar aquellos pobres soldados sin quejarse, al lado de tantos precipicios y por caminos sumamente estrechos y quebrados, por donde tenian que pasar ocho mil nuevecientos cincuenta y nueve caballos y cerca de dos mil mulas cargadas de cañones, cureñas, bagajes y otros efectos, que muchas veces habia que descargar y llevar á hombro. Solo el que ha visto estas veredas, hoy mucho mas practicables que entonces por las relaciones entre las dos repúblicas y el activo comercio que hacen mutuamente, puede formar idea de las penalidades inauditas que tuvieron que arrostrar aquellos dignos defensores de la nacionalidad chilena.

¿ Qué hacia Marco mientras que todos estos preparativos amenazaban la autoridad de su señor en Chile ?

Principio por quemar en la plaza por mano del verdugo, y á presencia de los militares, etc., el acta de la independencia de Buenos-Aires que le remitió San Martin , diciendo con ironía que era lo único que este jeneral podia enviar contra Chile; pues a pesar de las cartas de los realistas de Mendoza , no queria creer en una espedicion que calificaba de imposible ó por lo menos de muy temeraria, y de consiguiente mas favorable á su partido que capaz de infundirle cuidado. Así es que hacia mofa de los liberales, invitándoles con palabras benévolas á que fuesen á unirse con sus compatriotas, prometiéndoles seguridad y proteccion en el viaje, ó á habitar el punto que juzgasen mas adecuado á sus ideas de libertad; pero les amenazaba con las mas severas penas si permaneciendo en su país intrigaban lo mas minimo. Para dar fuerza á sus amenazas renovó todos los bandos de alta policía siempre a disposicion de los caprichos de San Bruno.

Entre tanto, el joven Rodriguez, que habia llegado hacia poco á Chile, llevaba el espanto á las subdelegaciones mas inmediatas á la capital. Lleno de confianza en su mision y en el prestijio de su palabra , no temia presentarse en las haciendas y hablar á los empleados y peones, que con grande entusiasmo atraia á su partido. Así es que muy pronto se levantaron muchas montoneras, de las cuales dos se hicieron notables, la de Neira, hombre fogoso, arrojado, aunque de malos antecedentes, la otra al contrario, capitaneada por un jefe tan distinguido por su probidad como por su riqueza, el hacendado Salas, á quien el amor vehemente á su patria comprometió en esta empresa. Estas montoneras, raras veces juntas, casi siempre separadas, esplotaban con una audacia que rayaba en temeridad, todo el país comprendido entre el Maypu y el Maule, y llegaban hasta Chillan. No contentas con molestar á las tropas realistas, ponian en contribucion a los enemigos de la patria, se llevaban las cajas del fisco de los pueblos pequeños y no temian pen netrar en la capital para ponerse en comunicacion con los de su partido. Sus hazañas infundieron un terror tal en la sociedad, que Marco pregonó sus cabezas y prometió un indulto absoluto al que los esterminase, aun cuando este fuera el mayor facineroso, amenazando con pena de muerte á todo el que sabiendo su paradero no lo

participase á la justicia mas inmediata (1). Amenazas terribles sin duda, pero que no bastaron á impedir que estos nobles campeones continuasen su obra, y allanasen algunas de las mil dificultades que San Martin tenia que encontrar en su espedicion (2).

Este gran número de montoneras despertó al fin á Marco de la indiferencia con que miraba la espedicion de San Martin, anunciada continuamente por los realistas desde el 15 de octubre. Poco esperimentado en la estratejía militar y no entendiendo mucho de ardides de guerra, llegó á creer que el jefe patriota iba a poner en ejecucion el plan que tan hábilmente habia divulgado; y para detener su marcha envió á Curico, tan luego como recibió las primeras noticias de la espedicion, doscientos hombres con órden de situarse en los desfiladeros de las montañas en el momento que se les avisase, mientras que él marcharia con el grueso del ejército por el camino de Aconcagua para ir a atacar á San Martin antes de su partida (3). Este plan lo ideó el padre Martinez, francis

(1) Todos aquellos que sabiendo el paradero de los espresados don José Miguel Neira y dou José Manuel Rodriguez y demas su comitiva, no dieren pronto aviso, sufrirán pena de muerte. Por el contrario los que les entreguen viros ó muertos, despues de ser indultados de cualquier delito, aunque sean los mas atroces, se les gratificará ademas con 1000 pesos, etc. Gaceta del gobierno, tomo 2o, número 96, página 453.

(2) Se cuentan de esta época mumerosos rasgos de audacia, de don Manuel Rodriguez especialmente, que á haber ocurrido en liempos remotos en que todo se exajeraba , su nombre hubiera servido para una de esas leyendas populares que las baladas ó las epopeyas fabulosas de entonces nos han conservado tan cuidadosamente. No citaré mas que uno de los muchos que he oido contar al escelente jeneral don Santiago Aldunate. Sabedor un dia Rodriguez de que el comandante de la guarnicion de San Fernando daba un baile, apostó á que se presentaria en él : se presentó en efecto, y despues de tomar ponche con aquel jefe que babia puesto precio á su cabeza, se volvió muy tranquilo con sus companeros, que le esperaban llenos de ansiedad por su imprudencia. Otras muchas aventuras pudiera referir de este celoso patriota, que prueban tanta audacia como presencia de ánimo. (3) Torrente, Historia de la revolucion americana, tomo 2o, pagina 233.

cano muy versado en las cosas de Chile, quien tambien fué á Curico y á las montañas á enviar espías por todos lados, y hasta á Mendoza mismo para conocer á fondo la posicion y las fuerzas del enemigo. Por los espías supo las dificultades que ofrecia el paso de las cordilleras cuyo camino estaba cubierto de nieve, la inferioridad numérica del ejército patriota y el corto número de tropas que guarnecia el fuerte de San Rafael sobre el camino de Mendoza.

Contento con estas noticias que facilitaban sus combinaciones, las comunicó al presidente, y le envió al mismo tiempo los espías que se las habian llevado; pero habiéndose esparcido por entonces la voz de que una fuerte espedicion marítima iba a partir de Buenos-Aires para atacar á Concepcion, se resolvió en un consejo de guerra abandonar el plan de campaña proyectado y seguir otro que consistia en desparramar el ejército á lo largo de las cordilleras en una estension de cerca de doscientas leguas, acantonando los diferentes batallones en los principales pueblos. El de Chillan fué apostado en Curico y Talca; el de Concepcion, en Concepcion ; la caballería de Barañao en San Fernando, donde se atrincheraron las calles con adobes, y otra en Rancagua; al camino del portillo se enviaron algunas compañías : las deinas tropas quedaron en Santiago, escepto mil hombres que fueron de vanguardia á Aconcagua. Unos cuantos dias antes, el sarjento mayor de Talavera don Miguel Marqueli habia ido á las cordilleras de Aconcagua con varias compañías á observar á los patriotas; y habiendo avanzado hasta llegar á corta distancia de Uspallata, tuvo que retroceder á la Guardia , despues de haber tenido en Picheuta con don Enrique Martinez, oficial de la division Las Heras,

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