Imágenes de páginas
PDF
EPUB

á Talca, cuya pérdida se ocultó al público durante muchos dias, dispuso á toda prisa formar una division capaz de llevar a cabo esta empresa. Pero el dia despues de su llegada estalló la revolucion y la junta fué reemplazada por un director, que siguió la misma idea y puso al frente de esta division al teniente coronel don Manuel Blanco Encalada, jóven muy honrado y valiente, que movido por su amor á la patria y á la libertad, habia abandonado la marina española en la que empezó su carrera militar (1). El efectivo de esta division era de seiscientos setenta fusileros, setenta artilleros con cuatro piezas y setecientos milicianos de caballería, mil cuatrocientos cuarenta hombres en todo, estando comprendidos en este número los soldados que Bascuñan llevó á San Fernando despues de la pequeña accion de las alturas de Larqui y acababa de incorporar á los del teniente coronel don Fernando Marquez de la Plata á su llegada á dicha ciudad.

Esta pequeña columna, destacada en los momentos en que acababan de reunirse las dos divisiones O'Higgins y Mackenna, hubiera sido suficiente para conseguir el objeto del gobierno , si todos los soldados de que se componia hubiesen sido dignos de su comandante; pero desgraciadamente habia en ella muchos reclutas, pocos veteranos casi todos desertores y por lo tanto de escasa confianza, y buen número de jóvenes sacados de las provincias del centro y del norte de la república, las cuales, lejos de ser como las del sur cuna de hombres valientes y sufridos, soldados en cierto modo de nacimiento, no

(1) He oido decir á don Miguel Infantes que la intencion de la junta era poner a la cabeza de aquella division á don Santiago Carrera , militar arjentino y de toda confianza.

presentan por el contrario mas que ciudadanos tímidos, pacíficos, poco aptos para la guerra y de consiguiente muy tardos en aprender el manejo de las armas. Con tales elementos iba á reconquistar don Manuel Blanco la villa de Talca, teniendo que habérselas con un enemigo muy inferior ciertamente en número, pero muy superior en ardor é intelijencia militar.

El 14 de marzo estaba reunida toda la division en San Fernando y salia en dos columnas, mandada una por el teniente coronel don José Soto que debia acampar á orillas del rio Tinguiririca, y la otra por el de igual graduacion Bascuñan, encargado de avanzar hasta la hacienda de Chimbarongo y esperar allí al jeneral en jefe. Esta órden no fué por desgracia cumplimentada, y una desobediencia á todas luces injustificable, fué el preludio de una insubordinacion que necesariamente habia de ser funesta á la espedicion. Llegados en efecto al lugar elejido para campamento, don Enrique Larenas, comandante de caballería de milicias, pretendió que debia continuarse la marcha y acampar mas cerca de Curico; promovióse de aqui un fuerte altercado entre él y Bascuñan, quien en su cualidad de jefe y como tal responsable del cumplimiento de las órdenes del jeneral, se opuso formalmente al proyecto de Larenas; pero este, de carácter díscolo y revoltoso, sembró la discordia en el cuerpo de oficiales, los sublevó contra su jefe y forzó en cierta manera á este á tener un consejo de guerra, en el cual, como era de presumir, obtuvo su parecer gran mayoría. La division, pues, continuó su marcha y fué á acampar á Curico. El enemigo se encontraba en las inmediaciones, pero se le suponia del otro lado del Lontue y á bastante distancia, cuando á eso de la una de la madrugada algunos disparos de los centinelas pusieron a todo el mundo en movimiento. Creyeron al principio que se trataba de un ataque en regla, y con este temor ordenaron los oficiales una retirada sobre el cerro de Curico que domina la ciudad, y en seguida emprendieron la marcha, pero seguidos solamente de un corto número de soldados, porque los demas prefirieron continuar sus desórdenes y sus orjias en la ciudad, de la que no salieron hasta que el enemigo les obligó á hacerlo. En tales circunstancias llegó el jeneral en jefe, quien irritado en gran manera por una desobediencia que nada podia justificar, reprendió severamente a la mayor parte de los oficiales, con especialidad a los que con su indisciplina habian comprometido temerariamente la suerte de la columna, y despues viendo que no quedaba mas remedio, considerada la fuerza del enemigo, que una retirada, fué á reunirse á la segunda columna , y con ella se dirijió por el lado de San Fernando, siempre en medio de algunos desórdenes que llegaban muchas veces hasta los escesos de la inmoralidad.

Otro jeneral hubiera titubeado en continuar la campaña con soldados cuya indisciplina no ofrecia garantías de ninguna especie, pero don Manuel Blanco era demasiado pundonoroso para renunciar á su mision por difícil y desagradable que fuera; y tres dias despues volvió á emprender el camino de Talca con la esperanza de que a la vista del enemigo cesarian los desórdenes de sus soldados. A los dos dias, es decir el 21 de marzo, su pequeño ejército llegaba á Curico y su vanguardia sufria el fuego del enemigo, apostado del otro lado del rio Lontué para disputarle el paso. Algunas guerrillas bastaron para dispersarlo y hacerle retroceder primero hasta

las casas de la hacienda de Quecheregua y despues hasta mas allá del estero de Rioclaro. El jóven alférez don José Gregorio Allendes fué el que lo desalojó despues de un lijero combate, en que las pérdidas de ambas partes fueron insignificantes; y como el camino quedó espedito, el ejército continuaba con toda seguridad su marcha cuando un parlamentario del jefe enemigo, don Angel Calvo, vino á quejarse al jeneral chileno de la barbarie del oficial don Ramon Gormaz, por cuyo mandato habian cortado las orejas á los últimos prisioneros, y á amenazarle con observar por su parte la misma conducta con los que cayesen en sus manos, si se repetia semejante esceso. Todo esto no era mas que un pretesto para ponerse en comunicacion con este jeneral é intimidarle, abultando la fuerza de la division y hasta proponiéndole en nombre de su jefe un combate entre ambas partes en el terreno que elijiese. No era posible que un hombre de las ideas caballerescas de don Manuel Blanco se hiciese sordo a tal provocacion, y al aceptarla designó el llano de Quecheregua como el sitio mas conveniente para llevarla á efecto. El jeneral Blanco trasladó á él inmediatamente su pequeño ejército y estuvo una gran parte del dia esperando con impaciencia la llegada del enemigo provocador ; hasta por la tarde no se apercibió de que su campeon, burlándose de do que hay mas sagrado en el honor militar, se habia valido de una astucia para ganar á Talca sin ser inquietado. A vista de esto no le quedaba mas esperanza que la de habérselas con él en dicha ciudad, á la que se dirijió al dia siguiente, lleno de justa cólera por tan villana perfidia. Llegó cerca de Pilarco, en donde pensaba permanecer á la espectativa, pero la insubordinacion de los soldados, y aun mas la de los oficiales, no le permitió seguir en esta idea. Con efecto, unos patriotas escapados de Talca, les hicieron creer en su orgullosa presuncion que bastaba su presencia delante de esta ciudad para desalojar al enemigo y ocuparla , de lo que era buena prueba, segun ellos, una gran polvareda que señalaban y que pretendian ser levantada por los realistas que empezaban á salir. Con esta engañosa esperanza los oficiales comprometieron á su comandante á continuar una espedicion que por otra parte lisonjeaba muy particularmente los instintos de honor y de gloria de este jefe. Prosiguiendo pues la marcha se encontró bien pronto ante las puertas de la ciudad y se colocó en batalla en los arrabales del norte. No habiendo querido rendirse Calvo, mandó que jugase la artillería y destacó diversas guerrillas para atacar al enemigo por diferentes puntos. Una de las guerrillas, la del alférez don Florentino Palacios, se apoderó de la torre del convento de San Agustin, distante solo tres cuadras de la plaza, y por medio de un bien sostenido fuego obligó al enemigo á encerrarse en la misma plaza para defenderse al abrigo de las trincheras. En este momento la ventaja estaba toda de parte de los patriotas, y es de presumir de su impetuoso ardimiento que se hubiesen hecho dueños de la ciudad , si la llegada de un cuerpo auxiliar que suponian ser realistas escapados de Talca, no hubiera obligado á don Manuel Blanco á batirse en retirada y á tomar posicion en Cancharayada para defenderse en caso de necesidad. El mismo que le dió la noticia de la aproximacion de estos auxiliares, le entregó un oficio de don Bernardo O'Higgins, en que le mandaba estar solo a la defensiva, observar al enemigo de Talca y entretenerle en esta posicion ó perse

« AnteriorContinuar »