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los patriotas con la muerte de Zapata, quien recibió un balazo en la cabeza. Desde aquel momento reinó la mayor confusion en el ejército enemigo, especialmente entre los indios, que estimaban estraordinariamente al intrépido cabecilla. Ya no se pensó mas que en la retirada á pesar del refuerzo que les llevó Hermosilla, y Pico tuvo que seguir el torrente é ir á ocultar su nueva humillacion á los países de los Araucanos.

Este nuevo triunfo, sin tener la importancia que el de Concepcion, contribuyó á desmoralizar algun tanto el partido, realista y á calmar la justa inquietud que causaba la prosperidad siempre en aumento de los enemigos de la patria. La muerte de Zapata, sobre todo, se consideró como el mas bello trofeo, porque ella sola valia una victoria. Aunque de condicion humilde, pues fué peon de Uréjola en Cucha-Cucha, se hizo siempre notable por su valor y jenerosidad. Tenia muy buen carácter y era muy estimado, especialmente de los indios, que le consideraban mas que á los otros jefes, porque le veian valiente, justiciero y siempre á la cabeza de su escuadron. Así sucedió, que despues de su muerte los indios casi se manifestaron indiferentes con los realistas. La mayor parte de ellos se mantuvieron en completa neutralidad y aun algunos se pasaron á los patriotas, abandonando un partido que les ofrecia mas ventajas, pues la crueldad y el robo, estos dos grandes estímulos del salvaje, eran escitados de un lado y prohibidos totalmente del otro. Zapata perdió la vida por esceso de valor. Habiendo avanzado cerca del estero para llegar á las manos con un oficial patriota, le dispararon dos soldados y la casualidad quiso que le acertase uno de ellos. Reclinado sobre el caballo, marchó adonde estaban los indios, muchos de los

cuales acudieron á su defensa, pero perseguidos por los patriotas, estos le echaron el lazo, y derribándolo al suelo, lo llevaron arrastrando y lo pasaron de esta manera por el estero de Bollen y despues por el rio de Chillan. Prieto, que le vió en tal estado y que aun daba señales de vida, mandó que le llevasen con mas humanidad á la plaza de Chillan, pero el hermano del capitan Riquelme, que se habia encargado de esta funesta mision, continuó arrastrándolo hasta dicho sitio, al que llegó casi cadáver. Este acto de barbarie, que desdice siempre del honor militar, fué efecto indudablemente del carácter brutal é inhumano que de algun tiempo atrás habia tomado la guerra.

CAPITULO LVII.

O'Higgins medita ana tercera espediclon contra el Perú. — Dificultades que encuentra por la falta de dinero y la anarquía de Buenos-Aires. — Síntomas de mala intelijencia entre el gobierno y lord Cochrane.— Pide este el mando de la espedicion y O'Higgins se lo da é San Martin.— Reunidas las tropas, se embarcan en presencia de miles de personas que acuden de todas partes i victorearlas.— Llegan i Pisco, donde fija San Martin su cuartel jeneral — Q virey Pezuela toma disposiciones para hacer frente al enemigo. — Sabe con gran disgusto la revoluclon de España y la disperslon de las tropas destinadas i Buenos-Aires.— Trata de entablar con San Martin preliminares de paz. — Reunlon en Miradores de los plenipotenciarios, que no produce resultado ninguno.— San Martin destaca una divislon i las órdenes de Arenales para revolucionar el interior del país. — Derrota de Quimper en Nasca. — Deja San Martin á Pisco y establece su campamento en Ancon. — Cochrane bloquea el puerto del Callao.— Ataca la fragata Eimeralda y se apodera de ella.— Sabe San Martin esta importante noticia casi al mismo tiempo que la revoluclon de Guayaquil. — Marcha al valle de Haura i protejer la revoluclon de Huanuco é interceptar las comunicaciones del norte con Lima.— Valdés va á atacar á Reyes y es rechazado por Brandsen. — Don Clemente Lantaño es hecho prisionero en Ruares con la guarniclon. — El batallon de Numancia se subleva y se pasa á los patriotas. — El país se pronuncia mas y mas por la libertad. — Arenales, despues de revolucionar diferentes provincias, llega al cerro de Pasco, donde ataca al brigadier O'Neilly y lo derrota completamente. — Suerte desgraciada de los indios que abrazaron su partido.

Las reconvenciones que el ejército del sur dirijia al gobierno de Santiago por el estado precario en que le tenia, eran sin duda alguna sinceras, espontaneas, pero bajo ningun concepto merecidas. Cometió, es verdad, O'Higgins una falta en mirar con demasiada indiferencia y casi con desprecio los últimos restos del ejército de Ossorio y en fiarse demasiado de la pericia y gran mérito militar de. don Ramon Freire, confianza que no siempre admiten las circunstancias, y que esta vez colocó aquella brillante division en una posicion tan lastimosa

como comprometida. Es necesario confesar por otra parte, que la intelijencia y actividad suma del director no podían bastar á todo, especialmente en momentos en que el país estaba lanzado á las mas vastas empresas, porque el Perú con sus numerosos recursos se presentaba siempre como el gran poder opresor de su libertad, el verdadero nudo gordiano que era preciso cortar, no con simples espediciones marítimas ya que las dos primeras habian producido escasos resultados, sino con una verdadera invasion terrestre, invasion cuyos enormes gastos muy difícilmente podría soportar el estado del país. A fuerza de empréstitos y de donativos repetidos tantas veces, y mas que todo, con las enormes exacciones hechas por el espíritu violento y apasionado de los partidos alternativamente á patriotas y realistas, á exaltados y moderados, las fortunas estaban enteramente arruinadas, la agricultura y el comercio eran casi nulos, y el país, en otro tiempo tan rico y floreciente, habia llegado á un estado de misería tal, que solo la virtud republicana podia soportarlo y la esperanza de un porvenir mas lisonjero.

Otra desgracia que aumentó considerablemente la intranquilidad del gobierno, y que hubiera paralizado sus jenerosos esfuerzos, á ser posible que le faltase el valor y la confianza, fué el estado de anarquía en que cayó por entonces la república de Buenos-Aires. Mientras Pueyrredon estuvo en el poder, un solo pensamiento, una sola política dirijió las dos repúblicas, hubo comunidad de intereses entre los jefes, y en esta buena coyuntura se proyectó, discutió y aprobó la invasion del Perú. Cuando á principios de 1819 pasó lrisarriá Buenos-Aires, se debatió de nuevo esta cuestion de un modo mucho mas formal por parte del gobierno arjentino, pues que por medio de un contrato se comprometió á suministrar para los gastos de la invasion lo que antes tenia prometido, es decir, trescientos mil pesos. Pero á poco tiempo, aquellas hermosas provincias lanzadas por la anarquía en grandes revoluciones, se separaron unas de otras, amenazando hacerse completamente independientes si no se tomaba por base de la constitucion el sistema federativo. Los confederados, que en un principio no tuvieron séquito, lo adquirieron poderoso con las censuras dirijidas á Pueyrredon, atribuyéndole que quería protejer una monarquía constitucional con el príncipe de Luca á su cabeza, antiguo heredero del reino de Etruria. Los enviados de Buenos-Aires en Paris don José Valentin Gomez y don Mariano Gutierrez Moreno, así como don José Irisarri, enviado de Chile en Londres, y tambien Rivadavia estuvieron encargados de hacer entrar á su gobierno en esta nueva combinacion política, ideada por la Francia y aceptada, segun aseguraban, por Pueyrredon. Por lo menos los federalistas le acusaron de ello seriamente, acusacion que tomó la suficiente consistencia para obligarle á renunciar la direccion de los negocios, que se encomendó al jeneral don José Rondeau. Desde entonces las guerras civiles en que tomó una parte muy activa don José Miguel Carrera, ocuparon toda la atencion de los facciosos. El país quedó entregado á sus violentas pasiones y no tardaron en seguirse los apuros financieros que paralizaron la marcha del gobierno, y le impidieron cumplir sus obligaciones relativamente al contrato celebrado entre Irisarri y el ministro de estado don Gregorio Tagle.

Por consecuencia de estos incidentes, O'Higgins serió

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