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Zenteno tuvieron su principal, orijen en estas inmorales especulaciones, disidencias que de tal modo agravaron su posicion que O'Higgins se vió obligado á separarle del ministerio, al menos momentáneamente, diciendo que tenia necesidad de enviarle á Lima á arreglar ciertos asuntos relativos á la marina chilena, y a la guerra que continuaba en aquel pais. Esto no fué mas que un pretesto para engañar á Zenteno, porque á los pocos meses nombró á este gobernador de Valparaiso, y Rodriguez volvió á su ministerio, encargándose ademas del de la guerra, con lo que llegó á ser el eje principal de la administracion deO'Higgins.

Fué este un acto de doblez escandaloso. Todo el mundo se indignó, y el nombre de Rodríguez se hizo aun mas odioso á las poblaciones y al ejército. En todas partes se oia el clamor de una oposicion amenazadora contra la administracion presente, y las quejas recaian sobre el director, cada vez mas obstinado en sostener á su ministro, dando así pábulo á la maledicencia, que le acusaba de solidaridad en los manejos de aquel. Con este motivo se dirijieron nuevos ataques á la legalidad de su poder, se le acriminó por el rigor que habia usado en ciertas circunstancias, y se exijió la pronta convocacion de un congreso para salir, decian, del estado de incertidumbre en que se hallaban de resultas de todas sus arbitrariedades.

El ataque estaba fundado esta vez en razon. No eran solo los carreristas los que pedian reformas y la reunion de un congreso, sino los partidarios mismos de O'Higgins, deseosos como los demas de ver establecido en su pais un verdadero gobierno representativo con todas sus garantias de libertad é intervencion, y basado en la soberanía del pueblo, única capaz de consolidar la independencia, y organizar con acierto y moralizar las administraciones fiscales, que habian estado mucho tiempo i merced de los hombres y de las cosas.

En estas serias demostraciones vió O'Higgins que su autoridad empezaba á decaer, y conoció que si no cedia á los votos de la nacion, acabaria por perderla. Ademas, le contentaba mucho dividir el peso y la responsabilidad de su gobierno con una asamblea de hombres patriotas y probos, y para satisfacer este deseo, que era el de todos los partidos, publicó un manifiesto el 7 de mayo de 182*2, en que convocaba una convencion preparatoria en órden á la creacion y organizacion de una corte de representantes, haciendo notar que entonces que el pais estaba lleno de gloria y de triunfos « era necesario aplicar remedios á males envejecidos, pesar y aumentar nuestros recursos, consolidar el crédito, reformar nuestros códigos acomodándolos á los progfesos de la ciencia social y al estado de la civilizacion del pais; circunscribir útilmente la autoridad dentro de ciertos y seguros limites, que sean otras tantas garantias de los derechos civiles, y den al poder público todas las facilidades de hacer el bien, sin poder dañar jamás.» En seguida, no teniendo la nacion ninguna ley sobre el modo de constituir la asamblea, y estando legalmente disuelto el senado por ausencia y renuncia de la mayor parte de sus individuos, se consideró autorizado para disponer la forma de la eleccion. En su consecuencia dió un decreto mandando que las municipalidades de las capitales ó partidos de las provincias, y en su defecto los tenientes gobernadores, reuniesen los principales habitantes para elejir por cada una un diputado , que habia de ser precisamente oriundo ó vecino del partido, tener mas de veinte y cinco años y poseer una propiedad cualquiera, inmueble ó industrial. Las mismas municipalidades debian conferir «á los electos poderes suficientes, no solo para entender en la organizacion de la corte de representantes, sino tambien para consultar y resolver en órden á las mejoras y providencias, cuyas iniciativas les presentará el gobierno. »

Desgraciadamente O'Higgins, al propio tiempo que reconocia la necesidad de una asamblea que satisficiese la espectativa de la nacion y lo que esta tenia derecho á esperar de ella, trabajaba, sino para eludir el principio, al menos para violarlo.

Persuadido siempre de los peligros que surjirian si abandonaba el poder en unos momentos en que la grande ajitacion de los partidos podia arrastrarlos á una guerra civil, procuró por medio de torcidos manejos, por desgracia muy comunes en todos los paises y en semejantes circunstancias, dirijir las elecciones en utilidad de la administracion existente, repartiendo circulares en que se designaban las personas que queria se nombrasen. Los gobernadores y los miembros de las municipalidades, deseando cumplir por simpatía ó por deber las órdenes del director, su jefe ó su amigo, emplearon su no corta influencia en el nombramiento de los diputados, y casi todas las personas recomendadas fueron elejidas, con gran escándalo de los enemigos del gobierno y de las jentes sensatas, bastante sencillas en aquella época para creer en la posibilidad de una eleccion espontánea y sin influencia. A pesar de esto, la oposicion no se movió y permaneció muda, esperando la apertura del congreso á fin de presentarse robusta y atacar los primeros trabajos de una asamblea, que llevaba consigo el jérmen de una gran debilidad, tanto por la irregularidad de su oríjen, como por la escasez de conocimientos de los diputados para alimentarla y defenderla.

La apertura se verificó el 23 de julio de 1822 con gran ceremonia y al ruido de las campanas y de las salvas de artilleria. O'Higgins, ocupando la presidencia, abrió la sesion con un discurso, en que escitó á los diputados á llenar con celo y exactitud su mision tan dificil como importante, manifestando al propio tiempo la esperanza que abrigaba de ver desaparecer ante su esperiencia y la armonia de sus trabajos, el espiritu de pasion que tanto habia perjudicado al primer congreso. En seguida hizo que se nombrasen un presidente y un vice-presidente, que fueron don Francisco Ruiz Tagle y don Casimiro Albano, y entregando al primero una memoria, marchó á su palacio acompañado de algunos diputados, á esperar los resultados de lo que en ella proponia.

En la memoria hacia dejacion O'Higgins de sus titulos de director, y suplicaba al presidente que la Cámara nombrase otro para entrar de una vez en las vias de regularidad , que el estado del pais y las circunstancias no habian permitido hasta entonces. Como todo el mundo esperaba, la asamblea se apresuró á devolverle sus insignias, con gran satisfaccion de los habitantes, á pesar de que el partido de la oposicion atacó este nombramiento, avanzando hasta decir que aquella no tenia derecho para hacerlo, y que ademas la dimision de O'Higgins habia sido una finjida modestia para engañar á sus conciudadanos y afianzar su poder.

A estar el país bien constituido, y funcionando las diferentes máquinas de las principales administraciones con arreglo á los principios legalmente establecidos y á las

leyes escritas, sin duda que semejante renuncia hubiera sido ilegal, y la asamblea, como convencion solamente preparatoria, á todas luces incompetente para aceptarla, y mucho mas para hacer una reeleccion. Pero las circunstancias eran tan precarias, tan irregulares, la época lo era de una infancia tan turbulenta, que O'Higgins depositando sus insignias en manos del presidente, creyó ver en la asamblea, si no la espresion de la voluntad del pueblo, al menos la del cuerpo municipal, órgano del mismo pueblo y tenido desde la conquista por el verdadero tutor de sus intereses. Partiendo de este principio, que hoy, en que todo marcha con método gracias á las leyes orgánicas trabajosamente elaboradas, no tendría un solo partidario, la asamblea se creyó autorizada para abordar y discutir las cuestiones mas graves y de mayor importancia, por manera que de provisional que era, se elevó al rango de lejisladora y acabó siendo constituyente con asentimiento de casi todos los diputados. Solo dos ó tres protestaron contra este abuso y estuvieron firmes en su conviccion, á pesar de los discursos que se pronunciaron por hombres de talento, y especialmente por el célebre don Camilo Enriquez, alma de la revolucion chilena y ahora uno de los mas celosos promovedores de tamaña usurpacion.

Pero si acerca de este punto hubo casi unanimidad en la asamblea, no sucedió lo mismo con ciertas personas, que solo veian en todo esto el deseo de O'Higgins de aprovechar aquel cuerpo, compuesto de muchos amigos y protejidos suyos, para legalizar sus actos y perpetuar su presidencia á espensas de la soberanía nacional. La oposicion, pues, levantó la cabeza, se presentó en actitud amenazadora y esperó un pretesto para lanzarse a la

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