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fué mas que suficiente para que la separacion se verificase sin ruido y casi sin oposicion. Pocos dias despues se dirijieron circulares á todas las municipalidades para hacer saber al pueblo el cambio hecho y obtener su aprobacion. Fué este un medio de legalizar el acto de severidad ejercido, á pesar de que como hecho consumado, no habia materia sobre que discutir (1).

Despues de este acontecimiento, los miembros de la junta consideraron conveniente no permanecer mas tiempo en Talca, y á fines de febrero de 1814 se restituyeron á Santiago, acompañados de una fuerte escolta que tomaron de la guarnicion de Talca, lo cual, como antes hemos visto, contribuyó mucho á la pérdida de esta ciudad y a la muerte del valiente coronel Spano. Supieron la noticia de este desgraciado suceso en el momento en que pasaban el rio Maypu; y sin desconcertarse, y disimulando en lo posible su inquietud, dieron al punto las órdenes necesarias para reunir todas las milicias de Rancagua, continuando' en seguida la marcha con objeto de llegar aquella misma tarde á Santiago. Su entrada ee verificó al ruido de las aclamaciones de un pueblo entusiasmado. Durante dos dias fueron obsequiados con festejos, lo que absorbió en parte sus pensamientos y distrajo sus justos temores; pero en el instante que lo ocurrido en Talca se divulgó por el público, una ajitacion súbita succedió á las demostraciones de alegría, despertó las pasiones de

(1) Y enterados de todo dijeron que daban á V. E. (asmas espresivas gracias por la bondad con que ha querido sujetar al eximen de los pueblos sus rectas providencias, no obstante bailarse revestido de la suprema autoridad para mandar y disponer cuanto convenga á la felicidad del Estado, etc. — Oficio dd cabildo de Rancagua. — Otras muchas municipalidades contestaron asimismo felicitando al gobierno por su severa medida, pero uo faltaron algunas que mas reservadas deja roo entrever en sus respuestas que su adheslon era ñas forzada qae voluntaria.

los descontentos y ambiciosos, dió lugar á censuras y luego despues a que se celebrase un cabildo abierto, al que fueron llamados el comandante de artillería don Manuel Blanco y el de infantería, don José Antonio Cotapos, para saber de ellos si harian uso de las armas contra el pueblo. La contestacion de estos honrados militares fué conforme con los deseos de los miembros de la municipalidad , motores principales de este pronunciamiento; y entonces la revolucion estalló con toda su fuerza y se hizo casi jeneral. En seguida todo el cabildo y muchas personas que le acompañaron, se diri. jieron al palacio, en donde los jefes militares fueron llamados otra vez, y obligaron á los miembros de la junta á hacer dimision. Don José Ignacio Cienfuegos y don Agustin de Izaguirre se resignaron con calma á la voluntad de esta reunion casi espontánea, y depositaron inmediatamente sus bastones sobre la mesa; pero don José Miguel Infante, apoyado en sus derechos y en su conciencia, se opuso con grande enerjía, y si al fin cedió, no fué tanto por debilidad, como porque no pudo convencer á sus colegas de que variasen de resolucion. Obtenido este resultado, se acordó reunir en aquellos críticos momentos todos los poderes en una sola persona que fuese militar, y don Mariano Vidal, natural de BuenosAires, que se hizo el orador del pueblo, propuso, con arreglo a las instrucciones que habia recibido, y sin duda por influjo de don Antonio Irisarri, al coronel don Francisco de la Lastra, gobernador á la sazon de Valparaiso.

Tenia demasiado interés la municipalidad en un cambio de gobierno que aspiraba á restablecer la autoridad á la altura de su ambicion, para no acojer este pensamiento y apoyarlo con toda su influencia. Recordando

que casi habia representado al principio de la revolucion el papel de soberano, papel de que en cierto modo se la habia despojado con el advenimiento al poder de los Carrera, y viéndose con disgusto reducida á una corporacion meramente administrativa, sancionó con su voto el nombramiento que se le proponia, y don Francisco de la Lastra fué reconocido por director supremo de la república. Mientras este llegaba se encargó interinamente don Antonio José de Irisarri del gobierno del país y don Santiago Carrera del mando jeneral de las armas de la capital.

Así acabó el 7 de marzo de 1814 una junta que en todo el tiempo de su mando estuvo entregada á un temor y á una ajitacion desusados. Sus individuos, preciso es confesarlo, carecian de la aptitud necesaria para dominar los acontecimientos, y atender á todas las necesidades que el estado de guerra traia consigo. Mas inclinados por instinto y por educacion á constituir que á resistir ni conquistar, no teniendo ya que luchar con el carácter dominante de los Carreras, y persuadidos de que con O'Higgins, á quien solo las circunstancias habian hecho soldado, el espíritu militar no se sobrepondría nunca al espíritu republicano que fué lo que siempre temieron con los Carreras, se apresuraron á regresar á la capital para ocuparse en trabajos de organizacion, pero sin descuidar la vijilancia del ejército, al que debia volver don José Miguel Infante. Obrando de este modo en conformidad con sus instintos y sus buenas intenciones, esperaban estos dignos patriotas que la revolucion tomaria el carácter de orden y dignidad que la nacion , especialmente las provincias del Sur, reclamaban por tantos motivos, y que podría reunir en seguida y muy pronto

el congreso, en que las circunstancias no habian permitido pensar hasta entonces. Si paramos la consideracion en lo que estos respetables ciudadanos hicieron en favor de la patria, nos convenceremos de que á ser mas propicia la época, hubieran sin duda llevado a cabo acertadas innovaciones en su país; lo cual es de creer si no por que tuviesen un verdadero talento administrativo, á lo menos por sus virtudes, su buen sentido y su ardiente patriotismo. A parte de lo que hicieron para desvaratar los manejos del enemigo interior y de los descontentos, no perdieron de vista, en cuanto se lo permitia su posicion, las necesidades del ejército y el bien estar del soldado, por lo menos desde que O'Higgins fue nombrado jeneral en jefe; simplificaron las oficinas del tesoro en lo relativo á las pagas de los militares; uniformaron las mismas pagas en todos los cuerpos; suprimieron los descuentos, cargando al tesoro los gastos de hospital, etc. ; pusieron bajo su direccion la escuela militar, conservandole el nombre de jóvenes granaderos; y mandaron que todos los habitantes de Santiago comprendidos en la edad de quince á cuarenta y nueve años, fuesen rejimentados por barrios como milicianos, teniendo por jefe principal al prefecto del barrio respectivo, etc. Ademas de esto, dedicaron toda su atencion á las diferentes administraciones militares, lo cual no les impedia descender, cuando lo requeria el caso, á los mas menudos detalles de los asuntos puramente municipales; cuidaron activamente de la policía, creando un superintendente director, al que todos los demas ajentes estaban subordinados; establecieron nuevos cementerios que evitasen una vez para siempre los inconvenientes de enterrar los cadáveres en las iglesias ó sus inmediaciones; desplegaron gran vijilancia con motivo de las enfermedades que de un modo alarmante se propagaban en algunas comarcas; y procuraron el remedio á los numerosos abusos que se cometian en las exacciones de proratas, tan difíciles por desgracia de evitar en momentos de revolucion, en que todo es confusion é irregularidad. Pero lo que les preocupó principalmente, como a todos los buenos patriotas, fué el deseo de que progresase la instruccion pública, que consideraban con razon la mas segura base para fundar la libertad y la felicidad de todo un pueblo; y con este objeto multiplicaron las escuelas primarias, en las que estaban al lado uno de otro el hijo del rico y el hijo del pueblo para de esta manera inculcar desde temprano en el ánimo del primero el espíritu de igualdad y de democracia que la nueva sociedad exijia, y en el del segundo el sentimiento de honor y dignidad de que habia estado privado tanto tiempo. Por el mismo motivo y para instruir al pueblo en los deberes que tenia que llenar en una sociedad, en la que bien pronto iba a tomar parte por medio del voto, mandaron componer un catecismo patriótico que se les hizo aprender a los soldados, á los criados, y sobre todo á los estudiantes, los cuales tenian órden de recitarlo, una vez á la semana por lo menos, en la plaza mayor, acompañados de algunas personas condecoradas : procuraron tambien dar importancia á cuanto podia hacerles amar la revolucion y exaltar su patriotismo, asociando en algunos casos las ceremonias relijiosas, siempre mas seductoras para la masa de la nacion, y muy convenientes para lisonjear el amor propio del clero. Porque aun cuando todo su pensamiento, especialmente el de Infante, estaba reducido á seguir los principios de la revo

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