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cito y nombrar jefes con quienes pudiese contar. Dió el mando del cuerpo de dragones y del de húsares de la victoria á Rafael Anguita, el de granaderos á Enrique Campinos, puso la guardia nacional á las órdenes del capitandon José María Benaventey reformó en gran parte el plan de don Miguel Carrera. Semejante politica era quizá necesaria para hacer odioso este jeneral á los ojos del soldado como se le habia hecho ya a los del público, á lo que contribuyó mucho el cura Cienfuegos, quien no se contentó con desaprobar por su parte la organizacion del ejército, sino que hasta mandó poner en libertad á mas de doscientas personas entre hombres y mujeres que la justa severidad de Carrera tenia detenidas en las prisiones ó en los pontones de Talcahuano, en Tumbes y en la isla de la Quiriquina.

Esta gran liberalidad del plenipotenciario que visiblemente aspiraba a la reputacion de clemente, no mereció la aprobacion de todos los patriotas, porque entre los prisioneros se contaban muchos criminales y de estos algunos tan infames que habian conspirado á favor de ambos partidos, por lo cual eran mas culpables y mas temibles. En su natural sencillez, el buen padre, como le llamaba Carrera, creia que bastaba un simple juramento de fidelidad para atraerlos, sin reflexionar que semejantes ligaduras son superfluas entre hombres honrados, y completamente inútiles cuando se trata de perjuros que han dado pruebas de infidelidad. O'Higgins, que conocia mejor el corazon humano, era uno de los descontentos: queria una amnistía, pero no tan jeneral y tan completa, porque opinaba que la jenerosidad llevada al esceso es siempre funesta á las revoluciones. En esta ocasion como en otras muchas, conoció que á pesar de la influencia de Cienfuegosen una provincia en que era muy querido y estimado, sus inconsecuencias podrían ser perjudiciales al restablecimiento del órden y determinó alejarlo de allí. So pretesto de una conspiracion de Carrera y de que su voto era necesario en la junta, le hizo partir el 6 de febrero para Penco viejo y el 10 para Talca escoltado por un destacamento de ochenta soldados, privándose asi de un ausiliar sumamente precioso que con los medios que le daba su santo ministerio hubiera podido separar la causa realista de la causa relijiosa, estrechamente ligadas y confundidas en la mente de aquellos buenos campesinos.

Luego que O'Higgins quedó de único jefe en Concepcion continuó sus reformas, procurando dar nueva organizacion á su pequeño ejército. Aunque mas reservado que Cienfuegos en atacar los actos y proyectos de Carrera, no usaba menos que aquel la segur siempre que podia hacerlo sin comprometer á las claras su delicadeza. Los partidarios de Carrera, que aun eran muchos, no veian con indiferencia estos actos de hostilidad. Si la proclama de la junta no les habia agradado, menos podia ser de su gusto la del nuevo jeneral, quien con maligna intencion insertó en ella algunos pasajes de la del virey del Perú á los Chilenos, en que los dos hermanos mayores eran tratados de jóvenes caprichosos, lijerosy licenciosos, y acusados como autores de la ruina de la provincia. Llenos de indignacion murmuraban contra el nuevo estado de cosas, y el acto de deponer Carrera su poder lo consideraban, no como la desorganizacion de su partido, sino como una simple necesidad del momento que habia de desaparecer bien pronto. Empezaban á olvidar por otra parte ellos y muchos de sus soldados el carácter turbulento de su jeneral, y confiaban en poder sublevar con el tiempo á fuerza de celo y de actividad el ejército y hacer una la suerte de este y la de su verdadero jefe para abrirle asi el camino, imponérselo segunda vez y que apareciese á sus ojos con la aureola y el prestijio de una victima. Con objeto de cortar este funesto resultado y quizá una guerra civil, la mayor de todas las calamidades en aquellas circunstancias, se hicieron las reformas, destituyendo á ciertos oficiales, destinando otros á Talca con el pretesto de que organizasen un cuerpo de reserva, y favoreciendo de todas maneras á los enemigos de Carrera, especialmente á los que por su audacia ó por sus resentimientos eran los mas á propósito para menoscabar su reputacion. Entre los últimos se contaban algunos militares y no pocos paisanos que habian sido perseguidos por realistas ó por contrarios á su partido, y otros como Miguel Zañartu, el presbitero Isidoro Pineda, Fernando Urizar, Antonio Mendiburu, y Santiago Fernandez, que siempre desaprobaron la severidad que desplegó contra sus conciudadanos y la tolerancia que tenia con los escesos de sus soldados. Como las personas citadas pertenecian á las primeras clases de la sociedad y las conocia mucho O'Higgins, formaron desde luego su principal circulo y no tardaron en ser sus mas intimos consejeros. Otro motivo de temor para el Gobierno era una junta que habia en Concepcion nombrada por los vecinos, é igual casi á la de Santiago en la naturaleza é importancia de sus atribuciones. No fué otro el oríjen de semejante junta que los antiguos zelos ambiciosos, de que ya hemos hablado, que la provincia de Concepcion tenia de la de Santiago y que la arrastraban por instinto á ser independiente de esta en administracion y en política. La junta de Talca no podia ver con indiferencia el principio de un federalismo que con razon consideraba como un elemento de gran desórden, y ¡e propuso disolverla, no valiéndose de amenazas ni mucho menos de violencias que la hubieran colocado en un grave conflicto, sino ganando con habilidad algunos de sus miembros y ofreciéndoles empleos á la par honoríficos y lucrativos. Con este sistema y separando algunos de sus miembros esta asamblea llegó á disolverse por si misma, reemplazándola el Gobierno con una intendencia igual en todo y por todo á la que existia en la época del sistema colonial. Como era de razon, O'Higgins fué nombrado intendente.

A pesar de tantas reformas restaba todavia una cosa que hacer y era alejar todo lo posible á los hermanos Carrera del teatro de la guerra, donde su presencia era un foco perenne de desórden y de conspiracion. Juan José habia marchado en los mismos dias que Cienfuegos llevándose siete mil pesos de sueldos atrasados, pero los otros dos continuaban en medio de unos soldados insubordinados, siempre dispuestos á la rebelion y que abandonaban sus banderas con un atrevimiento que el temor al castigo no era bastante á contener. La junta no cesaba de hablar de esto á O'Higgins, manifestándole que era necesaria la marcha de los dos hermanos Carrera para restablecer el órden, que les hiciese saber estas medidas garantizándoles la conservacion de sus titulos y asegurándoles que irian al estranjero encargados de misiones de alta importancia, y que en caso de resistencia emplease la fuerza. Como lo que se queria era un destierro y no era regular que Carrera quisiese pasar por esta humillacion, rehusó lo mismo que sus hermanos la mision que se les ofrecia, prometiendo retirarse á su hacienda de San Miguel tan pronto como rindiese sus cuentas y terminase el inventario de los útiles y pertrechos de que era responsable, pues tenia grande interés en ponerse á cubierto y hacer ver á sus enemigos que los gastos habian sido muy módicos y muy inferiores á lo que debieran. En este intervalo su posicion respecto á O'Higgins fué la de simple amigo, pero la amistad era en ambos aparente, porque al uno le hacia traicion un vivo sentimiento de amargura y al otro ese espiritu de temor y desconfianza que caracteriza á los jefes revolucionarios elevados repentinamente al poder, y que les inclina siempre á pensar mal y á suponer torcida intencion en sus adversarios. El antagonismo, como era consiguiente, no tardó en manifestarse á las claras. Reducido en un principio á meras impresiones de la rivalidad y del amor propio, sin que el desacuerdo llegase al corazon, tomó bien pronto la impetuosidad del odio y la venganza y acabó por producir los dos partidos de Carreristas y O'Higginistas que las circunstancias agitaron de una manera tan dolorosa y que el tiempo, los adelantos y la paz no han estinguido del todo en el país.

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