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riores; e hicieron una salva magnífica de truenos í voladores, de suerte que parecia que derrumbaban los edificios. con este estruendo, el repíque de campanas i el grito del pueblo por la repeticion de Vi— Iva el Bei! Viva Fernando VII!

“La pólvora que hasta este momento se quemó en los diferentes puntos de invenciones i arcos espresados se considera en mui excesiva cantidad, que pudollenar muchas fiestas divididas, i que en cada una se admirase como por exceso la repetícion de truenos i voladores que cubrían el pavimento, sien— do de notar no hubiese sucedido la mas leve descomposicion en la caballería a los ruidos de las salvas, toques de cajas, repiques i gritos del populacho.

“Llegado el paseo al atrio o gradas de la iglesia matriz, fué descolgado el retrato por el señor subdelegado i comandante de armas i el alférez real‘, los cuales lo condujeron i colocaron en el suntuoso dosel que estaba preparado al lado del altar mayor con su mesa i almohada, donde igualmente pusie— ron la corona i cetro. El señor cura foráneo, revestido con otros dos sacerdotes con capas de color blanco, i cruz alta, lo recibió en la misma puerta; i habiendo administrado por su mano el agua bendita e incienso, entonó el Te Deum laudamws, a cu ya voz siguieron los reverendos prelados i comuni— dades con velas en las manos; i al son del órgano, continuaron en procesion hasta concluir el himno en el altar con la mayor solemnidad í aparato que jamas se había visto; i cantada la oracion por el señor cura , volvió con la misma solemnidad i acompañamiento hasta despedirlo en la puerta de la iglesia, siendo conducido a pié a la casa del señor subdelegado í comandante de armas, i puesto en un dosel con todo el adorno i aparato real que se ha dicho.

“Todo el batallon de infantería con sus banderas estuvo puesto en dos filas desde la iglesia hasta la casa de palacio, e hizo los honores acostumbrados, quedando una compañía completa de guardia hasta las doce de la noche, que estuvo puesto al público, i lleno de jente el patio por última satisfaccion de verlo i alabar el primor de un retrato en que veneró a su señor i rei tan amado i aclamado, que no cesan los sentimientos del júbilo, reverencia, 1ealtad i sumision. .

“Bien se ha manifestado por último en las tres noches seguidas en que hubo jeneral iluminacion en toda la ciudad, correspondiendo los conventos

con una hora de repiques, todos inflamados i entu

siasmados en el amor con que han querido i quieren dist1ngmrse por los mas fieles i leales vasallos del mejor i mas amable ‘rei de todos los monarcas

. del mundo” (1).

(l) Testimonio estendïdo en la Serena el 22 de julio de 1809, por el escribano real i de cabildo Ignacio de Silva Bórques, i cl de real hacienda Pedro Nolasco delas Péñas.

CAPITULO IV.

EL GOBIERNO POLITICO DE LA COLONIA.

Vijilancia mutua que las autoridades coloniales debían ejercer unas sobre otras, e inoomunicacion en que debían mantenerse con los subordinados.—— Arbitrio practicado por los oidores para burlar la prohibi.cion de negocíar, i providencias del reí para hacer cumplir las leyes relativas a la materia—El casamiento de la hija del oidor Solórzano con don Pedro de Lispergner.——Otro caso ruidoso acaccido en Chile a consecuencia de la prohil.)i0ion impuesta a los altos funcionarios coloniales de contraer matrimonio en el distrito de su jmisdiccicm.—Diso1ucmn de costumbres a que por esta causa solían entregarse.

I.

Hemos visto que el estraordinario sentimiento de profunda veneracion a la majestad real, propio de la nacion española, se habia acrecentado a consecuencia del maravilloso suceso del descubrimiento de América, i se había consolidado mui particularmente en los habitantes de este nuevo mundo.

Los monarcas peninsulares i los estadistas que los dirijian, o aconsejaban, supieron con rara habilidad, aprovechándose de las lecciones que les iba suministrando el curso de los negocios, orgaganizar. los establecimientos ultramarinos de tal

suerte que todo en ellos contribuyese a fortificar la creencia relíjiosa en el poder divino del rei, i a alejar hasta la sombra de una oposícion.

El prestijio inmenso de Colon, de Vasco Núñez de Balboa, de Hernan Cortes, de los Pizarros, de los otros ilustres descubridores í conquistadores habia en el primer tiempo causado al ¡gobierno español inquietudes i desconfianzas.

Dedicó, pues, un particular esmero a impedir que volvieran a figurar en el teatro de América hombres de tan temible influencia.

Nada mas bien concebido para este objeto que el réjimen colonial tal como quedó arreglado al fin de algunos años, i tal como fué perfeccionándose sucesivamente.

Tomandoen consideracion los accidentes jeográ.ficos o las exijencias de la poblacion, se dividió la América en vastos territorios cuya direccion superior se encomendó a un alto funcionario que en unas partes se denominaba virreí, í en otras, presidente—gobernador, segun el grado de supremacía i de autoridad que le habia sido concedido.

Este funcionario era casi siempre un peninsular,

‘muí rara vez un americano, pero casi nunca un

natural del reino o provincia que se le encargaba de gobernar.

Segun la observacion de uno de los historiadores nacionales contemporáneos de la independencia, entre los ciento sesenta virreyes que hubo en América, solo cuatro fueron americanos; :i entre mas de‘seiscientos presidentes, solo catorce (‘1). ‘

‘Entre los gobernadores de Chile, desde don Pe‘élro de Valdivia hasta don Francisco García Carrasco, solo se encuentra el nombre de unchileno,

(l) Guzman, El C’hüeno Instruido en la Historia Topográfica, Gimh‘ Política de su país, leccíon 69.

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