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que gobernó el país, por ministerio de la lei, interi— namente, i por mui pocos meses.

Los virreyes i los presidentes eran mantenidos en sus funciones por un mui corto número de años.

La autoridad de que estaban investidos se halla— ba léjos de ser absoluta i omnipotente.

Muchos importantes ramos de la administracion habian sido encomendados a tribunales o corporaciones con cuyo acuerdo los virreyes i presidentes—gobernadores tenían que proceder, o que en ciertos asuntos obraban con entera independencia.

Estas corporaciones, que podian comunicarse directamente con elgobierno peninsular, debian ejercer la mas constante i solicita vijil‘ancia sobre la conducta del virrei o presidente—gobernador, e informar acerca de ella.

Las principales de estas autoridades eran la audiencia, el tribunal de cuentas, los oficiales reales, el cabildo.

El tribunal de cuentas i los oficiales reales desempeñaban cargos mui importantes, pero especialísimos. Los oficiales reales administraban la hacienda del soberano; cobraban los impuestos, hacian los pag‘os i remitian el sobrante a España. El tribunal de cuentas las tomaba a todos los que manejaban caudales públicos.

La audiencia representaba al monarca i a la leí; hacía justicia; i era para todo, el consejo consultivo del virrei o presidente—gobernador.

El cabildo, representante del respectivo pueblo o vecindario, atendia a los intereses locales de la ciudad donde existía.

Todos los individuos de estas corporaciones eran nombrados por el gobierno peninsular. . ‘

En los primeros tiempos, los rejidores de los cabildos fueron electivos; pero despues las varas de rejidor; o fueron concedidas por merced del rei, o vendidas al mejor postor. ‘

Los alcaldes, que tenían, entre otras, la importante atribucion de administrar justicia en prime— ra instancia, i que‘ formaban tambien parte de los cabildos, eran elejid.os por los individuos de estas corporaciones.

El gobierno español, al nombrar los oidores, seguía respecto de su nacionalidad el mismo sistema que para la designacion de los Virreyes i presidentes—gobernadores. Hasta don Mariano Torrente reconoce que la regla jeneral era que los oixzllores fuesen naturales de España, aunque hubo escep— ciones en favor de los criollo‘s (1).

Los rejidores o miembros de los cabildos, en sus respectivas ciudades, no podian por si o por interpósita persona, tratar o contratar en.mer0aderías u‘ otras cosas, ni tener tiendas, ni ‘tabernas de vino, ni mantenimientos por menor, aunque fuesen de los frutos de sus cosecha‘s, debiendo si que‘rian de— dicarse a tales. negocios renunciar primero su cargo de cabildantes ‘ ‘ .

Los contadores no podian tratar o contratar, ‘ni casarse con hijas o parientas de oficiales reales, ni éstos con las hijas o parientas de aquellos. Tampoco podian casarse en vida de sus padres, los hijos o hijas de los unos con los de los otros. Los infractores eran castigados con la pérdida de sus empleos i otras penas (3)w ‘

Los tratos i contratos de toda especie’estaban prohibidos todavía mas severamente a los oficiales

(1) Torrente, Historia de la Revolucíon Hispana—Americana, discur¡o preliminar, parte primera.

( 2) Eecopílací0n de Indias, libro 4, título 9, leí 1‘2.

(3) Iïccqn‘lacíon de Indias, libro 8, título 1, leí 54; i título 2, leí 8.

reales; i no solo a ellos, sino tambien a sus mujeres e hijos (1). .

N o podian tampoco casarse con parientas de sus compañeros, ni permitir que los parientes de unos i otros se enlazasen entre si (2).

Ademas, no podian casarse sin previo permiso con mujer nacida en el distrito de su destino (3). ‘

Todas estas prohibiciones eran incomparablemente mas rigorosas por lo que toca a los virreyes, presidentes—gobernadores i oidores.

A estos altos‘funcionarios les estaba vedado, no solo el negociar en cualquier forma que fuese, i el dar o tomar dinero a usura, i hasta el sembrar trigo o maíz, sino el poseer casas, huertas, chacras o estancias.

Debian sustentarse con sus haciendas i sueldos, sin. valerse de otros recursos, que no debian buscar ni ellos, ni sus mujeres, ni sus hijos.

Habian de escusar las dádivas, las comunicaciones, correspondencias í amistades estrechas, fuese con seglares, fuese con eclesiásticos; i debian pro— hibírselas a los individuos de su familia.

N o podian visitar, ni asistir a. casamientos o entierros, ni ir como particulares a fiestas de igle— sia.

No podian ser padrinos de matrimonio o de

. baustizo, ni permitir que los vecinos del lugar lo

fuesen suyos.

N í ellos, ni sus hijos podian casarse en sus distritos sin una licencia especial del rei.

En una palabra, debian vivir completamente aislados en ¡medio de la sociedad que estaban en

(1) Recopflací0n de Indias, libro 8, título 4, leí 45 i siguientes.
(2) Recopüacíon de Indias, libro 8, título 4, leí 62.
(‘3) Real (‘Aídula de 9 de agosto de. 1779.

cargados de gobernar, sin tener con sus subordinados otras relaciones que las oficiales (1).

Estas estrañas disposiciones se proponian un triple objeto: garantir la pureza e imparcialidad en los procedimientos de los majistrados; rodearlos del misterioso prestijio que podian darles a los ojos del vulgo el aparatoi el alejamiento; asegurar su absoluta consagracion a los intereses de la corona, desligándolos de todo vinculo con los subordinados.

El dogma de la majestad real estaba apoyado en profecías i en milagros. ¿Por qué asombrarnos de que tuviera a su servicio un sacerdocio sujeto a las reglas mas estrictas?

II.

. La situacion creada a los altos funcionarios de la América Española por estas rigorosas constituciones era tan violenta, que naturalmente tendian a libertarse de ella, imajinando arbitrios mas o ménos injeniosos para eludir los preceptos de la 1ei.

Pero el gobierno peninsular no se manifestó dispuesto a dejar burlar ordenanzas a cuyo cumplimiento atribuia la mayor importancia; i es a la verdad notable la persistencia que puso en hacerlas cumplir.

Parece que los oidores de la recien instalada au— diencia de Santiago, arrastrados por la flaqueza humana, comenzaron a hacer algunos negocios.

Talvez se lisonjearon con que a causa de la excesiva distancia, aquello habia de ser ignorado en la corte.

(1) Recopü¿m.on de Indias, libro 2, titulo 16, leí 48 i siguientes.

Pero el gobierno peninsular tenia ojos mui penetrantes i oídos mui finos para percibir, aunque fuera de continente a continente,i al traves del océano, lo que le interesaba saber.

La audiencia de Santiago no tardó en recibir la correspondiente amonestacíon.

“Presidente i oidores de mi audiencia real de la ciudad de Santiago de las provincias de Chile. He sido informado que sin embargo de estar prohibido por diversas cédulas, leyes i ordenanzas reales que dichos oidores, fiscales ni otros ministros mios de las Indias tengan granjerías, estancias ni indios de los otros, contraviniendo a ello, teneis estanciasi ocupais en ellas los indios sin pagarles sus jornales, a que no se debia dar lugar, mayormente teniendo tan suficientes salarios para sustentaros en tierra tan acomodada; i porque quiero saber lo que hai i pasa acerca de lo susodicho, i si es así que teneis estancias i granjerias, no las pudiendo ni debiendo tener, i qué indios se han ocupado i ocupan en ellas, i si les han pagado sus jornales, o han recibido alguna vej,acion, os mando me envieis relacion particular i puntual de lo que en esto hubiere, i que guardeis i cumplais precisamente lo que está proveido por las cédulas de que con ésta se os envía copia en que se os prohibe el poder tener las dichas estancias i granjerías, que así es mi voluntad—Fecha en Madrid a 19 de junio de 1612 años.—Y0 el Bei—Por mandado del Rei Nuestro Señor, Pedro de Ledesma.” .

No sé la contestacion que los amonestados dieron al monarca; pero en la Recopilacion de Indias, viene una disposicion de Felipe III, promulgada en Madrid el 24 de diciembre de 1615, en la cual se manifiestan uno de los arbitrios que los presi

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