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mejor sostenimiento de los derechos e intereses de la corona

El presidente i el obispo debian proceder acor— des para formar de la espada i el báculo un doble cayado con que dirijir el rebaño de los colonos conforme a las reales disposiciones.

La cédula que paso a copiar comprueba lo que acabo de decir.

“El Rei. Don Juan Henriquez, caballlero del órden de Santiago, mi gobernador i capitan jeneral de las provincias de Chile, i presidente de mi audiencia real de ellas. Siendo el medio mas seguro para que se consigan las felicidades comunes recurrrir a Nuestro Señor implorando su divino ausilio, particularmente cuando tanto lo hemos menester, como en el tiempo presente; i el camino mas cierto de lograrlo, el escusar escándalos i pecados públicos, ejercitando la rectitud de la j ustitia en la distribucion del premio i el castigo,i cultivando el ejercicio de las virtudes con el establecimiento de las buenas costumbres, detestacion de los vicios—i enmienda de los perjudiciales abusos que se han introducido, he resuelto ordenaros i mandaros (como por la presente os ordeno i mando) que, dandoos la mano con los obispos de las iglesias catedrales de esas provincias, pon gais sumo cuidado en el remedio de los daños públicos, atendiendo por todos los medios posibles a la correccion de los pecados, i a que se administre justicia en el distrito de vuestro gobierno sin escepcion de personas, inclinando al amparo de los po— bres en resguardo de la opresion de los poderosos para solicitar los efectos de la Divina Misericordia a beneficio de mis reinos i dominios en la tra

(1) Solórzano Pereira, Aprobací0n del Gobierno Edesíástíc: Pacífico. ‘ () .

bajosa constítucion en que se hallan; en todo lo cual os encargo la conciencia, pues aunque debeis hacerlo así por vuestras indispensables obligaciones, se recrece a ellas la circunstancia de satisfacer yo a la mia, difiriendo a la confianza con que fuisteis elejido en esos cargos, i haciendoos esta prevencion, en que os la acuerdo, i en esta conformidad se escribe a los dichos obispos, i se les encarga que para este fin envien sacerdotes, así regulares, como seculares, de doctrina i ejemplo, a hacer misiones en sus diócesis, predicando penitencia a los pueblos, i de lo que por vuestra parte obráredes, me dareis cuenta—Fecha en Madrid a 30 de marzo de 167 7 .— Y 0 el Rci.—Por mandado del Rei Nuestro Señor, Francisco B. de Madrigal.”

La. precedente cédula, mas parecida a pastoral que a mandato gubernativo, manifiesta‘ que en el réjimen de los establecimientos hispano—americanos, no habia una línea divisoria bien marcada entre la accion del estadoi la de la iglesia. Los ajentes políticos í los sacerdotes se usurpaban recíprocamente sus tareas, metiendo con frecuencia la hoz en mies ajena. :

La corte daba tanta importancia a esta intervencion del gobierno en los asuntos morales, que tengo ala vista otras dos cédulas, una fecha en Madrid a 13 de octubre de 1679, i otra fecha en la misma ciudad a 7 de noviembre de 1682, en las cuales vuelve a recomendarse el cumplimiento de la misma obligacion.

III.

Estas órdenes tan reiteradas, i el espíritu que domrnaba a toda la administracion de entónces, pueden solo esplicarnos como un presidente de Chile podia atreverse a enviar a un minístroespañol la nota que va a leerse:

“Excelentísimo Señor. Cuando tomé posesion de este gobierno, encontré de capitan de artillería de la Concepcion a don Salvador de Araj ul, a quien nombró para este empleo mi antecesor don Manuel de Amat; i aunque mui luego se me informó de su mala vida, desbaratada conducta i de ser casado en España, disimulé hasta ir esperimentándolo por mi mismo; pero ántes de que llegase este caso, me pasó la real audiencia la causa que siguió Araj ul en aquel tribunal contra Antonio Cirilo de Moráles, vecino de dicha ciudad, en que constaba la escandalosa vida del mismo Arajul, con oficio en que se me hacía presente lo conveniente que sería lo desterrase del reino, enviándole a esos bajo partida de rejístro a hacer vida marítable con su consorte, sin embargo de lo cual consideré preciso diferir la providencia hasta que diese cumplimiento a las obligaciones que habia contraído con S. M. en varias contratas celebradas en tiempo del espresado mi antecesor para apronto de madera, cureñaje, oídos de artillería i pertrechos, para cuyo efecto se le entregaron mil cuatrocientos pesos sin fianza alguna, por cuyo cargo le embargué todos sus bienes, mandándole detener en esta ciudad para contenerle a mi vista; pero bien presto se enredó i empezó a escandalizar con otra mujer casada, cometiendo ántes otros horrendos delitos para facilitar su matrimonio con el desdichado marido, que, vista su afrenta, procuró ausentarse. Llaméle, í le persuadí a que, pues era entónces cuaresma, hiciese los ejercicios de San Ignacio, como lo ejecutó, dándome el último dia las gracias con muchas lágrimas;i cuando crei haber, por este Ine

dio, conseguido su enmienda, supe despues con mucho sentimiento haber, el mismo dia que salió, reiterado su torpeza, pasando a la casa de la manceba, continuando su escándalo cuasi sin embozo. Lastimado de su miseria, i estimulado de mi propia conciencia, le llamé reservadamente; iestando presente solo mi secretario, le hice los cargos que correspondian a su desenfreno,i absolutamente me negó el caso con tales excecraciones, que cuasi me hizo consentir en que pudiera no ser cierto su delito, contentándome con apercibirle no pusiese los piés en la tal casa, ni aun pasase por la calle, en intelijencia de que yo habia de saberlo, i entónces le reduciría a un presidio, hasta que se proporcio— nase ocasion de enviarlo a España. Dióme palabra de hacerlo así; i a bien poco tiempo, supe continuaba del mismo modo en su mala vida, por lo cual encargué al correjídor de esta ciudad su arresto, caso de encontrarle con la manceba, como se efectuó, hallándolo cenando, estando ella en cama; i puesto en el cuartel de dragones, se le justificó su delito, por lo cual, i los que constan de los autos anteriores, le sentenció a que se mantuviese en prision hasta que llegando a Valparaíso navio para esos reinos, se le re‘mitiese bajo partida de rejistro, dando cuenta a S. M.; en cuyo estado salí para la frontera, donde me avisaron haber‘ hecho fuga del arresto, i que, disfrazado, habia pasado a Lima, donde he tenido noticia fidedigna se hallas ba, ide todo avisé al virreí, que aun no me ha contestado; i ahora doi de ello cuenta a V. E:, escusando la remesa del testimonio de autos, cuyos orijínales quedan en mi poder, por su mucho volúmen, i porque siendo del agrado de V. E. los podré enviar siempre que se me mande, suplicando a su justificacion se sirva poner en noticia de S. M. cuanto dejo espuesto, previniéndome lo que fuere de su real agrado. Nuestro Señor guarde a V. E. muchos años—Santiago, 10 de mayo de 17 65.—Antoníc Guill i Gonzaga—Excelentísimo Señor Bailio Frei J ulían de Arriaga i Rivera.”

El presidente de Chile, sin quererlo, ha trazado en la nota que precede, un cuadrito acabado de la naturaleza de la accion gubernativa en la vida coloníal.

Un escritor de costumbres no lo habría hecho mejor.

Esa preciosa nota es una verdadera revelacion de loque era entónces la sociedad.

Aquello de que el presidente hubiera impuesto patriarcalmente al capitan de vida relajada i lieenciosa la pena de una corrida de ejercicios de San Ignacio, es una circunstancia mui carasterística que pinta a lo vivo la situacion de las cosas.

Me lisonjeo de que con la nota copiada, se habrá visto en la práctica, por decirlo así, la manera como la autoridad civil desempeñaba esa cura de almas que el católico soberano le recomendaba casi año a año, segun puede observarlo todo el que recorra una coleccion de reales cédulas.

Esta usurpacion del ministerio parroquial hacía que los funcionarios políticos se estuvieran entrometíendo en los asuntos privados, en las miserias mas recónditas del hogar doméstico, í que procuraran ponerles término, no solo con caritativas ad— vertencias i amonestaciones, como habría podido hacerlo un sacerdote con sus feligreses, sino por medidas gubernativas i coercitívas.

Yo no quiero aseverar nada sin pruebas, particularmente cuando se habla de hechos tan contra— rios a las ideas i hábitos modernos.

Me gusta que sean los mismos presidentes los

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