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hacer a las doctrinas i libros mas o ménos adversos a la autoridad real i a los intereses metropolitanos una guerra implacable, sino que, pasando harto mas allá iba hasta espiar la correspondencia privada, i hasta interceptar las cartas en que descubria cualquiera espresion que le pareciera mal sonante.

El siguiente documento puede instruirnos sobre el particular mucho mas que cien pájinas de refle— xiones vagas i abstractas.

“Excelentísimo Señor. Desde queempezaron los alborotos de la Francia, tuve el mayor cuidado de pintarlos en todas ocasiones con el horror que merecian, í encubrir la noticia de las desventajas que la desgracia iba proporcionando a los autores de aquella revolucion. No contento de procurar con vijilancia suprimir las papeletas i cartas de partiticulares en que de esto se hablaba, dirijí a los gobernadores de los puertos del reino la órden que en copia acompaño al número 19 para que cuidasen de evitar la introduccion de los libros perjudiciales que recelaba pudiesen venir a bordo de los navios de comercio. Aunque no ha habido hasta ahora ocasion de que tuviese ejercicio aquella disposicion, en el presente correo he tenido el disgusto de haber visto venir varias copias del papel que igualmente acompaño al número 2, que por su estilo i asunto me ha parecido mas peligroso, que todos cuantos yo habia temido hasta aqui. Sin dar a entender que hacía el menor aprecio de él, he procurado recojer los ejemplares distintos que se dirijieron desde Buenos Aires, a mi parecer por lijereza i falta de reflexion de los correspondientes que celebraban en él mas la forma, que su asunto, e ideas que en en él se cspresaban. I aunque por esto, i porque estando bien asegurado de la recti

tud del juicio con que aquí se piensa acerca de esto, i de la verdadera i sólida afeccion que se tiene al justo, suave i ventajoso gobierno de nuestro monarca, no haya que recelar en toda la estension de este mando la mas lijera perjudicial impresion, sin embargo he creido no debo ocultar a V. E. este suceso por la relacion que pueda hacer al estado en jeneral i conocimiento sobre el principio i naturaleza del impulso con que de esas partes puede haberse arrojado este i semejantes papeles, i tome en consecuencia las providencias que estime convenientes. Nuestro Señor guarde la importante vida de V. E. muchos años. Santiago de Chile, 17 de setiembre de 17 95.-——El Bar0n de Ballinary.—Ex— celentísimo Señor Don Eujenio de Llaguno”.

XV.

Las leyes españolas de imprenta i de librería no han menester de comentarios. El individuo ménos intelijente es capaz en el dia de apreciar sus funestas consecuencias. En vista de ellas, ¿qué tiene de raro el atraso intelectual de los americanos? Lo

. 3‘SOIÏIbI‘OSO es que pensasen.

La simple lectura de las leyes que he citado, i la noticia de las curiosas i características persecuciones de libros que he mencionado bastan para hacernos colejir cuán poco debia leerse en América.

Tanto algunos lejistas i téologos acaudalados, como las comunidades relijiosas, particularmente en la segunda mitad del siglo XVIII, habian reunido colecciones de libros algo numerosas.

El bibliófilo mejicano Eguiara i Eguren refiere que, a lo que se decia, una de las bibliotecas conventuales de su país llegaba a doce mil volúmenes; pero él mismo cree que habia en esto exajera

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cion, a pesar de consignar el hecho en un es— críto destinado a ponderar el alto grado a que la ilustracion habia llegado en algunas de las comarcas del nuevo mundo.

Parece, sin embargo, cierto que habia bibliotecas de ocho mil í tantos volúmenes (1).

En los últimos tiempos de la época colonial, existían aun en las provincias mejícanas, como la de Guanajuato, librerías particulares que contaban hasta mil volúmenes (2).

Otro tanto sucedia, mas o ménos, en todos los conventos de América.

Un escritor americano, citado por don Juan María Gutiérrez, aseveraba en 1785 que las bibliotecas públicas de Sevilla eran inferiores por el número i la calidad a las de Lima.

Bien pudo ser cierto; pero es mui de presumir, como lo insinúa el mismo señor Gutiérrez, que el escritor aludido se dejase arrastrar por el espíritu de hipérbole andaluza.

Era este un achaque a que los criollos solían sentirse inclinados, manifestando ser descendientes lejítimos de aquel valenton sevillano tan maestramente pintado en el conocido soneto de Cervántes, que consideraba preferible a la mansion de la gloria celestial el túmulo eríjido en la catedral de Sevilla para las exequias de Felipe II.

Uno de los sonetos laudatorios colocados al frente del poema del doctor limeño don Pedro de Peralta Barnuevo titulado Lima Fundada no retrocede ante proclamar que el autor ha oscurccido a Virjilioi Homero.

No puede llevarse mas léjos el candoroso senti

(l) Egniara i Eguren, Biblioteca Mejicana, anteloquia 10. (2) Alaman, Historia de Méjico, parte 1.‘, libro 1.°.

miento de pretendida superioridad que se denomi— na provincialismo.

¿No entraría en la misma categoría la comparacion entre las bibliotecas de Sevilla i de Lima?

Pero, en fin, todas aquellas colecciones eran verdaderas bibliotecas de conventos, o dignas de ser— lo, compuestas de enormes libros en folio, casi todos escritos en latín. i referentes a cuestiones esco

lásticas de teolojía i de derecho, i reunidos, puede . decirse, bajo la vijilancla suspicaz de los obispos i

de los gobernadores, de los subalternos de los unos i de los otros. .

Preciso es confesar que todo aquello no era propio para estimular la aficion a la lectura, i sobre todo, que no era mui instructivo que digamos.

La existencia, pues, de estas indijestas bibliotecas, objeto de vanidad mas bien que de uso, no prueba que fueran utilizadas por gran número de personas. ‘

Los que, talvez por espíritu de paradoja, se han empeñado en sostener que el gusto de la lectura estaba bastante difundido en la América bajo la dominacion española han invocado en su apoyo la vastísima erudicion de que hacian ostentacion algunos escritores americanos, por ejemplo, un Villarroel, un Peralta Barnuevo.

Pero, en primer lugar, algunas escepciones no pueden constituir una regla jeneral; i en segundo, ese aparato de erudiccion, tan a la moda en los tres siglos anteriores, era, no la obra personal de los que la empleaban, sino, por lo comup, el resultado de los trabajos acumulados de una serie de autores que junto con agregar algunas citas de su propia cosecha, copiaban las que habian amontonádo sus antecesores.

Por último, para dejar bien establecido el hecho

de la poca o ninguna aficion a la lectura que, dados los.antecedentes, debemos naturalmente suponer en los habitantes del nuevo mundo, me es suficiente mencionar lo que sucedia sobre el particular en la mas opulenta e ilustrada de las colonias hispano—americanas, i apelar para ello al testimo

‘ nio de uno de sus mas conspicuos í eoncienzudos

historiadores.

“Solo algunos pocos individuos aplicados, dice don Lúcas Alaman refiriéndose a lo que pasaba en Méjico, adquirian instruccion de la historia i otros ramos en virtud de lecturas i estudios priva

dos que se dificultaban por la escasez i alto precio de los libros” (1).

XVI.

Pe‘ro si durante la época colonial se leia poco en este continente, todavía, como era de esperarse, se escribia ménos.

Si queremos apreciar el estado intelectual de los hispano—americanos en vista de la produccion de obras científicas o literarias, es preciso que prescindamos de todas las que fueron escritas por españoles que vinierona establecerse en América ya entrados en años i educados, o por criollos que fueron a instruírse en la Península.

¿Qué es entónces lo que queda?

No necesito dar una respuesta que todos conocen.

Todavía las pocas obras escritas por hispanoamericanos educados en América, referentes por lo jeneral a la historia natural, civil i eclesiástica

(1) Álaman, Historia de Méjico, parte 1.‘, libro 1.°, capítulo 1.°

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