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que causa la contemplacion de la historia colonial de la América Española.

Allí el hombre no parece grande ni al principio, ni al fin.

Allí no se descubren columnas, i chapiteles, ni siquiera derribados i cubiertos de amarillo jaramago. .

Rioja no habría tenido voz para cantar delante de tanta mezquindad; Volney no habría podido filosofar delante de tanta miseria.

A fuerza de intrepídez i de heroísmo, algunos millares de conquistadores castellanos se apoderan de un mundo tan vasto, como privilejiado, que parecia dispuesto para servir de asiento a la mayor de las civilizaciones; i miéntras tanto, no fundan en él mas que una especie de aldea grande, donde no se produce nada notable ni bajo el aspecto intelectual, ni bajo el industrial.

La América durante la dominacion de la metrópoli es una soberbia cuna de imperio, en la cual dormia, no un niño que anunciara la virilídad de Hércules, sino un aborto deforme i raquítico que inspiraba lástima.

El apocamiento de espíritu a que estoi refiriéndome, consecuencia natural i precisa del réjimen

establecido, era el mejor fundamento del absurdo

dogma de la majestad real.

¿Cómo hacer que los hispano—americanos dejasen de ocuparse en asuntos pequeños para fijar la consideracion en otros mas elevados i dignos?

La cosa era, por cierto, harto difícil.

La ignorancia i los malos hábitos los impulsaban a no dar importancia mas que a los asuntos mas frívolos i aun ridículos.

Las cuestiones serías parecian superiores a sus

alcances.

Por esto, era tarea demasiado ardua el hacerlos reflexionar acerca de los errores crasos en que estaba basado el órden político existente.

Esta enorme dificultad no sería comprensible para nosotros, si no procuráramos palpar, por de

. ‘cirlo así, la realidad de los hechos.

. Voi a intentar poner al lector por medio de ejemplos prácticos en aptitud de esperimentarlo por si mismo.

II.

El principio relijioso, o mejor dicho, católico, inspiraba í dominaba todos los actos de la sociedad colonial. .

Pues bien, pregunto yo: ¿cuál de las grandes cuestiones teolójicas i morales ha sido dilucidada con brillo en la América Española durante ese largo periodo de tres siglos mas o ménos?

Ahí está para responder la voluminosa i célebre obra del obispo de Santiago don frai Gaspar de Villarroel, el Gobierno Eclesiástico Pacifico.

Esta obra i el De Jurc Indiamm de Solórzano Pereira son los dos grandes libros jurídico—teolójicos de la América colonial.

Ya ántes he dicho quién era el insigne doctor en leyes don Juan Solórzano Pereira.

Ahora, agregaré, que segun el obispo Villarroel, “era un varon tan docto, que en todas letras era un admirable prodijio; i cuya elocuencia era tanta, que se despoblaba Lima, i se tupian las escuelas por oírle hablar en romance i en latín, sin que el mas presumido pudiese graduar los dos idiomas, ni alcanzar en cuál lengua hablaba con mayor ele.gancia.”

El digno prelado de Santiago ha cuidado de consignar en su obra el concepto que habia formado de su mérito un juez tan competente en la materia í tan ilustre como Solórzano Pereira.

“Recien graduado de doctor, cuenta el señor Villarroel, prediqué en la capilla de la universidad. Celebraba la universidad de Lima con la solemnidad que acostumbra, la fiesta del evanjelista San Márcos, que es patron suyo. Durábame aun entónces un supersticioso cuidado que tienen los predicadores mozos: traer en el pecho el papelillo en que por puntos, aun desde mis principios, solía yo sumar lo sustancial del sermon. Bajé apriesa del púlpito; i al bajar, se me cayó el sermon. Estaba cerca del púlpito la silla del señor Solórzano; levantólo del suelo; i habiéndolo reconocido, lo entró en la faltríquera. Esperábale en su casa un caballero para un negocio; leyóle algunos puntos del papelillo, í díjole habiéndoselo leido:—Mas quisiera predicar como Villarroel, que ser oidor.”

El candoroso obispo de Santiago, que tenia costumbre de terminarlo todo por un argumento, for— mula el siguiente, despues de pedir perdon por la falta de modestia:

Si un sabio tan excelsocomo Solórzano Pereira compraba a tamaño precio el predicar con aplauso, cuán grande será la dificultad de hacerlo, i (aunque esto no lo decia, pero se subentendia mui claramente) cuán sobresalientes serán mi ínjenio ími erudicion (1).

Yo, por mi parte, no tengo ningun motivo para contradecir la alta opínion que Solórzano Pereira se habia formado del señor Villarroel.

Por el contrario, la he citado para hacer notar que si algun teólogo de la época colonial puede darnos idea del grado a que habia llegado el cultivo de la teolojía, es sin duda el autor del Gobierno Eclesiástico Pacifico.

(l) Villarroel, Gobierno Eclesiástico Pacifico, parte 1.‘, cuestion 7, nfi— ‘

mero 64.

N o niego que se encuentran en esta obra ciertas cuestiones jurídicas o morales de algun 7 interes, tratadas con discernimiento i erudicion; pero al mismo tiempo es preciso confesar que hai en ella dilucidadas a lo largo otras mui propias de la futileza que aquejaba aun a los talentos mas distin— guidosí cultivados.

III.

El sabio obispo, verbigracia, trata mui estensa— mente, con mucha abundancia de citas de la historia sagrada í profana, la importantísima cuestion de saber sí debe prohibirse a los clérigos i reprenderse a los seculares el uso del cabello en la forma que entónces se llamaba guedejas, i que ahora se llama melena.

I adviértase que esto se dilucida con toda seriedad en una obra majistral; i no por vía de pasatiempo en un artículo de costumbres, destinado a hacer reir.

Hé aquí como el señor Villarroel describe aquel peinado, que no vacila en calificar de moda escandalosa i diabólica.

“Traen algunos igual el*cabello, i acompañan la frente dos madejas que dejan en medio, i‘ caen sobre los oídos. Estas llamamos guedejas. Algunos las rizan o enorcspan, i decimos que traen crespos.”

“Las mujeres usan sobre la frente en estos tiempos un cerrillo de cabellos, que no sé con qué alusion llaman pepino. Imitan aqueste adorno los guedej udos. Dejan crecer una madej a sobre los ojos, echánla a un lado, ajustánla mil veces con la mano cada dia, i llámanla pedrada. Algunos se quitan de este trabajo, i se lo cargan al barbero; calentando unas tenacillas de hierro, llamadas rizadores, aseguran el copete.”

“Este diabólico abuso se ha hecho ya lugar entre eclesiásticos.”

“Mi clero en cuanto a guedejas, continúa el grave '.'obispo, está reformadísimo con poca dilíjencia mia, porque la jente de Chile es naturalmente modesta. Silos que vienen a ordenarse se han descuidado en reformar el cabello, ‘escuso al barbero yo de ese trabajo, porque la tonsura, hago que sea tonsura verdadera. Hai en esta ciudad (Santiago de Chile) un mancebo bien nacido, rico i conocidamentejvirtuoso; es él feisimo, pero tan supersticiosamente enamorado de su cabello, que sobre su mala cara disponen sus muchas guedejas que sea, no retrato, sino orijinal de una furia, haciéndole mas disforme la melena. Usa el hábito de clérigo. Desea mucho verse ordenado, i oponéséle a este deseo el temor de las tijeras del obispo. Quiso destajar la indemnidad del cabello; hablóme un caballero deudo suyo, publicadas las órdenes de unas

témporas; rogóme mucho que al ordenarle, le con— ‘

servase el cabello; no quise darme a partido; i hasta hoí, ni se ha ordenado, ni ha mudado el hábito, ni reformado los crespos.”

El señor Villarroel responde al cargo que podia dirijírsele por no prohibir a aquel virtuoso i gue— dejudo petimetre el uso simultáneo del hábito relíjioso i de los profanos i satánicos crespos, diciendo que temia que la audiencia, viniendo en amparo de éste, espidiera en su favor un auto de lego, declarando que el prelado se habia entremetido en lo que no le competia.

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